Sellada sería mía desde su primer dulce aliento. Mía, mía por un derecho, desde el nacimiento hasta la muerte. Mía, mía, nuestros padres lo han jurado. —Alfred, Lord Tennyson, “Maud”
Cuando las puertas del Santuario se cerraron tras ellas, Tessa miró a su alrededor con aprensión. La habitación estaba más oscura de lo que había estado cuando había venido a conocer a Camille. No había velas ardiendo en los grandes candelabros, sólo el parpadeo de la luz mágica que emanaba de los apliques en las paredes. La estatua del ángel continuaba llorando lágrimas sin fin en la fuente. El aire de la habitación calaba los huesos y ella tiritó. Sophie, habiendo deslizado la llave en su bolsillo, parecía tan nerviosa como Tessa. “Aquí estamos, entonces,” dijo. “Hace un frío horrible en este lugar.” “Bueno, no estaremos aquí por mucho tiempo, estoy segura,” dijo Jessamine. Seguía sosteniendo el cuchillo de Nate, que brillaba en su mano. “Alguien regresará a rescatarnos. Will, o Charlotte…" “Y a encontrar el Instituto lleno de monstruos mecánicos,” le recordó Tessa. “Y Mortmain.” Se estremeció. “No estoy segura de que sea tan simple como lo haces ver.” Jessamine miró a Tessa fríamente. “Bueno, no es necesario que lo digas como si fuese mi culpa. Si no fuera por ti, no estaríamos en este lío.” Sophie se había trasladado entre medio de las sólidas columnas, y se veía muy pequeña. Su voz resonó en las paredes de piedra. “Eso no es muy amable, señorita.”
Jessamine se sentó en el borde de la fuente, luego se puso en pie otra vez, frunciendo el ceño. Se limpió la parte posterior de su vestido, ahora manchado por la humedad, en una forma exasperada. “Tal vez no, pero es verdad. La única razón por la que el Maestro está aquí es por Tessa.” “Le dije a Charlotte que todo esto era mi culpa.” Tessa habló en voz baja. “Le dije que me enviase lejos. Ella no lo hizo.” Jessamine sacudió la cabeza. “Charlotte es de buen corazón, al igual que Henry. Y Will, Will cree que es Galahad. Quiere salvarlos a todos. Jem, también. Ninguno de ellos es práctico.” “Supongo,” dijo Tessa, “que si hubieses tenido que tomar la decisión…” “Habrías estado afuera de la puerta con nada más que la llave de la calle para tu nombre,” dijo Jessamine, y resopló. Al ver la forma en que Sophie la miraba, agregó, “¡Oh, de verdad! No seas sentimental, Sophie. Agatha y Thomas todavía estarían vivos si yo hubiese estado a cargo, ¿no?” Sophie se puso pálida, su cicatriz destacándose a lo largo de su mejilla como la marca de una bofetada. “¿Thomas está muerto?” Jessamine la miró como si supiera que había cometido un error. “No quise decir eso.” Tessa la miró, duramente “¿Qué sucedió, Jessamine? Te vimos herida…” “Y ninguna de ustedes preciosas hicieron algo igualmente,” dijo Jessamine, y se sentó con un volante sobre la fuente de la pared, aparentemente olvidando de preocuparse por el estado de su vestido. “Estaba inconsciente... y cuando me desperté, vi que ustedes se habían ido, menos Thomas. Mortmain se había ido también, pero esas criaturas seguían allí. Una de ellas empezó a venir hacia mí, y busqué mi sombrilla, pero había sido pisoteada en pedazos. Thomas estaba rodeado por esas criaturas. Fui hacia él, pero me dijo que corriera, así que... corrí.” alzó la barbilla desafiantemente. Los ojos de Sophie destellaron. “¿Usted lo dejó allí? ¿Solo?” Jessamine colocó el cuchillo sobre la pared con un ruido furioso. “Soy una dama, Sophie. Se espera que un hombre se sacrifique por la seguridad de una dama.” “¡Eso es basura!” Las manos de Sophie estaban apretadas en pequeños puños a los costados. “¡Usted es una Cazadora de Sombras! ¡Y Thomas es sólo un mundano! Podría haberlo ayudado. Simplemente no lo hizo… ¡porque es egoísta! ¡Y…y horrible!”
Jessamine miró en blanco hacia Sophie, boquiabierta. “¿Cómo te atreves a hablarme a…?” Se interrumpió cuando la puerta del Santuario resonó con el ruido de la pesada aldaba cayendo. Sonó otra vez, y luego una voz familiar, se elevó, llamándolas. “¡Tessa! ¡Sophie! Soy Will.” “Oh, gracias a Dios,” dijo Jessamine, claramente aliviada de librarse de su conversación con Sophie tanto como de ser rescatada, y se apresuró hacia la puerta. “¡Will! Soy Jessamine. ¡Estoy aquí también!” “¿Y las tres están bien?” Will parecía inquieto de una manera que apretó el pecho de Tessa. “¿Qué pasó? Corrimos aquí desde Highgate. Vi la puerta del Instituto abierta. ¿Cómo, en nombre del Ángel entró Mortmain?” “Evadió las protecciones de alguna manera,” dijo Jessamine amargamente, alcanzando el picaporte. “No tengo ni idea cómo.” “Poco importa ahora. Está muerto. Las criaturas mecánicas están destruidas.”
El tono de Will era tranquilizador, ¿pero por qué, pensó Tessa, ella no se sentía tranquila? Se volvió para mirar a Sophie, que estaba observando la puerta, una línea vertical frunció su entrecejo, sus labios moviéndose ligeramente como si estuviera susurrando algo bajo su aliento. Sophie tenía la Visión, recordó Tessa, Charlotte lo había dicho. La sensación de malestar de Tessa se elevó como la cresta de una ola. “Jessamine,” gritó. “Jessamine, no abras la puerta.” Pero era demasiado tarde. La puerta se abrió de par en par. Y allí en el umbral estaba Mortmain, escoltado por monstruos mecánicos. Gracias al Ángel por los glamours, pensó Will. La vista de un chico montando a pelo un caballo negro de carga y bajando la Calle Farringdon normalmente sería suficiente para elevar cejas incluso en una metrópoli hastiada como Londres. Pero cuando Will pasaba, el caballo pateando grandes ráfagas de polvo londinense mientras se empinaba y resoplaba su camino por las calles, nadie volvió un pelo o batió las pestañas de los ojos. Aún así, incluso cuando parecían no verlo, encontraron razones para salir de su camino; un par de anteojos caídos, a un paso al costado para evitar un charco en la calle, y evitar ser pisoteado. Eran casi cinco millas desde Highgate al Instituto; les había llevado tres cuartos de una hora para cubrir la distancia en el carruaje. A Will y a Balios les llevó sólo veinte minutos hacer el viaje de regreso, aunque el caballo estaba jadeando y sudando al tiempo que Will atravesó las puertas del Instituto y se acercó a los escalones. Su corazón se hundió inmediatamente. Las puertas estaban abiertas. De par en par, como invitando en la noche. Estaba estrictamente en contra de la Ley dejar la puerta de un Instituto entreabierta. Él había estado en lo cierto; algo estaba terriblemente mal. Se deslizó de la espalda del caballo, las botas sonando estrepitosamente contra los adoquines. Buscó una manera de asegurar al animal, pero como había cortado su arnés, no había ninguna, y además, Balios parecía dispuesto a morderlo. Se encogió de hombros y se dirigió a los escalones. Jessamine jadeó y saltó hacia atrás cuando Mortmain entró en la habitación. Sophie gritó y se escondió detrás de una columna. Tessa estaba demasiado sorprendida para moverse. Los cuatro autómatas, dos a cada lado de Mortmain, miraban hacia adelante con sus rostros resplandecientes como máscaras de metal. Detrás de Mortmain estaba Nate. Un vendaje improvisado, manchado de sangre, estaba atado alrededor de su cabeza. La parte inferior de su camisa, la camisa de Jem, tenía una tira rota y arrancada de ella. Su mirada siniestra se posó sobre Jessamine. “Estúpida zorra,” gruñó, y se adelantó. “Nathaniel.” La voz de Mortmain sonó como un látigo; Nate se congeló. “Esto no es un escenario para representar tus insignificantes venganzas. Hay una cosa más que necesito de ti; tú sabes lo que es. Recupérala para mí.” Nate vaciló. Estaba mirando a Jessamine como un gato con su mirada clavada en un ratón. “Nathaniel. A la sala de armas. Ahora.” Nate arrastró su mirada de Jessie. Por un momento miró a Tessa, la rabia en su expresión se ablandó en una mueca. Luego se dio media vuelta y salió de la habitación; dos de las criaturas mecánicas se despegaron del lado de Mortmain y lo siguieron. La puerta se cerró detrás de él, y Mortmain sonrió amablemente. “Ustedes dos,” dijo, mirando de Jessamine a Sophie, “salgan.”
“No.” La voz era de Sophie, era pequeña pero tenaz, aunque para sorpresa de Tessa, Jessamine no mostró ninguna inclinación a dejarla tampoco. “No sin Tessa.” Mortmain se encogió de hombros. “Muy bien.” Se volvió a las criaturas mecánicas. “Las dos chicas,” dijo. “La Cazadora de Sombras y la sirvienta. Mátenlas a ambas.”
Chasqueó los dedos y las criaturas mecánicas saltaron hacia delante. Tenían la velocidad grotesca de las ratas deslizándose. Jessamine echó a correr, pero se había alejado sólo unos pocos pasos cuando una de ellas la agarró, levantándola del suelo. Sophie se movió entre los pilares como Blancanieves huyendo hacia el bosque, pero no fue lo bastante buena. La segunda criatura la atrapó con rapidez y la lanzó al suelo mientras ella gritaba. Por el contrario, Jessamine estaba completamente silenciosa; la criatura que la mantenía tenía una mano de metal sujeta a su boca y la otra alrededor de su cintura, excavando los dedos cruelmente. Sus pies pateaban inútilmente en el aire como los pies de un criminal que cuelgan al final de la cuerda de un verdugo. Tessa escuchó su propia voz emergiendo de su garganta como si fuese la de un extraño. “Basta. Por favor, por favor, ¡detente!” Sophie se había soltado de la criatura que la sostenía y estaba arrastrándose a través del piso sobre sus manos y rodillas. Estirándose, la criatura la agarró por el tobillo y tiró de ella hacia atrás por el suelo, su delantal se desgarró mientras sollozaba. “Por favor,” dijo Tessa otra vez, clavando sus ojos en Mortmain. “Usted puede detenerlo, Señorita Gray,” dijo. “Prométame que no tratará de huir.” Sus ojos quemaron cuando la miró. “Entonces las dejaré ir.” Los ojos de Jessamine, visibles por encima del brazo metálico que sujetaba su boca, suplicaron en los de Tessa. La otra criatura estaba de pie, sosteniendo a Sophie, que colgaban sin fuerzas en sus garras. “Me quedaré,” dijo Tessa. “Tiene mi palabra. Por supuesto que lo haré. Simplemente deje que se vayan.” Hubo una larga pausa. Luego, “Ya la escucharon,” dijo Mortmain a sus monstruos mecánicos. “Saquen a las chicas de esta sala. Llévenlas abajo. No les hagan daño.” Sonrió entonces, una fina, y astuta sonrisa. “Dejen a la Señorita Gray a solas conmigo.” Incluso antes de atravesar las puertas principales, Will tuvo la sensación tintineante de que algo espantoso estaba ocurriendo. La primera vez que había percibido esa sensación, había sido a los doce años de edad, sosteniendo esa maldita caja, pero nunca había imaginado sentirla en la solidez del Instituto. Vio el cuerpo de Agatha primero, al momento en que cruzó el umbral. Yacía de espaldas, los ojos vidriosos mirando hacia el techo, la parte delantera de su liso vestido gris empapado con sangre. Una ola de furia casi abrumadora se apoderó de Will, dejándolo aturdido. Mordiéndose el labio fuertemente, se inclinó para cerrarle los ojos antes de levantarse y mirar a su alrededor.
Los signos de una pelea estaban en todas partes, pedazos rotos de metal, engranajes doblados y partidos, salpicaduras de sangre mezcladas con charcos de aceite. Cuando Will se movió hacia los escalones, sus pies pisaron los restos despedazados de la sombrilla de Jessamine. Apretó los dientes y se trasladó a las escaleras. Y allí, desplomando sobre los escalones más bajos, estaba Thomas, con los ojos cerrados, inmóvil en un amplio charco escarlata. Una espada descansaba en el suelo junto a él, a unos centímetros de su mano; su punta tenía mellas y estaba abollada como si hubiera sido usada para partir rocas. Una gran pieza dentada de metal sobresalía de su pecho. Se parecía un poco a la hoja rota de una sierra, pensó Will al ponerse en cuclillas al lado de Thomas, o como una parte afilada de algún artefacto de metal más grande. Algo quemaba en seco la parte posterior de la garganta de Will. Su boca sabía a metal y rabia. Rara vez se afligía durante una batalla; se guardaba las emociones para más tarde, aquellas que todavía no había aprendido a enterrar tan profundamente para apenas sentirlas. Las había estado enterrando desde que tenía doce años. Su pecho estaba anudado con dolor ahora, pero su voz fue firme cuando habló. “Saludo y despedida, Thomas,” dijo, estirándose para cerrar los ojos del otro chico. “Ave…” Una mano voló y agarró su muñeca. Will miró hacia abajo, estupefacto, cuando los ojos vidriosos de Thomas se deslizaron hacia él, marrón claro sobre el velo blanquecino de la muerte. “No soy,” dijo, con un evidente esfuerzo por sacar las palabras, “un Cazador de Sombras.” “Defendiste el Instituto,” dijo Will. “Lo hiciste tan bien como cualquiera de nosotros lo hubiera hecho.” “No.” Thomas cerró los ojos, como agotado. Su pecho subió, apenas; su camisa estaba casi negra empapada con sangre. “Tú hubieras podido con ellos. Sabes que lo habrías hecho.” “Thomas,” susurró Will. Quería decir: Quédate tranquilo, y estarás bien cuando los otros lleguen. Pero Thomas evidentemente no iba a estar bien. Él era humano; las runas de sanación no podrían ayudarlo. Will deseó que Jem estuviese aquí, en lugar de él. Jem era al que querrías a tu lado cuando estuvieras muriendo. Jem podía hacerle sentir a cualquiera que las cosas iban a estar bien, mientras que Will en privado sospechaba que había pocas situaciones en las que su presencia no las empeorase. “Está viva,” dijo Thomas, sin abrir los ojos. “¿Qué?” Will fue tomado por sorpresa.
“Por la que regresaste. Ella. Tessa. Está con Sophie.” Thomas habló como si fuera un hecho obvio para cualquiera que Will hubiera regresado por Tessa. Tosió, y una gran cantidad de sangre se derramó de su boca y bajo su barbilla. Él no pareció notarlo. “Cuida a Sophie, Will. Sophie es…” Pero Will nunca se enteró de lo que era Sophie, porque el apretón de Thomas se aflojó de repente, y su mano cayó y golpeó el suelo de piedra con un feo sonido. Will se echó hacia atrás. Había visto suficientes muertes, y sabía cuando había llegado. No había necesidad de cerrar los ojos de Thomas; ya estaban cerrados. “Duerme, entonces,” dijo él, sin saber del todo de dónde vinieron las palabras “bueno y fiel sirviente de los Nefilim. Y gracias.” No era suficiente, ni aproximado a lo suficiente, pero era todo lo que había. Will se puso en pie y subió corriendo las escaleras.
Las puertas se habían cerrado detrás de las criaturas mecánicas; el Santuario estaba muy silencioso. Tessa podía escuchar el chapoteo del agua en la fuente detrás de ella. Mortmain se quedó mirándola calmadamente. Todavía no se veía aterrador, pensó Tessa. Un hombre pequeño, común, con el pelo oscuro volviéndose grisáceo en las sienes, y esos ojos claros extraños. “Señorita Gray,” dijo, “había esperado que nuestra primera vez a solas fuese una experiencia más agradable para los dos.” Los ojos de Tessa ardieron. Y dijo: “¿Qué eres? ¿Un brujo?” Su sonrisa fue veloz, y sin sentimiento. “Simplemente un ser humano, Señorita Gray.” “Pero hiciste magia,” dijo ella. “Habló con la voz de Will...” “Cualquiera puede aprender a imitar voces, con el entrenamiento adecuado,” dijo. “Un truco sencillo, como un juego de manos. Nadie los espera. Sin duda alguna, no los Cazadores de Sombras. Ellos creen que los humanos no son buenos en nada, además de ser buenos para nada.” “No,” susurró Tessa. “No creen eso.” Su boca se torció. “Qué rápido ha crecido tu amor por ellos, tus enemigos naturales. Pronto te entrenaremos para alejarte de eso.” Se movió hacia delante, y Tessa retrocedió. “No voy a lastimarte,” dijo. “Lo único que quiero es mostrarte algo.” Puso la mano en el bolsillo de su chaqueta y sacó un reloj de oro, de muy buen aspecto, en una gruesa cadena de oro.
¿Se está preguntando qué hora es? El deseo loco de soltar una risita se levantó en el fondo de la garganta de Tessa. Ella lo obligó a regresar. Él sostuvo el reloj frente a ella. “Señorita Gray,” dijo, “por favor tome esto.” Ella miró fijamente hacia él. “No lo quiero.” Se acercó a ella de nuevo. Tessa se alejó hasta que la parte trasera de la falda rozó el muro bajo de la fuente. “Tome el reloj, Señorita Gray.” Tessa negó con la cabeza. “Tómelo,” dijo. “O volveré a llamar a mis sirvientes mecánicos y haré que aplasten las gargantas de sus dos amigas hasta que mueran. Sólo necesito ir a la puerta y llamarlos. Es su elección.” La bilis se levantó en el fondo de la garganta de Tessa. Observó el reloj que él sostenía en alto hacia ella, colgando de su cadena de oro. Estaba evidentemente dañado. Las manecillas habían dejado de girar hacía mucho tiempo, la hora aparentemente congelada a la medianoche. Las iniciales J. T. S. estaban talladas en el dorso en una escritura elegante. “¿Por qué?” Susurró. “¿Por qué quiere que lo agarre?” “Porque quiero que Cambie,” dijo Mortmain. La cabeza de Tessa le dio un tirón. Miró hacia él con incredulidad. “¿Qué?” “Este reloj perteneció a alguien,” dijo. “Alguien a quien deseo mucho ver otra vez.” Su voz era tranquila, pero había una especie de corriente subterránea debajo de ella, hambre ansiosa que aterrorizó a Tessa más que cualquier rabia que pudiese tener. “Sé que las Hermanas Oscuras te lo enseñaron. Sé que conoces tu poder. Eres la única en el mundo que puede hacer lo que haces. Lo sé porque yo te hice.” “¿Usted me hizo?” Tessa lo miró fijo. “No está diciendo… no puede ser mi padre...” “¿Tu padre?” Mortmain rió brevemente. “Soy un ser humano, no un Submundo. No hay ningún demonio en mí, ni tengo tratos con demonios. No hay sangre compartida entre los dos, Señorita Gray. Y sin embargo, si no fuera por mí, no existiría.” “No entiendo,” susurró Tessa. “No necesitas entender.” El temperamento de Mortmain estaba visiblemente agotándose. “Necesitas hacer lo que te digo. Y te estoy diciendo que Cambies. Ahora.”
Era como estar parada en frente de las Hermanas Oscuras otra vez, con miedo y alerta, su corazón golpeando, diciéndole que acceda a una parte de sí misma que la aterrorizaba. Clamándole perderse en esa oscuridad, la nada entre ella y otro. Tal vez sería fácil hacer como le dijo; alcanzar y tomar el reloj según lo ordenado, abandonarse a sí misma en la piel de otro como lo había hecho antes, sin voluntad o elección propia. Miró hacia abajo, lejos de la ardiente mirada de Mortmain, y vio algo brillante en la pared de la fuente justo detrás de ella. Una salpicadura de agua, pensó por un momento… pero no. Era otra cosa. Habló entonces, casi sin querer. “No.” Dijo ella. Los ojos de Mortmain se estrecharon. “¿Qué fue eso?” “Le dije que no.” Tessa sentía como si estuviera fuera de sí misma de alguna manera, viéndose enfrentar a Mortmain como si estuviera viendo a un extraño. “No lo haré. No a menos que me explique a qué se refiere cuando dice que me hizo. ¿Por qué soy así? ¿Por qué ansía tanto mi poder? ¿Qué planea obligarme a hacer por usted? Está haciendo más que construir un ejército de monstruos. Puedo ver eso. Yo no soy tonta como mi hermano.” Mortmain deslizó el reloj en el bolsillo. Su rostro era una máscara horrible de ira. “No,” dijo. “No eres una tonta como tu hermano. Él es un tonto y un cobarde. Tú eres una tonta que tiene un poco de coraje. A pesar de que no te servirá de mucho. Y son tus amigas las que van sufrir por ello. Mientras tú miras.” Se volvió sobre sus talones y se encaminó hacia la puerta. Tessa se agachó y levantó el objeto que brillaba detrás de ella. Era el cuchillo que Jessamine había puesto allí, la hoja reluciente en la luz mágica del Santuario. “Deténgase,” gritó. “Sr. Mortmain. Deténgase.” Él se volvió entonces, y la vio con el cuchillo. Una mirada divertida y de asco se propagó en su rostro. “Realmente, señorita Gray,” dijo. “¿De verdad crees que puedes hacerme daño con eso? ¿Crees que vine totalmente desarmado?” Movió ligeramente a un lado su chaqueta, y ella vio la culata de una pistola, brillando en su cinturón. “No.” Dijo ella. “No, no creo que pueda hacerle daño.” Luego giró el cuchillo, por lo que entonces la empuñadura estaba lejos de ella, la hoja apuntando directamente hacia su propio pecho. “Pero si da un paso más hacia esa puerta, le prometo, que voy a atravesar el cuchillo en mi corazón.”
Reparar el lío que había hecho Will con el arnés del carruaje le tomó a Jem más tiempo del que le hubiese gustado, y la luna estaba preocupantemente alta en el cielo en el momento en que Jem irrumpió a través de las puertas de entrada del Instituto y tiró de Xanthos hasta el pie de los escalones. Balios, sin ataduras, estaba parado junto a la columna al pie de la escalera, luciendo agotado. Will debe haber montado como el diablo, pensó Jem, pero al menos había llegado a salvo. Fue un pequeño momento de tranquilidad, teniendo en cuenta que las puertas del Instituto estaban abiertas ampliamente, enviando una punzada de horror a través de él. Era una vista que parecía tan errónea como un rostro sin ojos o un cielo sin estrellas. Era algo que simplemente no debía ser. Jem alzó su voz. “¿Will?” Llamó. “Will, ¿puedes oírme?” Cuando no hubo respuesta, saltó desde el asiento del conductor del carruaje y extendió la mano para bajar su bastón con cabeza de jade después de él. Lo sostuvo ágilmente, equilibrando el peso. Sus muñecas habían comenzado a doler, lo que lo preocupaba. Por lo general, la abstinencia al polvo de demonio comenzaba como dolor en las articulaciones, un dolor sordo que se extendía poco a poco hasta que su cuerpo quemaba como el fuego. Pero no podía permitirse ese dolor ahora. Tenía que pensar en Will, y en Tessa. No podía deshacerse de la imagen de ella en la escalera, mirando hacia abajo mientras él decía las palabras antiguas. Lo había mirado tan preocupada, y la idea de que podría haber estado preocupada por él le había proporcionado un placer inesperado. Se giró para subir los escalones, y se detuvo. Alguien ya estaba bajando por ellos. Más de una persona, un grupo de gente. Fueron iluminados por la luz del Instituto, y por un momento parpadeó hacia ellos, viendo sólo siluetas. Algunos parecían extrañamente deformes. “¡Jem!” La voz era alta, desesperada. Familiar. Jessamine. Incitado, Jem se lanzó hacia las escaleras, y luego hizo una pausa. Frente a él estaba Nathaniel Gray, con la ropa rasgada y manchada de sangre. Tenía un vendaje improvisado alrededor de la cabeza y estaba empapado de sangre por la sien derecha. Su expresión era sombría. A cada lado de él se movieron autómatas mecánicos, como obedientes servidores. Uno flanqueaba su derecha, otro su izquierda. Atrás había dos más. Uno forcejeando con Jessamine; el otro, a una coja y semi-inconsciente Sophie. “¡Jem!” Chilló Jessamine. “Nate es un mentiroso. Él estaba ayudando a Mortmain todo este tiempo. Mortmain es el Maestro, no De Quincey… Nathaniel se volvió. “Cállala,” ladró a la criatura mecánica detrás de él. Sus brazos metálicos se apretaron alrededor de Jessamine, que se atragantó y se quedó en silencio, con la cara blanca por el dolor. Sus ojos se precipitaron hacia el autómata a la derecha de Nathaniel. Siguiendo su mirada, Jem vio que la criatura tenía la familiar caja dorada de la Pyxis en sus manos. Viendo la expresión de su rostro, Nate sonrió. “Nadie más que un Cazador de Sombras puede tocarla,” dijo. “Ningún ser viviente, es decir. Pero un autómata no está vivo.” “¿Esto era todo?” Jem preguntó, asombrado. “¿El Pyxis? ¿Qué posible uso tendría para ti?” “Mi amo quiere energías de demonios, y energías de demonios es lo que tendrá,” dijo Nate pretenciosamente. “Tampoco olvidará que soy yo el que se las facilitó.” Jem sacudió la cabeza. “¿Y qué te dará, entonces? ¿Qué es lo que te dio por traicionar a tu hermana? ¿Treinta piezas de plata?” La cara de Nate se tensó, y por un momento Jem pensó que podía ver a través de la insulsa máscara apuesta lo que realmente estaba por debajo, algo maligno y repelente que a Jem le provocaba dar la espalda y vomitar. “Esa cosa,” dijo, “no es mi hermana.” “Es difícil de creer, ¿no es cierto?” dijo Jem, sin hacer ningún esfuerzo por ocultar su odio, “que tú y Tessa compartan algo, incluso una sola gota de sangre. Ella es mucho mejor que tú.” Nathaniel entornó los ojos. “Ella no me concierne. Pertenece a Mortmain.” “No sé lo que Mortmain te ha prometido,” dijo Jem, “pero yo puedo prometerte que si lastimas a Jessamine o a Sophie…y si te llevas la Pyxis de estos predios, la Clave irá de cacería. Y te encontrará. Y te matará.” Nathaniel sacudió la cabeza lentamente. “No entiendes,” dijo. “Ninguno de los Nefilim entiende. Lo máximo que pueden ofrecer es dejarme vivir. Pero el Maestro puede prometerme que nunca moriré.” Se dio la vuelta a la criatura mecánica a su izquierda, la que no sostenía la Pyxis. “Mátalo,” dijo. El autómata se lanzó hacia Jem. Era mucho más rápido que las criaturas que Jem había enfrentado en el puente Blackfriars. Apenas tuvo tiempo de voltear capturando la hoja que con el extremo de su bastón y elevarlo, antes de que la cosa se fuera sobre él. La criatura chilló como un tren desbocado cuando Jem lanzó el cuhillo directamente a su pecho y la cortó de lado a lado, rompiendo el metal de par en par. La criatura giró lejos, salpicando como una rueda catalina de chispas rojas.
Nate, capturado por los chorros de fuego, gritó y saltó hacia atrás, golpeando a las chispas que agujereaban su ropa quemándola. Jem aprovechó la oportunidad para saltar dos escalones y golpear a Nate por la espalda con la parte plana de su cuchillo, hasta caer en sus rodillas. Nate se volvió para buscar a su protector mecánico, pero éste se tambaleaba de un lado a otro a lo largo de los escalones, las chispas emergían de su pecho; parecía evidente que Jem había cortado uno de sus mecanismos centrales. El autómata que tenía la Pyxis permanecía inmóvil; Nate claramente no era su primera prioridad. “¡Déjenlas!” gritó Nate a las criaturas mecánicas que apresaban a Sophie y Jessamine. “¡Maten al Cazador de Sombras! Mátenlo, ¿me oyen?”
Jessamine y Sophie, liberadas, cayeron al suelo, un tanto jadeantes pero notablemente vivas. Aunque el alivio de Jem fue de corta duración, cuando el segundo par de autómatas se lanzó hacia él, moviéndose a una velocidad increíble. Jem redujo a uno con su bastón. Éste saltó hacia atrás, fuera de alcance, y el otro alzó una mano; no una mano, en realidad, sino un bloque cuadrado de metal, con un lado afilado de dientes irregulares como una sierra. Un grito vino por detrás de Jem, y Henry pasó delante de él, blandiendo un enorme sable. Lo golpeó duramente, cortando a través del brazo levantado del autómata y enviando su mano al suelo. Ésta se deslizó por el adoquín, lanzando chispas y chirridos, antes de estallar en llamas. “¡Jem!” Fue la voz de Charlotte, lo que lo alertó. Jem giró y vio al otro autómata llegar a él por detrás. Condujo su cuchillo hacia la garganta de la criatura, cortando los tubos de cobre de su interior, mientras que Charlotte lo redujo a sus rodillas con su látigo. Con un gemido alto, se derrumbó en el suelo con las piernas cortadas. Charlotte, tensando su pálido rostro, llevó el látigo hacia abajo otra vez, mientras que Jem se volvía para ver que Henry, su pelo rojo pegado en la frente con sudor, estaba bajando su sable. El autómata que lo había atacado era ahora un montón de chatarra en el suelo. De hecho, pedazos mecánicos estaban esparcidos por el patio, algunos de ellos aún ardiendo, como un campo de estrellas caídas. Jessamine y Sophie se agarraban la una a la otra; Jessamine le ofrecía apoyo a la otra chica, cuya garganta tenía un collar de marcas oscuras. Jessamine encontró los ojos de Jem a través de los escalones. Él pensó que podría haber sido la primera vez que parecía realmente contenta de verlo. “Se ha ido,” dijo. “Nathaniel. Desapareció con esa criatura…y la Pyxis.” “No entiendo.” El rostro ensangrentado de Charlotte era una máscara en shock. “El hermano de Tessa…” “Todo lo que nos dijo fue mentira,” dijo Jessamine. “Todo el asunto de enviarlos tras los vampiros fue una diversión.”
“Por Dios,” dijo Charlotte. “Así que De Quincey no estaba mintiendo...” Sacudió la cabeza, como si la apartara de telas de arañas. “Cuando llegamos a su casa en Chelsea, lo encontramos allí con unos pocos vampiros, no más de seis o siete, ciertamente no los cientos que Nathaniel nos había advertido, y nadie encontró criaturas mecánicas. Benedict mató a De Quincey, pero no antes de que el vampiro se riera de nosotros por llamarlo el Maestro, nos dijo que habíamos dejado que Mortmain se burlara de nosotros. Mortmain. Y yo había pensado que era sólo… sólo un mundano.” Henry se sentó en el escalón superior, su espada soltando un sonido metálico. “Esto es un desastre.” “Will,” dijo Charlotte aturdida, como si estuviera en un sueño. “¿Y Tessa? ¿Dónde están?” “Tessa está en el Santuario. Con Mortmain. Will…” Jessamine negó con la cabeza. “No me di cuenta de que estaba aquí.” “Él está dentro,” dijo Jem, alzando la mirada hacia el Instituto. Se acordó de su sueño atormentado por el veneno; el Instituto en llamas, una nube de humo sobre Londres, y grandes criaturas mecánicas caminando de aquí para allá entre los edificios como arañas monstruosas. “El habrá ido por Tessa.” A la cara de Mortmain se le había drenado la sangre. “¿Qué estás haciendo?” Exigió, avanzando a grandes zancadas hasta ella. Tessa colocó la punta del cuchillo contra su pecho y empujó. El dolor fue agudo, súbito. La sangre apareció en el seno de su vestido. “No te acerques más.” Mortmain se detuvo, su rostro contraído con furia. “¿Qué te hace pensar que me importa si vives o mueres, Señorita Gray?” “Como dijo, usted me hizo,” dijo Tessa. “Por alguna razón, deseaste que exista. Me valoró lo suficiente como para no dejar que las Hermanas Oscuras me dañaran de alguna manera permanente. De alguna forma, soy importante para ti. Oh, no yo, por supuesto. Mi poder. Eso es lo que te importa.” Podía sentir la sangre, cálida y húmeda, goteando por su piel, pero el dolor no era nada comparado a su satisfacción al ver la mirada de miedo en la cara de Mortmain. Él habló con los dientes apretados. “¿Qué es lo que quieres de mí?” “No. ¿Qué es lo que tú quieres de mí? Dime. Dime por qué me has creado. Dime quiénes son mis verdaderos padres. ¿Fue mi madre realmente mi madre? ¿Mi padre, mi padre?”
Mortmain curvó la sonrisa. “Está haciendo las preguntas equivocadas, Señorita Gray.” “¿Por qué soy... lo que soy, y Nate es sólo humano? ¿Por qué él no es como yo?” “Nathaniel es sólo tu medio hermano. No es más que un ser humano, y no un muy buen ejemplo de ellos. No lamentes que no eres como él.” “Entonces...” Tessa hizo una pausa. Su corazón estaba acelerado. “Mi madre no pudo haber sido un demonio,” dijo en voz baja. “O nada sobrenatural, porque la Tía Harriet era su hermana, y ella era un ser humano. Por lo tanto, debe haber sido mi padre. ¿Mi padre era un demonio?” Mortmain sonrió, una repentina y fea sonrisa. “Baja el cuchillo y te daré tus respuestas. Tal vez incluso podamos invocar a la cosa que te engendró, si tan desesperada estás por verlo… ¿o debería decir, ver „eso‟?” “Entonces soy una bruja,” dijo Tessa. Su garganta se sentía apretada. “Eso es lo que está diciendo.” Los ojos claros de Mortmain estaban llenos de desprecio. “Si tú insistes,” dijo, “supongo que esa es la mejor palabra para lo que eres.” Tessa oyó la voz clara de Magnus Bane en su cabeza: Oh, usted es una bruja. Crea en ello. Y si emabargo… “No creo nada de esto,” dijo Tessa. “Mi madre, ella nunca habría… no con un demonio.” “No tenía ni idea.” Mortmain sonó casi compasivo. “No tenía idea de que estaba siéndole infiel a tu padre.” El estómago de Tessa se sacudió. Eso no había sido nada que ella no hubiera creído posible, nada que ella no se hubiese preguntado. Sin embargo, escucharlo en voz alta era algo más. “Si el hombre que yo creía que era mi padre, no era mi padre, y mi verdadero padre era un demonio,” dijo, “entonces ¿por qué no estoy marcada como un brujo está marcado?” Los ojos de Mortmain chispearon con malevolencia. “En efecto, ¿por qué no? Tal vez porque tu madre no tenía idea de lo que era, no más de lo que tú sabes.” “¿Qué quieres decir? ¡Mi madre era humana!” Mortmain negó con la cabeza. “Señorita Gray, continúa haciendo las preguntas equivocadas. Lo que debe entender es que gran parte ya estaba planeada para que algún día llegaras. La planificación comenzó incluso antes que yo, y yo la llevé hacia adelante, sabiendo que estaba supervisando la creación de algo único en el mundo. Algo único que me pertenecería a mí. Sabía que algún día te desposaría, y que tú serías mía para siempre.” Tessa lo miró con horror. “¿Pero por qué? Usted no me ama. No me conoce. ¡Ni siquiera sabía cómo lucía! ¡Podría haber sido horrible!” “No habría importado. Puedes mostrarte tan horrible o hermosa como desees. El rostro que tienes ahora es sólo uno de los mil rostros posibles. ¿Cuándo comprenderás que no hay una verdadera Tessa Gray?” “Salga,” dijo Tessa. Mortmain la miró con sus ojos claros. “¿Qué me has dicho?” “Fuera. Deje el Instituto. Llévese a sus monstruos. O voy a apuñalarme en el corazón.” Por un momento él dudó, sus manos cerrándose y abriendo a los costados. Así debería ser cuando se veía obligado a tomar una decisión negociable repentina, ¿comprar o vender? ¿Invertir o ampliar? Era un hombre acostumbrado a evaluar la situación en un instante, pensó Tessa. Y ella era sólo una chica. ¿Qué posibilidades tenía de dominarlo? Mortmain sacudió lentamente la cabeza. “No creo que lo hagas. Podrás ser una bruja pero sigues siendo una jovencita. Una mujer delicada.” Dio un paso hacia ella. “La violencia no está en tu naturaleza.” Tessa agarró el mango del cuchillo con fuerza. Pudo sentirlo todo, la dura superficie bajo sus dedos, el dolor con el que atravesó su piel, el latido de su corazón. “No dé un paso más,” dijo con voz temblorosa, “o lo haré. Meteré el cuchillo dentro.” El temblor en la voz de ella pareció darle convicción; su mandíbula era firme, y se trasladó hacia ella con paso seguro. “No, no lo harás.” Tessa oyó la voz de Will en su cabeza. Tom ó veneno en lugar de dejarse capturar por los romanos. Fue más valiente que cualquier hombre.
“Sí,” dijo ella. “Lo haré.” Algo en su rostro debía haber cambiado, porque la confianza se escapó de la expresión de él y se abalanzó hacia ella, su arrogancia se había ido, tratando de alcanzar desesperadamente el cuchillo. Tessa giró lejos de Mortmain, volviéndose hacia la fuente. Lo último que vio fue el agua plateada salpicando sobre ella cuando se clavó el cuchillo en el pecho.
Will se quedó sin aliento mientras se acercaba a las puertas del Santuario. Había luchado con dos de los autómatas mecánicos en el hueco de la escalera y pensó que estaba acabado, luego de que el primero de ellos, el que había sido atacado varias veces con la espada de Thomas, comenzó a funcionar mal y empujó a la segunda criatura por una ventana antes de desplomarse y estrellándose en la escalera en un torbellino de metal estropeado y disparando chispas. Will tenía cortes en las manos y los brazos por la piel irregular de metal de las criaturas mecánicas, pero no se detuvo por una iratze. Sacó su estela mientras corría, y golpeó sobre las puertas del Santuario al acabar su carrera. Pasó la estela sobre la superficie de las puertas, creando la más rápida runa Abierto de su vida. La cerradura de las puertas se deslizó. A Will le tomó una fracción de segundo para cambiar su estela por una de las espadas serafín en su cinturón. “Jerahmeel,” susurró, y cuando la hoja ardió con fuego blanco, pateó las puertas para abrir el Santuario. Y se congeló horrorizado. Tessa yacía desplomada en la fuente, cuya agua estaba teñida de rojo. La parte delantera de su vestido azul y blanco era una sábana escarlata, y la sangre se esparcía por debajo de su cuerpo en un charco cada vez mayor. Un cuchillo estaba junto a su mano derecha, su empuñadura manchada con sangre. Sus ojos cerrados. Mortmain se arrodilló a su lado, puso su mano en el hombro. Levantó la vista cuando las puertas se abrieron de golpe, y luego se puso en pie, alejándose del cuerpo de Tessa. Sus manos estaban rojas debido a la sangre, y su camisa y chaqueta teñidas con ella. “Yo...” empezó a decir. “La mataste,” dijo Will. Su voz sonó estúpida a sus propios oídos, y muy lejana. Vio de nuevo en su mente la biblioteca de la casa donde había vivido con su familia de niño. Sus propias manos en la caja, los dedos curiosos desprendiendo el pestillo que la mantenía cerrada. La biblioteca se llenó con el sonido de gritos. El camino a Londres, plateado en la luz de la luna. Las palabras que habían pasado por su cabeza, una y otra vez, mientras se alejaba caminado de todo lo que había conocido, para siempre. Lo he perdido todo. Perdido todo. Todo. “No,” Mortmain negó con la cabeza. Él estaba jugando con algo, un anillo en su mano derecha, hecho de plata. “No la toqué. Se lo hizo a sí misma.” “Es mentira.” Will se movió hacia adelante, la forma de la espada serafín debajo de sus dedos, reconfortante y familiar en un mundo que parecía moverse y cambiar a su alrededor como el paisaje de un sueño. “¿Sabes lo que pasa cuando introduzco uno de éstos en carne humana? dijo Will con voz áspera, alzando a Jerahmeel. “Te quemará como si te cortara. Morirás en agonía, quemándote de adentro hacia afuera.” “¿Crees que lamentas su pérdida, Will Herondale?” La voz de Mortmain estaba llena de tormento. “Tu dolor es nada comparado al mío. Años de trabajo, sueños, más de lo que podrías imaginar, desperdiciados.” “Entonces, tendrás consuelo, porque tu dolor será de corta duración,” dijo Will, y arremetió contra él, con la espada extendida. Sintió que pasaba la tela de la chaqueta de Mortmain… y luego no sintió resistencia. Se tambaleó hacia delante, se enderezó y observó. Algo resonó en el suelo a sus pies, un botón de bronce. Su hoja debió haberlo separado de la chaqueta de Mortmain. Le hizo un guiño desde el suelo como un ojo burlón. Impresionado, Will bajó la espada serafín. Jerameel cayó al suelo, todavía ardiendo. Mortmain se había ido, ido por completo. Se había desvanecido como sólo un brujo podría desaparecer, un brujo que había entrenado en la práctica de la magia durante años. Para un humano, incluso un humano con el conocimiento oculto, lograr tal cosa... Pero eso no importaba; no ahora. Will podía pensar sólo en una cosa. Tessa. Medio temeroso, medio esperanzado, cruzó la habitación hasta donde ella yacía. La fuente hizo sus miserables sonidos relajantes cuando Will se arrodilló y la tomó en sus brazos. Él la había sostenido de esa forma sólo una vez, en el ático, la noche que habían quemado la casa de De Quincey en la ciudad. El recuerdo de aquello había vuelto a él, espontáneo, suficientes veces desde entonces. Ahora era una tortura. Su vestido estaba empapado en sangre; así como su cabello, y su rostro estaba surcado con ésta. Will había visto muchas heridas como para saber que nadie podría perder tanta sangre y vivir. “Tessa,” susurró. Se aplastó contra ella; no importaba lo que hiciera ahora. Enterró su rostro en el hueco de su cuello, donde su garganta se reunía con el hombro. Su cabello, ya empezaba a endurecerse con la sangre, le rascó la mejilla. Podía sentir el ritmo de su pulso a través de su piel. Se quedó paralizado. ¿Su pulso? Su corazón dio un vuelco; él se apartó, queriendo bajarla al suelo, y la encontró mirándolo con los ojos grises muy abiertos. “Will,” dijo ella. “¿Realmente eres tú, Will?” El alivio se estrelló sobre él en primer lugar, seguido instantáneamente por un terror en ebullición. Dejar a Thomas morir ante sus ojos, y ahora esto, también. ¿O tal vez ella podría ser salvada? Aunque no con Marcas. ¿Cómo se curaban los Submundo? Era un conocimiento que sólo los Hermanos Silenciosos tenían. “Vendas,” dijo Will, mitad para sí mismo. “Tengo que conseguir vendas.” Empezó a aflojar su control sobre ella, pero Tessa capturó su muñeca con la mano. “Will, debes tener cuidado. Mortmain… él es el Maestro. Él estaba aquí...”
Will se sentía como si se estuviera ahogando. “Calla. Guarda tus fuerzas. Mortmain se ha ido. Tengo que conseguir ayuda.” “No,” Ella apretó aún más la mano sobre él. “No, no necesitas hacer eso, Will. No es mi sangre.” “¿Qué?” Dijo él, mirándola fijamente. Tal vez estaba delirando, pensó, pero su agarre y su voz fueron sorprendentemente fuertes para alguien que debería estar muerto. “Lo que sea que te haya hecho, Tessa…” “Yo lo hice,” dijo en la misma voz estable. “Me lo hice a mí misma, Will. Era la única manera que sabía para hacer que se vaya. Nunca me habría dejado aquí. No si hubiera pensado que estaba viva.” “Pero…” “He Cambiado. Cuando el cuchillo me tocó, Cambié, justo en ese momento. Fue algo que dijo Mortmain lo que me dio la idea, que un juego de manos es un simple truco y que nadie lo espera.” “No entiendo. ¿La sangre?” Ella asintió con la cabeza, su pequeño rostro iluminado con alivio, con su placer de contarle lo que había hecho. “Había una mujer, una vez, a la que las Hermanas Oscuras me hicieron Cambiar, quien había muerto de una herida por un arma de fuego, y cuando Cambié, su sangre se derramó sobre mí. ¿Te había dicho eso? Pensé que tal vez lo hice, pero no importa. Lo recordé, y Cambié a ella, sólo por un momento, y la sangre vino, como lo había hecho antes. Me volví alejándome de Mortmain para que no pudiese ver mi cambio, y me encogí hacia adelante como si el cuchillo me hubiera atravesado realmente, y de hecho, la fuerza del Cambio, y el hacerlo tan rápido, me hizo desmayar con certeza. El mundo se oscureció, y luego oí a Mortmain llamarme por mi nombre. Supe que tenía que haber vuelto en mí, y sabía que debía fingir estar muerta. Temía que ciertamente me descubriera si no hubieras llegado.” Ella miró abajo hacia sí misma, y Will podría haber jurado que había un tono débilmente engreído en su voz cuando dijo: “¡Engañé al Maestro, Will! No lo habría creído posible, estaba tan seguro de su superioridad sobre mí. Pero recordé lo que habías dicho acerca de Boudica. Si no hubiera sido por tus palabras, Will...”
Alzó la vista hacia él con una sonrisa. Esa sonrisa rompió lo que quedaba de la resistencia de él; la hizo pedazos. Había bajado el muro cuando pensó que ella se había ido, y no había tiempo para reconstruirlo. Sin poder contenerse la apretó contra sí. Por un momento, ella se aferró a él con fuerza, cálida y viva en sus brazos. El pelo de Tessa rozó la mejilla de él. El color había vuelto al mundo; Will podía respirar de nuevo, y en ese momento respiró en ella, que olía a sal, sangre, lágrimas, y a Tessa. Cuando ella se apartó de su abrazo, sus ojos brillaban. “Cuando escuché tu voz pensé que era un sueño,” dijo. “Pero eras real.” Sus ojos buscaron su cara, y, como satisfecha de lo que encontraron allí, sonrió. “Eres real.” Él abrió su boca. Las palabras estaban allí. Estaba a punto de decirlas cuando una sacudida de terror lo atravesó, el terror de alguien que, vagando en la niebla, se detiene sólo para darse cuenta de que lo han dejado a pulgadas del borde de un abismo enorme. La forma en que ella lo miraba… podía leer lo que había en sus ojos, comprendió él. Debía estar escrito claramente allí, como las palabras en la página de un libro. No había ni tiempo, ni oportunidad, para ocultarlo. “Will,” susurró ella. “Di algo, Will.” Pero no había nada que decir. Sólo estaba el vacío, el que había estado antes que ella. El que estaría siempre. Lo he perdido todo, pensó Will. Todo.
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