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sábado, 1 de marzo de 2014

EPILOGO

Se había hecho tarde, y los párpados de Magnus Bane se caían de agotamiento. Puso las Odas de Horacio sobre el final de la mesa y miró pensativo la lluvia que dejaba corría por las ventanas que daban a la plaza. Esta era la casa de Camille, pero esta noche no estaba en ella, a Magnus le parecía poco probable que ella estuviera en casa de nuevo por muchas noches más, si no fuera por más tiempo. Había dejado la ciudad después de esa noche desastrosa en el De Quincey, y aunque él le había enviado un mensaje diciéndole que era seguro regresar, dudaba de que lo hiciera. No podía dejar de preguntarse si, ahora que había cobrado venganza contra su clan vampiro, seguiría deseando su compañía. Tal vez sólo había sido algo para lanzar al rostro de De Quincey. Siempre podía marcharse; empacar e irse, dejar todo este lujo prestado a sus espaldas. Esta casa, los sirvientes, los libros, incluso su ropa, eran de ella, había llegado a Londres sin nada. No era como si Magnus no pudiera ganar su propio dinero. Había sido muy rico en el pasado, en ocasiones, a pesar de tener demasiado dinero por lo general lo aburría. Pero, permanecer aquí, no obstante la molestia, seguía siendo el camino más probable de ver a Camille de nuevo. Un golpe en la puerta lo sacó de su ensoñación, y se volvió para ver a Archer, el lacayo, de pie en la puerta. Archer había sido el subyugado de Camille durante años, y observaba a Magnus con desprecio, probablemente porque sentía que una relación con un brujo no era el tipo adecuado de acoplamiento para su amada señora. "Hay alguien que lo quiere ver, señor." Archer se retardó sobre la palabra "señor" el tiempo suficiente para que fuera un insulto. "¿A esta hora? ¿Quién es?" "Uno de los Nefilim." Un débil disgusto tiñó las palabras de Archer. "Dice que su asunto con usted es urgente."
Así que no era Charlotte, la única de los Nefilim de Londres que Magnus podría haber esperado ver. Desde hace varios días había estado ayudando a la Enclave, observando mientras ellos interrogaban a aterrorizados mundanos que habían sido miembros del Club Pandemónium, y usando magia para eliminar los recuerdos de las ordalías de los mundanos cuando habían terminado. Un trabajo desagradable, pero la Clave siempre pagaba bien, y era prudente permanecer a su favor. "Está," agregó Archer, con un profundizado disgusto, “muy mojado también." "¿Mojado?" "Está lloviendo, señor, y el caballero no lleva puesto un sombrero. Me ofrecí para secar sus ropas, pero él se negó." "Muy bien. Déjalo entrar" Los labios de Archer se afinaron. "Le está esperando en el salón. Pensé que tal vez deseara calentarse junto al fuego." Magnus suspiró para sus adentros. Podía, por supuesto, mandar que Archer condujera al invitado a la biblioteca, una habitación que él prefería. Pero parecía un gran esfuerzo por poco a cambio, y además, si lo hacía, el lacayo estaría de mal humor durante los próximos tres días. "Muy bien." Satisfecho, Archer desapareció, dejando a Magnus hacer su propio camino al salón. La puerta estaba cerrada, pero podía ver por la luz que brillaba bajo la puerta que había un fuego, y luz, dentro de la habitación. Abrió la puerta. El salón había sido la habitación favorita de Camille y le había dado sus toques de decoración. Las paredes estaban pintadas de un color vino exuberante, los muebles de palo de rosa eran importados de China. Las ventanas que de otro modo habrían mirado a la plaza estaban cubiertas con cortinas de terciopelo que colgaba rectas desde el suelo hasta el techo, bloqueando cualquier luz. Alguien estaba de pie delante de la chimenea, con las manos detrás de su espalda; una persona delgada, con pelo oscuro. Cuando se volvió, Magnus lo reconoció inmediatamente. Will Herondale. Estaba, como Archer había dicho, mojado, de la manera en que a alguien que no le importaba de una u otra forma si llovía sobre él o no. Su ropa estaba empapada, su cabello colgaba sobre sus ojos. Agua corría por su rostro como lágrimas. "William," dijo Magnus, honestamente sorprendido. "¿Qué diablos estás haciendo aquí? ¿Ha pasado algo en el Instituto?" "No," la voz de Will sonó como si se estuviera ahogando. "Estoy aquí por mi propia cuenta. Necesito tu ayuda. No hay…no hay absolutamente nadie más a quien pueda preguntarle."
"¿De verdad?" Magnus miró al chico más de cerca. Will era hermoso; Magnus había estado enamorado muchas veces a través de los años, y normalmente la belleza de cualquier clase lo movía, pero la de Will nunca lo hizo. Había algo oscuro en el chico, algo oculto y extraño que era difícil de apreciar. Parecía que no mostraba nada real al mundo. Sin embargo, ahora, bajo su chorreante cabello, estaba tan blanco como el pergamino, sus manos apretadas a los costados con tanta fuerza que temblaban. Parecía claro que alguna terrible confusión lo estaba desgarrando desde adentro hacia afuera. Magnus alcanzó el seguro detrás él y cerró la puerta del salón. "Muy bien," dijo. "¿Por qué no me dices cuál es el problema?"

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