A pesar de todo, cada hombre mata lo que ama, Para cada uno, oigan esto, Algunos lo hacen con una mirada amarga, Algunos con una palabra adulatoria, El cobarde lo hace con un beso, ¡El hombre valiente con una espada! —Oscar Wilde, “La Balada de la Lectura Encarcelada”
Las Marcas que indicaban luto eran rojas para los Cazadores de Sombras. El color de la muerte era el blanco. Tessa no había sabido eso, no lo había leído en el Código, así que se había quedado pasmada al ver las cinco figuras de los Cazadores de Sombras del Instituto salir del carruaje vestidos completamente de blanco como en una banquete de bodas, mientras Sophie y ella los observaban desde la ventana de la biblioteca. Varios miembros de la Enclave habían sido asesinados limpiando el nido vampiro de De Quincey. El funeral era en nombre de ellos, aunque también enterraron a Thomas y Agatha. Charlotte había explicado que los entierros de los Nefilim generalmente eran sólo para Nefilims, pero una excepción podía ser hecha por aquellos que habían muerto en servicio por la Clave. A Sophie y Tessa, sin embargo, les habían prohibido ir. La ceremonia en sí, aún estaba cerrada para ellas. Sophie le había dicho a Tessa que era lo mejor de todos modos, que no quería ver arder a Thomas y sus cenizas ser esparcidas en la Ciudad Silenciosa. “Prefiero recordarlo como era,” dijo, “y también a Agatha.” La Enclave había dejado a una guardia tras ellos, varios Cazadores de Sombras quienes se habían presentado voluntarios para quedarse y vigilar el Instituto. Pasaría mucho tiempo, pensó Tessa, antes de que volvieran a dejar el lugar sin vigilancia. Durante su ausencia había pasado el tiempo leyendo en el hueco de la ventana—nada que ver con Nefilim o demonios o Submundos, sino que una copia de Historia de Dos Ciudades que había encontrado en el estante de Charlotte de libros de Dickens. Se había obligado a sí misma resueltamente a no pensar en Mortmain, en Thomas y Agatha, acerca de las cosas que Mortmain le dijo en el Santuario… y muy especialmente, no pensar en Nathaniel o dónde podría estar ahora. Cada pensamiento de su hermano hacía que su estómago se apretara y que la parte posterior de sus ojos picara. Tampoco era que todo estuviera en su mente. Dos días antes, había sido obligada a aparecer ante la Clave en la biblioteca del Instituto. Un hombre al que los otros llaman el Inquisidor la había interrogado sobre su tiempo con Mortmain, una y otra vez, alerta por cualquier cambio en su historia, hasta que estuvo exhausta. La habían interrogado acerca del reloj que él había querido darle, y si sabía a quién había pertenecido, o qué podían significar las iniciales J.T.S. No lo sabía, y si se lo había llevado con él cuando desapareció, señaló, eso era improbable que cambiara. Había interrogado a Will, también, acerca de qué le había dicho Mortmain antes de desaparecer. Will había contestado a las pesquisas con hosca impaciencia, para la sorpresa de nadie, y eventualmente había sido desestimado com sanciones, por grosería e insubordinación. El Inquisidor incluso demandó que Tessa se desnudara, que debía ser examinada por una marca de brujo, pero Charlotte puso un rápido alto a eso. Cuando a Tessa le permitieron irse, se precipitó por el corredor siguiendo a Will, pero él se había ido. Habían pasado dos días desde entonces, y en ese tiempo apenas lo había visto, ni habían hablado más allá del cortés intercambio ocasional de palabras en frente de otros. Cuando lo había mirado, él había apartado la mirada. Cuando ella había dejado la habitación, esperando que él la siguiera, no lo había hecho. Había sido enloquecedor. No pudo evitar preguntarse si era la única que pensaba que algo significativo había pasado entre ellos en el suelo del Santuario. Había despertado de la oscuridad más profunda que cualquiera que se hubiera encontrado antes durante un Cambio, para encontrar a Will sosteniéndola, la mirada más francamente perturbadora que ella pudiera imaginar en su rostro. ¿Y seguramente no podría haber imaginado la forma en que él había dicho su nombre, o la forma en que la miraba? No. No podría haber imaginado eso. Will se preocupaba por ella, estaba segura de eso. Sí, había sido grosero casi desde que la había conocido, pero además, eso pasaba en las novelas todo el tiempo. Vean cuan grosero había sido Darcy con Elizabeth Bennet antes de que pidiera su mano, y realmente, también muy grosero durante. Y Heathcliff nunca fue nada más que grosero con Cathy. Aunque tenía que admitir que en Historia de Dos Ciudades, tanto Sydney Carton como Charles Darnay habían sido muy amables con Lucie Manette. Pero todavía siento la debilidad de desear que sepas con qué fuerza encendiste en mí algunas chispas a pesar de no ser yo más que ceniza, chispas que se convirtieron en fuego… El hecho preocupante era que desde esa noche en el Santuario, Will no la había mirado ni dicho su nombre de nuevo. Creía saber la razón de eso; lo había adivinado por la forma en que Charlotte la había mirado, la forma en que todos estaban siendo tan reservados a su alrededor. Era evidente. Los Cazadores de Sombras la iban a echar.
¿Y por qué no habrían de hacerlo? El Instituto era para los Nefilim, no para los Submundos. Había traído muerte y destrucción sobre el lugar en el poco tiempo que había estado aquí; sólo Dios sabía qué pasaría si se quedaba. Por supuesto, no tenía donde ir, y nadie con quien ir, ¿pero por qué habría de importarles? Las Leyes de la Alianza no podían ser cambiadas o quebradas. Tal vez terminaría viviendo con Jessamine después de todo, en alguna casa en la ciudad de Belgravia75. Había cosas peores. El traqueteo de las ruedas del carruaje sobre el empedrado exterior, señalando el regreso de los otros de la Ciudad Silenciosa, la sacó de su sombrío ensimismamiento. Sophie se precipitó por las escaleras para recibirlos mientras Tessa observaba a través de la ventana como bajaban del carruaje uno a uno. Henry tenía el brazo alrededor de Charlotte, quien se inclinaba contra él. Después vino Jessamine, con flores pálidas puestas a través de su cabello rubio. Tessa admiró como se veía, no pudo evitar la leve sospecha de que Jessamine probablemente disfrutaba los funerales porque sabía que se veía especialmente bonita en blanco. Luego vino Jem, y luego Will, viéndose como dos piezas de ajedrez de algún extraño juego, tanto el cabello plateado de Jem como el negro enmarañado de Will resaltaban por la palidez de sus ropas. Caballero Blanco y Caballero Negro, pensó Tessa cuando subieron los escalones y desaparecieron dentro del Instituto. Acababa de dejar su libro en el asiento junto a ella cuando la puerta de la biblioteca se abrió y entró Charlotte, aún quitándose los guantes. Su sombrero se había ido, su cabello castaño caía alrededor de su rostro en rizos húmedos. “Pensé que te encontraría aquí,” dijo, cruzando la habitación hasta hundirse en la silla opuesta al asiento de la ventana en Tessa. Tiró los guantes blancos en la mesa cercana y suspiró. “¿Fue…?” comenzó Tessa. “¿Horrible? Sí. Odio los funarales, aunque el Ángel sabe que he estado en decenas.” Charlotte se pausó y mordió su labio. “Soné como Jessamine. Olvida que dije eso, Tessa. El sacrificio y la muerte son parte del la vida Cazando Sombras, y siempre he aceptado eso.” “Lo sé.” Estaba muy silecioso. Tessa imaginó que podía sentir su corazón latiendo en el vacío, como el tic-tac de un reloj de péndulo en una gran habitación vacía. “Tessa…,” comenzó Charlotte. “Ya sé lo que vas a decir, Charlotte, y está muy bien.” Charlotte parpadeó. “¿Lo sabes? ¿Está…bien?” “Quieres que me vaya,” dijo Tessa. “Sé que te reuniste con la Clave antes del funeral. Jem me lo dijo. No me puedo imaginar que crean que debas permitir que me quede. Después de todos los problemas y el espanto que les he traído. Nate. Thomas y Agatha…” “A la Clave no le importan Thomas y Agatha.” “Las Pyxis, entonces.” “Sí,” dijo Charlotte lentamente. “Tessa, creo que tienes la idea completamente equivocada. No vine a pedirte que te vayas; vine a pedirte que te quedes.” “¿Me quede?” las palabras parecían estar desconectadas de cualquier significado. Seguramente Charlotte no había querido decir lo que había dicho. “Pero la Clave… deben estar furiosos…” “Están furiosos,” dijo Charlotte. “Con Henry y conmigo. Fuimos totalmente engañados por Mortmain. Nos usó como instrumentos, y se lo permitimos. Estaba tan orgullosa de la forma inteligente y práctica en que me había hecho cargo de él que nunca me detuve a pensar que tal vez él era el único haciéndose cargo. Nunca me detuve a pensar que ninguna criatura viviente que no fuera Mortmain y tu hermano había confirmado que de Quincey era el Maestro. La otra evidencia era toda circunstancial, y aún así me dejé ser convencida.” “Era muy convincente.” Tessa se apresuró a tranquilizar a Charlotte. “El sello que encontramos en el cuerpo de Miranda. Las criaturas en el puente.” Charlotte hizo un sonido amargo. “Todos personajes en una obra que Mortmain armó para nuestro beneficio. Sabes que, buscando como lo hicimos, ¿no fuimos capaces de encontrar una pizca de evidencia en cuanto a qué otros Submundos controlaba el Club Pandemónium? Ninguno de los miembros mundanos tenía una pista, y ya que destruímos el clan de De Quincey, los Submundos están más desconfiados de nosotros que nunca.” “Pero sólo han pasado unos días. A Will le tomó seis semanas encontrar a las Hermanas Oscuras. Si siguen buscando…” “No tenemos ese tiempo. Si lo que Nathaniel le dijo a Jem era verdad, y Mortmain planea usar la energía demoniaca dentro de las Pyxis para animar sus maniquíes mecánicos, sólo tendremos el tiempo que le tomará aprender a abrir la caja.” Se encogió de hombros. “Por supuesto, la Clave cree que eso es imposible. Las Pyxis sólo pueden ser abiertas con runas, y sólo un Cazador de Sombras puede dibujarlas. Pero luego otra vez, sólo los Cazadores de Sombras se supone deberían haber sido capaces de obtener acceso al Instituto.” “Mortmain es muy inteligente.” “Sí.” Las manos de Charlotte estaban fuertemente anudadas en su regazo. “¿Sabías que Henry es quien le dijo a Mortmain sobre las Pyxis? ¿Cómo se llamaban, y qué hacían?” “No…” las palabras tranquilizadoras de Tessa la habían abandonado. “No podías. Nadie sabe eso. Sólo yo, y Henry. Él quería que le dijera a la Clave, pero no lo haré. Ellos ya lo tratan tan mal, y yo…” la voz de Charlotte se sacudió, pero su pequeño rostro estaba firme. “La Clave está convocando un tribunal. Mi conducta, y la de Henry, será examinada y sometida a votación. Es posible que perdamos el Instituto.” Tessa estaba horrorizada. “¡Pero si eres maravillosa con el funcionamiento del Instituto! La forma en que mantienes todo organizado y en su lugar, la forma en que lo manejas todo.” Los ojos de Charlotte estaban húmedos. “Gracias, Tessa. El hecho es que Benedict Lightwood siempre ha querido el lugar de cabecera del Instituto para sí mismo, o para su hijo. Los Lightwoods tienen un gran orgullo familiar y desprecian aceptar órdenes. Si no fuera por el hecho de que el propio Consul Wayland nos nombró a mi esposo y a mí como los sucesores de mi padre, estoy segura de que Benedict hubiera estado en el cargo. Todo lo que he querido alguna vez es dirigir el Instituto, Tessa. Haré cualquier cosa para mantenerlo. Si sólo me ayudaras…” “¿Yo? ¿Pero qué puedo hacer? No sé nada de las políticas de los Cazadores de Sombras.” “Las alianzas que forjamos con los Submundos son algunos de nuestros activos más valiosos, Tessa. Parte de la razón por la que todavía estoy donde estoy es mi afiliación con brujos como Magnus Banes y vampiros tales como Camille Belcourt. Y tú, eres una preciosa mercancía. Lo que puedes hacer ya ha ayudado a la Enclave una vez; la ayuda que nos podrías ofrecer en el futuro podría ser incalculable. Y si tu eres conocida por ser una firme aliada mía, eso sólo me va a ayudar.” Tessa contuvo la respiración. En su mente vio a Will—Will cómo había lucido en el Santuario—pero, casi para su sorpresa, él no era todo lo que sus pensamientos contenían. Estaba Jem, con su bondad y manos suaves; y Henry haciéndola reír con sus extrañas ropas y divertidas invenciones; e incluso Jessamine, con su peculiar fiereza y ocasional sorprendente valentía. “Pero la Ley,” dijo ella en una vocecita. “No hay una Ley en contra de que te quedes aquí como nuestra invitada,” dijo Charlotte. “He buscado en los archivos y no he encontrado nada que te impida quedarte, si consientes. Así que, ¿consientes, Tessa? ¿Te quedarás?” Tessa subió de prisa los escalones al ático; por primera vez en lo que se sentía como por siempre, su corazón estaba casi ligero. El ático en sí era tal como lo recordaba, las ventanas altas y pequeñas dejando entrar un poco de luz del atardecer, que era casi crepúsculo ahora. Había un cubo volcabo en el suelo; maniobró alrededor de éste en su camino a las estrechas escalera que llevaban a la azotea. A menudo puedes encontrarlo ahí cuando está en problemas, Charlotte había dicho. Y pocas veces he visto a Will tan aproblemado. La pérdida de Thomas y Agatha ha sido más difícil para él de lo que preveía. Los escalones terminaban en una cuadrada puerta basculante, que colgaba de un lado. Tessa empujó la puerta trampilla abriéndola, y salió a la azotea del Instituto.
Enderezándose, miró alrededor. Se puso de pie en el techo ancho y plano, el cual estaba rodeado por una barandilla de hierro forjado hasta la cintura. Las barras de la barandilla terminaban en remates con forma de afiladas flores de lis76. En el extremo del techo estaba Will, inclinado contra la barandilla. No se giró, incluso cuando la puerta trampilla se cerró tras ella y dio un paso adelante, frotando sus palmas rasguñadas contra la tela de su vestido. “Will,” dijo. Él no se movió. El sol había comenzaba a ponerse en un torrente de fuego. A través del Támesis, las chimeneas de las fábricas arrojaban humo que trepaba como dedos negros a través del cielo rojo. Will estaba inclinado contra la barandilla como si estuviera exhausto, como si tuviera la intención de caer hacia adelante a través de los remates de jabalina afilados y terminar con todo. No dio señal de haber escuchado a Tessa mientras ella se aproximaba y movía hasta estar junto a él. Desde aquí el empinado techo caía en una vertiginosa visión de los adoquines debajo “Will,” dijo de nuevo. “¿Qué estás haciendo?” No la miró. Estaba mirando la ciudad, un contorno negro contra el enrojecido cielo. La cúpula de San Pablo brillaba a través del aire sucio, y el Támesis corría como fuerte té oscuro bajo ésta, interrumpido aquí y allá con las líneas negras de los puentes. Formas oscuras se movían por las orillas del río; rapiñadores buscando a través de la inmundicia arrojada por el agua, esperando encontrar algo valioso para vender. “Ahora recuerdo,” dijo Will sin mirarla, “lo que estaba intentado recordar el otro día. Era Blake. „Y he aquí en Londres, una horrible maravilla Humana de Dios.‟” Miró por sobre el paisaje. “Milton pensó que Infierno era una ciudad, ya sabes. Pienso que tal vez tenía media razón. Tal vez Londres es sólo la entrada al Infierno, y somos almas condenadas negándonos a pasar, temiendo que lo que vamos a encontrar al otro lado será peor que el horror que ya conocemos.” “Will.” Tessa estaba desconcertada. “Will, ¿qué es?, ¿qué está mal?” Él agarró la barandilla con las dos manos, sus dedos blanqueándose. Sus manos estaban cubiertas por cortes y rasguños, sus nudillos estaban raspados, rojos y negros. Había moretones en su rostro también, oscureciendo la línea de su mandíbula, la piel bajo sus ojos estaba púrpura. Su labio inferior estaba rojo e hinchado, y no había hecho nada para curar nada de eso. No podía imaginar por qué. “Debí haberlo sabido,” dijo él. “Que era una trampa. Que Mortmain estaba mintiendo cuando vino aquí. Charlotte tan a menudo ha hecho alarde mis habilidades tácticas, pero un buen táctico no confía ciegamente. Fui un tonto."
“Charlotte cree que es su culpa. Henry cree que es su culpa. Yo creo que es mi culpa,” dijo Tessa impacientemente. “No podemos tener el lujo de culparnos a nosotros mismos ahora, ¿verdad?” “¿Tu culpa?” Will sonaba perplejo. “¿Porque Mortmain está obsesionado contigo? Eso no parece…” “Por traer a Nathaniel aquí,” dijo Tessa. Sólo decirlo en en voz alta la hacía sentir como si su pecho estuviera siendo exprimido. “Por impulsarlos a confiar en él.” “Lo amabas,” dijo Will. “Era tu hermano.” “Todavía lo es,” dijo Tessa. “Y todavía lo amo. Pero ahora sé lo que es. Siempre supe lo que era. Sólo que no quería creerlo. Supongo que todos nos mentimos a nosotros mismos a veces.” “Sí.” Will sonaba hermético y distante. “Supongo que lo hacemos.” Tessa rápidamente dijo, “Subí aquí porque tengo buenas noticias, Will. ¿No me dejarás contarte cuáles son?” “Cuéntame.” Su voz estaba muerta. “Charlotte dijo que puedo permanecer aquí,” dijo Tessa. “En el Instituto.” Will no dijo nada. “Dijo que no hay ninguna Ley contra eso,” continuó Tessa, un poco desconcertada ahora. “Así que no es necesario que me vaya.” “Charlotte nunca hubiera hecho que te fueras, Tessa. No puede abandonar ni a una mosca atrapada en una tela de araña. No te habría abandonado.” No había vida en la voz de Will ni tampoco sentimiento. Siemplemente estaba constatando un hecho. “Pensé…” la euforia de Tessa se estaba desvaneciendo rápidamente. “Que estarías al menos un poco complacido. Pensé que nos estábamos haciendo amigos.” Vio la línea de su garganta moverse cuando tragó duramente, sus manos tensándose nuevamente en la barandilla. “Como una amiga,” continuó ella, su voz disminuyendo, “he llegado a admirarte, Will. A preocuparme por tí.” Se estiró, queriendo tocar su mano, pero retrocedió, sorprendida por la tensión en su postura, la blancura de los nudillos que apretaban la barandilla de metal. Las Marcas rojas de luto destacaban escarlatas contra la blancura de su piel, como si hubieran sido cortadas ahí con cuchillos. “Pensé que tal vez… ” Finalmente Will se giró a mirarla directamente. Tessa se sorprendió al ver la expresión en su rostro. Las sombras bajo sus ojos eran muy oscuras, éstos parecían huecos. Se quedó ahí y lo miró, deseando que dijera lo que un héroe de un libro hubiera dicho ahora, en este momento. Tessa, mis sentimientos por ti han crecido más allá de los meros sentimientos de amistad. Son mucho más raros y preciosos que eso… “Ven aquí,” dijo él en cambio. No había nada acogedor en su voz, o en la forma en que estaba de pie. Tessa luchó contra su instinto de huir, y se movió hacia él, lo suficientemente cerca para que él la tocara. Él extendió sus manos y tocó su cabello suavemente, cepillando hacia atrás los rizos extraviados alrededor de su rostro. “Tess.” Ella alzó la mirada hacia él. Sus ojos eran del mismo color del cielo manchado de humo; incluso magullado, su rostro era hermoso. Quería ser tocada por él, lo quería en alguna manera rudimentaria, instintiva, que ni siquiera podía explicar ni controlar. Cuando él se inclinó a besarla, todo que pudo hacer fue refrenarse a sí misma hasta que sus labios encontraron los de ella. Su boca cepilló la suya y probó la sal en él, el sabor picante de su magulladura y la piel sensible donde su labio estaba cortado. La tomó por lo hombros y la acercó a él, sus dedos pasando por la tela de su vestido. Incluso más que en el ático, se sentía atrapada en el remolino de una ola poderosa que amenazaba con arrastrala arriba y abajo, apretarla y quebrarla, desgastarla hasta dejarla suave como el mar podría desgastar un trozo de cristal. Se estiró para posar sus manos en sus hombros, y él retrocedió, mirándola hacia abajo, respirando con mucha dificultad. Sus ojos estaban brillantes, sus labios ahora rojos e inflamados por los besos como por las heridas. “Tal vez,” dijo él, “luego debamos discutir nuestros arreglos.” Tessa, todavía sintiéndose como si se hubiera ahogado, susurró, “¿Arreglos?” “Si vas a quedarte,” dijo él, “sería para nuestro provecho ser discretos. Tal vez sea mejor usar tu habitación. Jem tiende a entrar y salir de la mía como si viviera en el lugar, y podría estar perplejo de encontrar la puerta bloqueda. Tus cuartos, por otra parte…” “¿Usar mi habitación?” repitió ella. “¿Para qué?” La boca de Will se arqueó hacia arriba en la esquina; a Tessa, quien había estado pensando cuan hermosamente formados eran sus labios, le tomó un momento darse cuenta con un sentimiento de distante sorpresa que la sonrisa era una muy fría. “No puedes pretender que no sabes… Creo que no eres totalmente ignorante del mundo, Tessa. No con ese hermano tuyo.” “Will.” El entusiasmo se estaba yendo de Tessa como el mar retrocediendo de la tierra; se sentía fría, a pesar del aire de verano. “No soy como mi hermano.”
“Te preocupas por mí,” dijo Will. Su voz era fría y segura. “Y sabes que te admiro, en la forma en que todas las mujeres saben cuando un hombre las admira. Ahora has venido a decirme que estarás aquí, disponible para mí, durante el tiempo que pueda desearlo. Te estoy ofreciendo lo que pensé que querías.” “No puedes querer decir eso.” “Y tú no puedes haber imaginado que quisiera decir algo más,” dijo Will, “No hay futuro para un Cazador de Sombras que pierde el tiempo con brujos. Uno puede ser amigo de ellos, emplearlos, pero no…” “¿Casarse con ellos?” dijo Tessa. Había una clara imagen del mar en su cabeza. Se había retirado completamente de la costa, y podía ver las pequeñas criaturas que había dejado a su paso, jeadeando, aleteando y muriendo en la arena desnuda. “Qué atrevida.” Sonrió Will; ella quería abofetear la expresión de su cara. “¿Qué es lo que realmente esperabas, Tessa?” “No esperaba que me insultaras.” La voz de Tessa amenazó con temblar; de alguna forma, se mantuvo firme. “No puede ser que las consecuencias no deseadas de un coqueteo te preocupen,” reflexionó Will. “Ya que los brujos son incapaces de tener hijos…” “¿Qué?” Tessa dio un paso atrás como si él la hubiera empujado. El suelo se sentía inestable bajo sus pies. Will la miró. El sol se había ido del cielo casi completamente. En la cercana oscuridad los huesos de su rostro se veían prominentes y las líneas de las esquinas de su boca eran tan duras como si estuviera atormentado por un dolor físico. Pero su voz cuando habló era imperturbable “¿No sabías eso? Pensé que alguien te lo había dicho.” “No,” dijo Tessa suavemente. “Nadie me dijo.” Su mirada se mantenía estable. “Si no estás interesada en mi oferta…” “Detente,” dijo ella. Este momento, pensó, era como el borde de un pedacito de vidrio roto, claro y afilado y doloroso. “Jem dice que mientes para hacerte parecer malo,” dijo ella. “Y tal vez eso es verdad, o tal vez él simplemente desea creer eso de ti. Pero no hay razón o excusa para una crueldad como esta.” Por un momento él se vio realmente desconcertado, como si de verdad lo hubiera sorprendido. La expresión se fue en un instante, como la forma cambiante de una nube. “Entonces no hay nada más que decir, ¿verdad?” Sin otra palabra giró en sus talones y caminó alejándose de él, hacia los escalones que la conducían abajo de vuelta al Instituto. No giró para verlo observándola, una negra silueta inmóvil contra las últimas ascuas del cielo ardiente.
Los Hijos de Lilith, conocidos también por el nombre de brujos, son, al igual que las mulas y los otros cruces, estériles. No pueden producir descendencia. No se han observado excepciones a esta regla… Tessa levantó la vista del Código y miró fijamente, sin ver, fuera de la ventana de la sala de música, aunque estaba demasiado oscuro para mucha vista. Se había refugiado aquí, no queriendo volver a su propia habitación, donde eventualmente sería descubierta abatida por Sophie, o peor, Charlotte. La fina capa de polvo sobre todo en esta habitación le aseguró que era mucho menos probable que la encontraran aquí. Se preguntó como antes se había perdido este hecho acerca de los brujos. Para ser justos, no estaba en la sección de brujos en el Código, sino más bien en la sección más adelante de cruces de Submundos, como las medio hadas y los medio hombrelobos. No había medio brujos, aparentemente. Los brujos no podían tener hijos. Will no había estado mintiendo para herirla; le había estado diciendo la verdad. Lo que parecía peor, de cierta forma. Él habría sabido que sus palabras no eran un golpe ligro, fácil de resover. Tal vez había estado en lo correcto. ¿Qué más había pensado que realmente pasaría? Will era Will, y no debía haber esperado que fuera algo más. Sophie le había advertido, y aún así no había escuchado. Sabía lo que hubiera dicho Tía Harriet acerca de las chicas que no escuchaban un buen consejo. Un débil sonido susurrante interrumpió su ensimismamiento. Se giró y primero no vio nada. La única luz en la habitación venía de un solitario candelabro de luz mágica en la pared. Su luz parpadeante jugaba sobre la forma del piano, la oscura masa curvada del arpa cubierta con una lona pesada. Mientras miraba, dos puntos brillantes de luz se disiparon, cerca del suelo, un extraño color verde-amarillo. Se estaban moviendo hacia ella, ambos al mismo tiempo, como gemelos fuegos fatuos. Repentinamente Tessa expulsó el aliento contenido. Por supuesto. Se inclinÓ hacia adelante. “Aquí, gatito.” Hizo un ruido de persuasión. “¡Aquí, gatito, gatito!” El maullido del gato en respuesta se perdió en el ruido de la puerta abriéndose. Luz se derramó dentro de la habitación, y por un momento la figura en la puerta fue sólo una sombra. “¿Tessa? Tessa, ¿eres tu?” Tessa conoció la voz inmediatamente; era tan cercana a la primera cosa que le había dicho, la noche que ella había entrado en su habitación: ¿Will? Will, ¿eres tú? “Jem,” dijo resignadamente. “Sí, soy yo. Tu gato parece haber vagado por aquí.”
“No puedo decir que esté sorprendido.” Jem sonaba divertido. Podía verlo claramente ahora mientras entraba a la habitación; la luz mágica del corredor se desbordó en el interior, e incluso el gato era claramente visible, sentado en el suelo y lavando su cara con una pata. Se veía enojado, de la forma en que los gatos persas siempre se ven. “Parece ser un poco vagabundo. Como si demandara ser presentado a todos…” Jem se interrumpió entonces, sus ojos en el rostro de Tessa. “¿Qué está mal?” Tessa estaba tan sorprendida que tartamudeó. “¿P-por qué me preguntas eso?” “Puedo verlo en tu rostro. Algo pasó.” Se sentó en el taburete del piano frente a ella. “Charlotte me contó las buenas noticias,” dijo mientras el gato se ponía de pie y se escabullía através de la habitación hasta él. “O al menos, pensé que eran buenas noticias. ¿No estás complacida?” “Por supuesto que estoy complacida.” “Hm.” Jem no se vio convencido. Agachándose, le tendió la mano al gato, quien frotó la cabeza contra la parte posterior de sus dedos. “Buen gato, Iglesia.”
“¿Iglesia? ¿Ese es el nombre del gato?” Tessa se divertía a su pesar. “Dios mío, ¿no solía ser familiar77 de la Sra. Dark o algo como eso? ¡Tal vez Iglesia no sea el mejor nombre para éste!” “Él,” la corrigió Jem con burlona severidad, “no era un familiar, sino que una pobre criatura que ella planeaba sacrificar como parte de su lanzamiento del hechizo negromántico. Y Charlotte ha estado diciendo que debemos conservarlo porque es de buena suete tener un gato en una iglesia. Así que comenzamos a llamarlo „el gato de la iglesia,‟ y de eso…” se encogió de hombros. “Iglesia. Y si el nombre lo ayuda a mantenerse fuera de problemas, tanto mejor.” “Creo que me mira de manera superior.” “Probablemente. Los gatos creen que son superiores a todos.” Jem rascó a Iglesia detrás de las orejas. “¿Qué estás leyendo?” Tessa le mostró el Código. “Will me lo dio…” Jem se estiró y tomó el libro de ella, con tan agilidad que Tessa no tuvo tiempo de retirar su mano. Todavía estaba abierto en la página que había estado estudiando. Jem bajo la vista hacia éste, y luego volvió a subirla hacia ella, su expresión cambiando. “¿Sabías esto?” Ella sacudió la cabeza. “No es tanto que soñara con tener hijos,” dijo. “No había pensado tan adelante en mi vida. Es más, que parece otra cosa que me separa de la humanidad. Eso me hace un monstruo. Algo aparte.” Jem estuvo silencioso por un largo momento, sus largos dedos acariciando el pelaje gris del gato. “Tal vez,” dijo, “no sea una cosa mala estar apartado.” Se inclinó hacia adelante. “Tessa, tú sabes que aunque pareces una bruja, tienes una habilidad que nunca habíamos visto antes. No llevas marca de demonio. Con tanto incierto acerca de ti, no puedes permitir que esta pieza de información te conduzca a la desesperación.” “No estoy desesperada,” dijo Tessa. “Es sólo… He estado despierta estas últimas noches. Pensando acerca de mis padres. Apenas los recuerdo, ya ves. Y sin embargo, no puedo evitar preguntarme. Mortmain dijo que mi madre no sabía que mi padre era un demonio, ¿pero estaba él mintiendo? Dijo que ella no sabía lo que era ella, ¿pero qué significa eso? ¿Supo alguna vez lo que yo era, que no era humana? ¿Es por eso que dejaron Londres como lo hicieron, tan secretamente, al amparo de la oscurisad? Si soy el resultado de algo… algo espantoso; eso le fue hecho a mi madre sin su conocimiento, ¿entonces cómo pudo haberme amado?” “Te escondieron de Mortmain,” dijo Jem. “Debían saber que él te quería. Todos esos años te buscó, y ellos te mantuvieron segura; primero tus padres, luego tu tía. Ese no es el acto de una familia falta de amor.” Su mirada estaba atenta en su rostro. “Tessa, no quiero hacerte promesas que no puedo mantener, pero si tu verdaderamente deseas saber la verdad acerca de tu pasado, podemos buscarla. Después de todo lo que has hecho por nosotros, te debemos mucho. Si hay secretos que hay que aprender sobre como llegaste a ser lo que eres, entonces podemos aprenderlos, si eso es lo que deseas.” “Sí. Eso es lo que quiero.” “Puede que no,” dijo Jem, “te guste lo que descubras.” “Es mejor saber la verdad.” Tessa se sorprendió por la convicción en su propia voz. “Sé la verdad acerca de Nate, ahora, y doloroso como es, es mejor que el que te mientan. Es mejor que ir amando a alguien quien no puede amarme también. Mejor que gastar todos esos sentimientos.” Su voz tembló. “Creo que lo hizo,” dijo Jem, “y te ama, a su manera, pero no puedes preocuparte con eso. Es una gran cosa amar y ser amado. El amor no es algo que pueda ser desaprovechado.” “Es difícil. Eso es todo.” Tessa sabía que estaba siendo autocompasiva, pero parecía no poder quitárselo de encima. “Estar tan sola.” Jem se inclinó hacia adelante y la miró. Las Marcas rojas destacaban como fuego en su pálida piel, haciéndola pensar en los patrones que trazaban los bordes de las túnicas de los Hermanos Silenciosos.“Mis padres, como los tuyos, están muertos. También los de Will, y los de Jessie, e incluso los de Henry y los de Charlotte. No estoy seguro de que haya alguien en el Instituto que no sea huérfano. De lo contrario no estaríamos aquí.” Tessa abrió la boca, y luego la cerró otra vez. “Lo sé,” dijo. “Lo siento. Estaba siendo perfectamente egoísta al no pensar…” Él levanto una delgada mano. “No te estoy culpando,” dijo. “Tal vez estás aquí porque de otra manera estás sola, pero yo también. También lo está Will. También lo está Jessamine. E incluso, en medida, Charlotte y Henry. ¿Dónde más tendría Henry su laboratorio? ¿Dónde más podría Charlotte poner su mente brillante a trabajar de la forma en que puede aquí? Y aunque Jessamine finge odiar todo, y Will nunca admitiría necesitar algo, ambos han hecho hogares para sí mismos aquí. En cierta forma, no estamos aquí sólo porque no tenemos otro lugar; no necesitamos otro lugar, porque tenemos el Instituto, y aquellos quienes estén en él, son nuestra familia.” “Pero no mi familia.” “Podrían serlo,” dijo Jem. “Cuando por primera vez llegué aquí, tenía doce años. Decididamente no se sentía como casa para mí entonces. Sólo vi cómo Londres no era como Shangai, y estaba nostálgico. Entonces Will fue a una tienda en el East End y me compró esto.” Sacó la cadena que colgaba alrededor de su cuello, y Tessa vio que el destello verde que había notado antes era un colgante de piedra verde en forma de una mano cerrada. “Creo que le gustaba porque le recordaba a un puño. Pero era jade, y él sabía que el jade viene de China, así que lo trajo de vuelta para mí y lo colgó de una cadena para llevarlo. Todavía lo llevo.” La mención de Will hizo que el corazón de Tessa se contrajera. “Supongo que es bueno saber que puede ser amable aveces.” Jem la miró con perspicaces ojos plateados. “Cuando entré… esa mirada en tus ojos, no era sólo por lo que acabas de leer en el Código, ¿no? Era por Will. ¿Qué te dijo?” Tessa vaciló. “Hizo muy claro que no me quiere aquí,” dijo finalmente. “Que mi permanencia en el Instituto no es la feliz oportunidad que pensé que era. No en su punto de vista.” “Y después de que justo terminé de decirte por qué deberías considerarlo familia,” dijo Jem, un poco tristemente. “No me extraña que te veas como si acabara de decirte que algo horrible ha pasado.” “Lo siento,” susurró Tessa. “No lo hagas. Es Will quien debe sentirlo.” Los ojos de Jem se oscurecieron. “Vamos a echarlo a la calle,” proclamó. “Te prometo que se irá por la mañana.” Tessa se sorprendió y se sentó erguida. “Oh…no, no puedes querer decir eso…” Él sonrió. “Por supuesto que no. Pero te sentiste mejor por un momento, ¿no? ” “Fue como un hermoso sueño,” dijo Tessa gravemente, pero sonrió cuando lo dijo, lo que la sorprendió. “Will es… difícil,” dijo Jem. “Pero la familia es deifícil. Si no pensara que el Instituto es el mejor lugar para ti, Tessa, no te hubiera dicho que lo era. Y uno puede construir su propia familia. Sé que te sientes inhumana, como si estuvieras apartada, alejada de la vida y el amor, pero…” su voz se quebró un poco, la primera vez que Tessa lo había escuchado sonar inseguro. Él aclaró su garganta. “Te prometo, al hombre adecuado no le importará.” Antes de que Tessa pudiera responder, hubo un fuerte golpe en el cristal de la ventana. Miró hacia Jem, quien se encogió de hombros. Lo había oído también. Cruzando la habitación, vio que en efecto había algo fuera… una oscura figura alada, como un ave pequeña luchando por entrar. Trató de levantar el marco de la ventana, pero parecía atascado. Se giró, pero Jem ya había aparecido a su lado, y abrió la ventana. Cuando la oscura figura revoloteó en el interior, voló directamente a Tessa. Levantó las manos y la cogió en el aire, sintiendo las afiladas alas de metal revolotear contra sus palmas. Cuando las sostuvo, se cerraron, y sus ojos se cerraron también. Una vez más sostenía su espada de metal tranquilamente, como si esperara ser despertado de nuevo. Su corazón mecánico hizo Tic-tac contra sus dedos. Jem se volvió de la venta abierta, el viento alborotaba su cabello. A la luz amarilla, éste brillaba como oro blanco. “¿Qué es?” Tessa sonrió. “Mi ángel,” dijo.
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