SEIS SEMANAS DESPUES
Más allá de este lugar de lágrimas e ira Yacen los Horrores de la sombra —William Ernest Henley, “Invicto” “A las hermanas les gustaría verla en su sala, Señorita Gray.” Tessa dejó el libro que había estado leyendo sobre la mesita de noche, y se volvió para ver a Miranda de pie en la puerta de su pequeña habitación, como lo había hecho todos los días a la misma hora, entregando el mismo mensaje que entregaba todos los días. En un momento Tessa le pediría que esperara en el pasillo, y Miranda dejaría la habitación. Diez minutos después, ella volvería y diría lo mismo de nuevo. Si Tessa no venía obedientemente después de algunos de esos intentos, Miranda la cogería y la arrastraría, pataleando y gritando, bajaría las escaleras al caliente y apestoso cuarto donde las Hermanas Ocuras espereban. Había pasado todos los días de la primera semana que Tessa había estado en la Casa Oscura, como ella había venido a llamar el lugar en que la mantenían prisionera, hasta que eventualmente Tessa se dio cuenta de que gritar y patalear no hacían mucho, simplemente, gastar su energía. Energía que probablemente era mejor reservar para otras cosas. “Un momento, Miranda,” dijo Tessa. La criada se balanceó icómodadamente en una reverencia y salió de la habitación, cerrando la puerta tras ella. Tessa se puso en pie, mirando alrededor de la pequeña habitación que había sido su celda de prisión por seis semanas. Ésta era pequeña, con empapelado de flores y con pocos muebles, una simple mesa de pino con un paño de encaje blanco sobre ésta, donde ella comía sus comidas; la estrecha cama de latón donde ella dormía; el lavabo agrietado y la jarra de porcelana para su limpieza; el alfeizar de la ventana donde ella apilaba sus libros, y la pequeña silla donde se sentaba cada noche y escribía cartas a su hermano, cartas que ella sabía nunca podría enviar, cartas que ella mantenía ocultas bajo su colchón donde las Hermanas Oscuras no pudieran encontralas. Era su forma de mantener un diario y de asegurarse a sí misma, que de alguna forma, vería a Nate de nuevo algún día y sería capaz de dárselas. Cruzó la habitación hasta el espejo que colgaba contra la pared, y alisó su cabello.
Las Hermanas Oscuras, como de hecho les gustaba ser llamadas, preferían que ella no luciera desaliñada, aunque no parecía importarles su apariencia de una manera u otra más allá de eso, lo que era una suerte, porque su reflejo la hizo estremecerse. Allí estaba su pálido rostro ovalado dominado por huecos ojos grises, un rostro en sombras, sin color en sus mejillas o esperanza en su expresión. Llevaba el vestido negro poco favorecedor que las hermanas le habían dado una vez que había llegado; su baúl nunca la había seguido, a pesar de sus promesas, y éste era ahora la única pieza de ropa que tenía. Apartó la mirada rápidamente. No tenía para siempre para estremecerse por su reflejo. Nate, con su bello aspecto, era el único en la familia que por acuerdo general había heredado la belleza de su madre, pero Tessa siempre había estado plenamente satisfecha con su liso cabello castaño y sus sensatos ojos grises. Jane Eyre tenía el pelo castaño, además de muchas otras heroínas. Y no era tan malo ser alta, tampoco, más alta que la mayoría de los chicos de su edad, es verdad, pero Tía Harriet siempre había dicho que cuando una mujer alta se conduciera bien, siempre se vería regia. No se veía regia ahora, pensó. Se veía ojerosa y sucia y en conjunto como un espantapájaros usado. Se preguntó si Nate la reconocería si la viera hoy en día. Ante ese pensamiento su corazón pareció encogerse dentro de su pecho. Nate. Él era lo único por el que ella estaba haciendo todo esto, pero a veces lo extrañaba tanto que sentía como si estuviera tragando cristal roto. Sin él, estaba completamente sola en el mundo. No había nadie en absoluto para ella. Nadie en el mundo que se preocupara de si ella estaba viva o muerta. Aveces el horror de ese pensamiento la amenazaba con abrumarla y hundirla en una oscuridad sin fondo de la que no habría retorno. Si nadie en el mundo se preocupa por ti en absoluto, ¿realmente existes? El chasquido de la cerradura cortó sus pensamientos abruptamente. La puerta se abrió; Miranda estaba en el umbral. “Es tiempo de que venga conmigo,” dijo. “La Sra. Black y la Sra. Dark están esperando.” Tessa la miró disgustada. No podía adivinar la edad de Miranda. ¿Diecinueve? ¿Veinticinco? Había algo eterno en su rostro redondeado y sin arrugas. Su cabello era del color del agua de arroyo, tirado hacia atrás con dureza detrás de las orejas. Tenía ojos protuberantes como los de una rana y la hacía parecer permanentemente sorprendida, exactamente como el cochero de las Hermanas Oscuras. Tessa pensó que ellos debían estar relacionados. A medida que bajaban juntas las escaleras, Miranda marchaba con su andar desgarbado, una marcha acortada, Tessa levantó su mano para tocar la cadena dónde el ángel mecánico colgaba alrededor de su garganta. Era un hábito, algo que hacía cada vez que era forzada a ver a las Hermanas Oscuras. De alguna forma, la sensación del colgante alrededor de su cuello la tranquilizó. Siguió sosteniéndolo mientras pasaban rellano tras rellano. Había varios niveles de corredores en la Casa Oscura, aunque Tessa no había visto ninguno de ellos, salvo las salas de las Hermanas Oscuras, los pasillos y su propia habitación. Finalmente alcanzaron el sótano en sombras. Era húmedo ahí abajo, los muros estaban pegajosos con desagradable humedad, aunque aparentemente a las Hermanas no les importaba.
Su oficina estaba adelante, a través de un conjunto de amplias puertas dobles. Un angosto corredor llevaba en otra dirección, desapareciendo en la oscuridad; Tessa no tenía idea de qué se apostaba en ese vestíbulo, pero algo en el espesor de las sombras la hacía feliz de nunca descubrirlo. Las puertas de la oficina de las Hermanas estaban abiertas. Miranda no dudó, sino que entró, Tessa la siguió con gran renuencia. Odiaba esta habitación más que cualquier otro lugar en el mundo.
Para empezar, siempre estaba caliente y húmeda por dentro, como un pantano, incluso cuando los cielos fuera eran grises y lluviosos. Las paredes parecían rezumar humedad, y el tapizado en los asientos y sofás siempre tenían moho floreciendo. Olía extraño también, como la ribera del Hudson8 en un día caluroso: agua y basura y fango. Las Hermanas ya estaban allí, como siempre estaban, sentadas detrás de su enorme escritorio alzado. Con sus habituales coloridos, la Sra. Black en un vestido de vibrante rosa salmón y la Sra. Dark en uno azul pavo real. Por encima de los satenes brillantemente coloridos, sus rostros estaban como desinflados globos grises. Ambas usaban guantes a pesar de lo caliente que estaba la habitación. “Déjanos, Miranda,” dijo la Sra. Black, mientras le daba vueltas al pesado globo terráqueo de bronce que mantenían en el escritorio, con un regordete dedo enguantado en blanco. Tessa muchas veces había intentando tener un buen vistazo del globo; algo en la forma en que los continentes estaban establecidos, nunca se había visto correcto para ella, especialmente el espacio en el centro de Europa, pero las hermanas siempre lo mantenían fuera de su alcance. “Y cierra la puerta tras de ti.”
Inexpresiva, Miranda hizo lo que le pidieron. Tessa intentó no estremecerse cuando la puerta se cerró tras ella, cortando lo poco de brisa que había en ese lugar sin aire. La Sra. Dark ladeó la cabeza hacia un lado. “Ven aquí, Theresa.” De las dos mujeres, ella era la más amable, probablemente engatusaba y persuadía mejor que su hermana, a quien le gustaba convencer con bofetadas y amenazas silbadas. “Y toma esto.” Sostenía algo: un trozo de deteriorada tela rosa atada en un lazo, del tipo usado como la cinta del pelo de una niña. Estaba acostumbrada a las cosas que las Hermanas Oscuras le entregaban ahora. Cosas que una vez pertenecieron a personas: alfileres de corbata y relojes, joyas de luto, y juguetes de niños. Una vez los cordones de una bota; otra un solo pendiente, manchado con sangre. “Toma esto,” dijo la Sra. Dark de nuevo, un atisbo de impaciencia en su voz. “Y Cambia.”
Tessa tomó el lazo. Estaba en su mano, tan ligero como el ala de una mariposa y las Hermanas Oscuras la miraban impasible. Recordó los libros que había leído, novelas en donde sus personajes estaban siendo juzgados, de pie temblado en el banquillo de OldBailey9 y rezando por un veredicto no culpable. A menudo sentía que ella misma estaba siendo juzgada en esta habitación, sin saber por qué crimen estaba siendo acusada. Giró el lazo en su mano, recordando la primera vez que las Hermanas Oscuras le tendieron un objeto, un guante de mujer, con botones de perlas en la muñeca. Le habían gritado que Cambiara, la habían abofeteado y sacudido mientras ella les decía una y otra vez con creciente histeria que no tenía idea de qué estaban hablando, no tenía idea de qué le estaban pidiendo que hiciera. No había llorado, incluso cuando lo quería. Tessa odiaba llorar, especialmente en frente de personas en que no confiaba. Y de las únicas dos personas en que ella confiaba, una estaba muerta y la otra aprisionada. Ellas le habían dicho eso, las Hermanas Oscuras, le habían dicho que tenían a Nate, y si ella no hacía lo que le decían, él moriría. Le habían mostrado su anillo, el que había sido de su padre, manchado con sangre ahora, para probárselo. No la habían dejado sostenerlo o tocarlo, se lo habían arrebatado cuando ella se había estirado por él, pero ella lo había reconocido. Era de Nate. Después de eso, había hecho todo lo que le habían pedido. Había bebido las pociones que le habían dado, hecho las horas de agonizantes ejercicios, obligándose a sí misma a pensar en la forma en que ellas querían que lo hiciera. Le habían dicho que se imaginara a sí misma como arcilla, siendo modelada y moldeada en el torno del alfarero, su forma amorfa y cambiable. La habían dicho que se extendiera a los objetos que le habían dado, que los imaginara como cosas vivientes, y que sacara el espíritu que los animaba. Eso había tomado semanas, y la primera vez que había Cambiado, había sido tan cegadoramente doloroso que había vomitado y desmayado. Cuando despertó, yacía en uno de los sofás con moho de la habitación de las Hermanas Oscuras, con una esponjosa toalla húmeda a través de su rostro. La Sra. Black se había inclinado sobre ella, su aliento tan amargo como el vinagre, sus ojos brillantes. “Hoy lo hiciste muy bien, Theresa,” había dicho. “Muy bien.” Esa noche, cuando Tessa se había ido a su habitación, había habido regalos para ella, dos nuevos libros sobre su mesita de noche. De alguna forma las Hermanas Oscuras se habían dado cuenta de que la lectura y las novelas eran la pasión de Tessa. Eran copias de Grandes Expectaciones, y de todas las cosas, Mujercitas. Tessa había abrazado los libros y, sola y sin vigilancia en su cuarto, se había permitido llorar. Se había vuelto más fácil desde entonces, el Cambiar. Tessa seguía sin entender qué pasaba dentro de ella para hacer eso posible, pero había memorizado la serie de pasos que las Hermanas Oscuras le habían enseñado, de la forma en que una persona ciega memoriza el número de pasos que debe dar para caminar de su cama a la puerta de su habitación. No sabía qué había a su alrededor en el extraño lugar oscuro al que ellas le habían pedido que viajara, pero conocía la vía a él.
Se inspiró en sus recuerdos ahora, apretando su agarre en el andrajoso trozo de tela rosa que sostenía. Abrió su mente y dejó pasar la oscuridad, dejó que la conexión que la unía a la cinta de cabello y el espíritu dentro de ésta, el eco fantasmal de la persona que la había poseído una vez, se deserendara como un dorado hilo conductor a través de las sombras. La habitación en la que estaba, el calor sofocante, la respiración ruidosa de las Hermanas Oscuras, todo se desmoronó mientras ella seguía el hilo, la luz se volvía más intensa a su alrededor y ella se envolvía a sí misma como si se envolviera en una manta.
Su piel comenzó a hormiguar y arder con miles de pequeños golpes. Esta era la peor parte, una vez esa parte la había convencido de que estaba muriendo. Ahora estaba acostumbrada a ella, y la llevaba con valor hasta que se estremecía completamente, del cuero cabelludo a los pies. El ángel mecánico alrededor de su garganta parecía hacer tic-tac más rápido, como si estuviera a ritmo con la velocidad de su corazón. La presión creció dentro de su piel, Tessa jadeó, y sus ojos, que habían estado cerrados, se abrieron con la sensación de crescendo10 en aumento, y luego desaparecieron. Había terminado. Tessa parpadeó vertiginosamente. El primer momento después de un Cambio era como si al parpadear sacara agua de sus ojos después de haberse sumergido en un baño. Se miró. Su nuevo cuerpo era ligero, casi frágil, y la tela de su vestido colgaba suelta, amontonada en el suelo a sus pies. Sus manos se juntaban en el frente, eran pálidas y delgadas, con yemas agrietadas y uñas mordidas. Poco familiares, manos ajenas. “¿Cuál es tu nombre?” Demandó la Sra. Black. Se había puesto de pie y miraba a Tessa hacia abajo con sus pálidos ojos en llamas. Casi parecía hambrienta. Tessa no tuvo que contestar. La chica cuya piel estaba usando contestó por ella, hablando a través de de la forma en que los espíritus hablababan a través de médiums, pero Tessa odiaba pensar de esa manera; el Cambio era mucho más íntimo, mucho más espantoso que eso.
“Emma,” dijo la voz que venía de Tessa. “Señorita Emma Bayliss, señora.” “¿Y quién eres, Emma Bayliss?”
La voz replicó, las palabras brotando a borbotones de la boca de Tessa, trayendo fuertes imágenes con ellas. Nacida en Cheapside11, Emma había sido una de seis hijos. Su padre estaba muerto, su madre vendía agua de menta en un carrito en el East End12. Emma había aprendido a coser para llevar dinero a casa cuando todavía era una niña pequeña. Las noches las pasaba sentada en una pequeña mesa en la cocina, haciendo costuras a la luz de una vela de sebo. Aveces, cuando la vela se quemaba completa y no había dinero para otra, debía salir a las calles y sentarse bajo una de las lámparas de gas municipales, usando esa luz para zurcir… “¿Eso lo que estabas haciendo en la calle la noche que moriste, Emma Bayliss?” preguntó la Sra. Dark. Finalmente estaba sonriendo, pasando su lengua por su labio inferior, como si pudiera sentir cual sería la respuesta. Tessa vio calles ocuras y estrechas, envueltas en una espesa niebla, una aguja de plata trabajando bajo una débil luz de gas amarilla. Un paso, apagado en la niebla. Manos que se extendieron de las sombras y la asieron por los hombros, manos que la arrastraron, gritando, en la oscuridad. La aguja y la costura cayeron de sus manos, el lazo fue arrancado de su cabello mientras ella luchaba. Una voz ronca gritó algo, enojada. Y entonces la hoja de plata del cuchillo destelló mientras bajaba a través de la oscuridad, rebanando su piel, extrayendo su sangre. Dolor que era como fuego, y terror como nada más que ella hubiera conocido. Pateó al hombre que la sostenía, logrando golpear la daga de su mano; cogió la hoja y corrió, tropezando mientras se debilitaba, su sangre drenándose rápido, tan rápido. Se contrajo en un callejón, oyendo el silbante grito de algo a sus espaldas. Sabía que la estaba siguiendo, y esperaba morir antes de que la alcanzara… El Cambio se destrozó como cristal. Con un grito, Tessa cayó de rodillas, el lazo un poco destrozado, cayó de su mano. Era su mano de nuevo. Emma se había ido, como una piel desechada. Tessa una vez más estaba sola en el interior de su mente. La voz de la Sra. Black vino de muy lejos. “¿Theresa? ¿Dónde está Emma?” “Está muerta,” susurró Tessa. “Murió en un callejón, se desangró hasta morir.” “Bien.” La Sra. Dark exhaló un sonido de satisfacción. “Bien hecho, Theresa. Eso estuvo muy bien.” Tessa no dijo nada. El frente de su vestido estaba manchado con sangre, pero no tenía dolor. Sabía que no era su sangre; no era la primera vez que esto había pasado. Cerró los ojos, girando en la oscuridad, dispuesta a no desmayarse. “Debimos haber hecho que hiciera esto antes,” dijo la Sra. Black. “El asunto de la chica Bayliss había estado molestándome.” La respuesta de Sra. Dark fue cortante. “No estaba segura de que ella estuviera a la altura. Recuerdas lo que paso con la mujer Adams.” Tessa supo inmediatamente de qué estaban hablando. Semanas atrás, tuvo que Cambiar a un mujer que había muerto de una herida de bala al corazón; la sangre se había derramado por su vestido y ella había Cambiado de vuelta inmediatamente, gritando histérica aterrorizada, hasta que las Hermanas le habían hecho ver que ella estaba ilesa.
“Ha avanzado maravillosamente desde entonces, ¿no te parece, Hermana?” dijo la Sra. Black. “Teniendo en cuenta lo que tuvimos que trabajar al principio, ni siquiera sabía lo que ella era.” “En realidad, era absolutamente una arcilla sin forma,” estuvo de acuerdo la Sra. Dark. “Realmente hemos obrado un milagro aquí. No puedo ver como el Maestro podría dejar de estar satisfecho.” La Sra. Balck dio un grito ahogado. “Eso quiere decir… ¿Crees que es hora?” “Oh, absolutamente, mi querida hermana. Está tan lista como podrá estarlo. Es tiempo de que nuestra Theresa conozca a su maestro.” Había una nota de regodeo en la voz de la Sra. Dark, un sonido tan desagradable que cortaba a través del ciego mareo de Tessa. ¿De qué estaban hablando? ¿Quién era el Maestro? Miró a través de las pestañas como la Sra. Dark sacudía el tirador de seda que convocaba a Miranda para que llevara a Tessa de vuelta a su habitación. Parecía que la lección había terminado por hoy. “Tal vez mañana,” dijo la Sra. Black, “o incluso esta noche. Si le contamos al Maestro que está lista, no puedo imaginar que no se deprisa y esté aquí sin demora.” La Sra. Dark, saliendo detrás del escritorio, se rió entre dientes. “Entiendo que estés ansiosa por ser recompensada por todo nuestro trabajo, querida hermana. Pero Theresa no puede estar simplemente lista. Debe estar… presentable también si es posible. ¿No estás de acuerdo?” La Sra. Black, siguiendo a su hermana, murmuró una respuesta que se vio interrumpida cuando la puera se abrió y Miranda entró. Llevaba el mismo aspecto aburrido de siempre.La visión de Tessa agachada y ensangrentada en el suelo no causó sorpresa en ella. Por otra parte, Tessa pensó, probablemente había visto cosas peores en esta habitación. “Lleva a la chica de vuelta a su habitación, Miranda.” El entusiasmo había desaparecido de la voz de la Sra. Black, y era toda brusquedad de nuevo. “Consigue las cosas, tú sabes, las que te mostramos, tenla vestida y preparada.” “¿Las cosas… que me mostraron?” Miranda sonaba en blanco. La Sra. Dark y la Sra. Black intercambiaron una mirada de disgusto, y se acercaron a Miranda, bloqueándole a Tessa la visión de la chica. Tessa oyó que le susurraban, y captó unas pocas palabras “vestidos” y “sala de vestuario” y “haz lo que puedas para hacerla verse bonita,” y finalmente, Tessa escuchó el más bien cruel, “No estoy segura de que Miranda sea lo suficientemente inteligente para obedecer vagas instrucciones de ese tipo, hermana.”
Hacerla verse bonita. ¿Pero por qué les importaba si ella se veía bonita o no, cuando podían obligarla a verse de cualquier forma que quisieran? ¿Por qué importaba cuál era su verdadera apariencia? ¿Y por qué le importaría al Maestro? Aunque era muy claro por el comportamiento de las Hermanas, que creían que sí le importaría. La Sra. Black salió de la habitación, su hermana siguiéndola, como siempre hacía. En la puerta la Sra. Dark se detuvo, y se volvió a mirar a Tessa. “Recuerda, Theresa,” dijo, “que este día, esta misma noche, es para lo que toda nuestra preparación ha sido.” Tomó sus faldas con ambas manos huesudas. “No nos falles.” Dejó la puerta cerrada tras ella. Tessa se estremeció al oir el ruido, pero Miranda, como simpre, parecía absolutamente inafectada. En todo el tiempo que había pasado en la Casa Oscura, Tessa nunca había sido capaz de asustar a la otra chica, o sacarle una sorpresiva expresión desprotegida. “Vamos,” dijo Miranda. “Tenemos que ir arriba.” Tessa se puso de pie lentamente. Su mente daba vueltas. Su vida en la Casa Oscura había sido horrible, pero estaba, se daba cuenta ahora, casi acostumbrada. Sabía que esperar cada día. Sabía que las Hermanas Oscuras la estaban preparando para algo, pero no sabía qué algo era eso. Había creído, ingenuamente tal vez, que no la matarían. ¿Por qué gastar toda esta formación en ella si sólo iba a morir? Pero algo en el tono de regodeo de la Sra. Dark la hizo vacilar. Algo había cambiado. Habían conseguido lo que querían de ella. Serían “recompensadas”. ¿Pero quién iba a hacer el pago? “Vamos,” dijo Miranda otra vez. “Debemos alistarte para el Maestro.” “Miranda,” dijoTessa. Habló suavemenye, de la forma en que le hablaría a un gato nervioso. Miranda nunca antes había contestado una pregunta de Tessa, pero eso no quería decir que no valiera la pena probar. “¿Quién es el Maestro?” Hubo un largo silencio. Miranda miraba fijamente hacia el frente, su pastoso rostro impacible. Entonces, para sorpresa de Tessa, habló. “El Maestro es un gran hombre,” dijo. “Será un honor para usted cuando se case con él.” “¿Casarme?” Tessa se hizo eco. El golpe fue tan intenso que de pronto podía ver la habitación completa más claramente. Miranda, la alfombra en el suelo salpicada de sangre, el pesado globo terráqueo de bronce en el escritorio, todavía inclinado en la posición en que la Sra. Black lo había dejado. “¿Yo? ¿Pero… quién es él?” “Él es un gran hombre,” dijo de nuevo Miranda. “Será un honor.” Se movió hacia Tessa. “Debe venir conmigo ahora.” “No.” Tessa se apartó de la otra chica, retrocediendo hasta que la parte baja de su espalda golpeó dolorosomanete contra el escritorio. Miró alrededor desesperadamente. Podía correr, pero nunca podría pasar a Miranda hacia la puerta; no había ventanas, no había puetas a otras habitaciones. Si se escondía tras el escritorio, Miranda simplemente la sacaría arrastrando y la acarrearía a su habitación. “Miranda, por favor.”
“Debe venir conmigo ahora,” Miranda repitió; casi alcanzaba a Tessa. Tessa podía verse a sí misma reflejada en las negras pupilas de los ojos de la otra chica, podía oler el tenue, amargo, casi carbonizado olor que se pegaba a la ropa y piel de Miranda. “Debe…” Con una fuerza que no sabía que poseía, Tessa cogió la base del globo de bronce sobre el escritotrio, lo levantó, y lo blandió con todas sus fuerzas en la cabeza de Miranda. Se unieron con un sonido repugnante. Miranda se tambaleó hacia atrás… y luego se enderezó. Tessa gritó y dejó caer el globo, mirando fijamente; todo el lado izquierdo del rostro de Miranda estaba aplastado, como una máscara de papel que había sido aplastada de un lado. Su mejilla estaba aplanada, su labio hecho puré contra sus dientes. Pero no había sangre, sangre en absoluto. “Debe venir conmigo ahora,” dijo Miranda, en el mismo tono plano que siempre usaba. Tessa jadeó. “Debe venir… d-debe… de-de-de-deeee….” La voz de Miranda se estremeció y rompió, degenerando en una corriente de confusión. Se movió hacia Tessa, luego se hizo a un lado bruscamente, retorciéndose y tropezando. Tessa se apartó del escritorio y empezó a retroceder cuando la chica herida comenzó a girar, más rápido y más rápido. Miranda se movió por la habitación como un borracho tambaleante, todavía chillando, y se estrelló contra la pared de fondo, lo que pareció aturdirla. Se dejó caer al suelo y se quedó inmóvil. Tessa corrió a la puerta, salió al corredor más allá, vacilando sólo una vez, justo fuera de la habitación, para mirar atrás. Pareció en ese breve momento como si un hilo de humo negro se elevara del cuerpo boca abajo de Miranda, pero no había tiempo para mirar. Tessa se precipitó por el pasillo, dejando que la puerta colgara abierta tras ella. Echó a correr por las escaleras y se precipitó por ellas, casi tropezándose con sus faldas y golpeándose dolorosamente la rodilla en uno de los escalones. Gritó y se revolvió hacia adelante, hacia el primer rellano, donde se precipitó por el pasillo. Éste se extendía por delante de ella, largo y curvado, desapareciendo en las sombras. A medida que corría por él, vio que estaba bordeado con puertas. Se detuvo e intentó con una, pero estaba cerrada, y también la siguiente, y la siguiente después de esa. Otra serie de escaleras bajaban al final del pasillo. Tessa corrió por ellas y se encontró en una entrada. Parecía como si una vez hubiera sigo grandiosa, el piso de mármol estaba roto y manchado, y los ventanales estaban protegidos con cortinas. Un poco de luz se derramaba a través del encaje, iluminando una puerta enorme. El corazón de Tessa dio un brinco. Se zambulló por el pomo, cogiéndolo, y arrojó la puerta abierta.
Más allá había una estrecha calle adoquinada, con hileras de casas revestidas adosadas a cada lado. El olor de la ciudad le llegó a Tessa como un golpe, había pasado tanto tiempo desde que había respirado el aire de afuera. Estaba a punto de oscurecer, el cielo de la luminosidad azul del crepúsculo, oscurecido por las manchas de niebla. En la distancia podía oír voces, los gritos de los niños jugando, el golpeteo de los cascos de los caballos. Pero aquí la calle estaba casi desierta, salvo por un hombre apoyado en una lámpara de gas cercana, leyendo un periódico a esa luz. Tessa bajó corriendo los escalones y avanzó hacia el extraño, tomándolo por la manga. “Por favor, señor… si pudiera ayudarme…” Él se giró, y la miró. Tessa ahogó un grito. Su rostro era tan blanco y ceroso como lo había sido la primera vez que lo había visto, en el muelle de Southampton; sus ojos saltones aun le recordaban a los de Miranda, y sus dientes brillaron como metal cuando sonrió. Era el cochero de las Hermanas Oscuras. Tessa se volvió para correr, pero era demasiado tarde.
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