No debemos ver a los duendes, No debemos comprar sus frutos: ¿Quién sabe en qué suelo sembraron Sus sedientas hambrientas raíces? —Christina Rossetti,
-“El Mercado de los Duendes” “Ya sabes,” dijo Jem, “esto no es en absoluto como yo pensaba que luciría un burdel.” Los dos chicos estaban de pie en la entrada de lo que Tessa llamaba la Casa Oscura, sobre la calle Whitechapel High. Lucía más sucia y más oscura de lo que Will recordaba, como si alguien le hubiera pasado una capa extra de suciedad. “¿Que imaginabas exactamente James? ¿Señoritas de la noche bailando en los balcones? ¿Estatuas desnudas adornando el recibidor?” “Supongo…” dijo Jem despacio, “que estaba esperando algo que se viera menos gris.” Will también había esperado algo diferente la primera vez que estuvo aquí. La abrumadora sensación que uno tenía dentro de la Casa Oscura era que era un lugar en el que realmente nadie pensaría como un hogar. Las dañadas ventanas se veían grasosas y las cortinas sin lavar y descuidadas. Will se enrolló las mangas. “Probablemente tengamos que derribar la puerta…” “O…” dijo Jem, tomando el pomo y girándolo, “no.” La puerta se abrió hacia un rectángulo de pura oscuridad.
“A ver, eso simplemente es ser perezoso,” dijo Will tomando una daga cazadora de su cinturón, dio un paso cuidadoso al interior y Jem lo siguió, manteniendo un fuerte asimiento en su bastón con cabeza de jade. Solían tomar turnos de quien iría primero en situaciones peligrosas, aunque Jem prefería ir en la retaguardia la mayoría de las veces, Will siempre olvidaba voltear hacia atrás. La puerta se cerró tras ellos aprisionándolos en la penumbra medio iluminada. La entrada lucía casi igual desde la primera vez que Will estuvo allí; la misma escalera de madera conduciéndolos hacia arriba, el mismo elegante piso de mármol, el mismo aire lleno de polvo. Jem subió su mano y su luz mágica se encendió, asustando a unos escarabajos negros. Se deslizaron por el suelo, causando que Will hiciera una mueca. “Bonito lugar para vivir, ¿verdad? Esperemos encontrar algo en esta pocilga. Algunas direcciones, algunos miembros, una prostituta o dos…” “En efecto. Tal vez, si somos afortunados, aun podremos contagiarnos de sífilis.” “O viruela demoniaca.” Sugirió Will alegremente, intentando la puerta bajo de las escaleras. Se abrió en un segundo, sin llave, como en la entrada. “Siempre hay viruela de demonio.” “La viruela demoniaca no existe.” “Oh, ustedes de poca fe,” dijo Will, desapareciendo en la oscuridad debajo de las escaleras. Juntos buscaron en el sótano, y los pisos de abajo cuidadosamente, encontrando sólo basura y polvo. Todo había sido removido del cuarto donde Tessa y Will habían luchado contra las Hermanas Oscuras; después de una larga búsqueda Will, descubrió algo en la pared que parecía una mancha de sangre, pero no estaba la fuente de ella, y Jem señaló que también podía ser sólo una mancha de pintura. Abandonando el sótano, se encaminaron a las escaleras, y encontraron un corredor largo bordeado con puertas que era familiar para Will. Había corriendo por él, con Tessa tras él. Entró al primer cuarto a la derecha, el cual había sido el cuarto en que la había encontrado. No había signo de aquella chica de ojos salvajes quien lo había golpeado con un jarrón floreado. El cuarto estaba vacío, todos los muebles habían sido llevados a la Ciudad Silenciosa para ser revisados. Cuatro manchas en el piso indicaban donde había estado la cama. Todos los cuartos estaban casi iguales. Will estaba intentando abrir una ventana cuando oyó a Jem gritarle que debía venir rápidamente; estaba en el último cuarto a la izquierda. Will se dio prisa y encontró a Jem parado en el centro de una gran habitación cuadrada, su luz mágica brillando en su mano. No estaba solo. Aquí quedaba una pieza de mobiliario; una mecedora y sentada en ella una mujer, era joven, probablemente no más grande que Jessamine, y usaba un vestido de un estampado barato, su cabello estaba recogido a la altura de la nuca en un moño desordenado. Éste era de un aburrido castaño parduzco, y sus manos estaban desnudas y rojas. Sus ojos ampliamente abiertos miraban fijamente.
“Gah,” dijo Will, demasiado en shock para decir algo más. “Ella…” “Está muerta,” dijo Jem. “¿Estás seguro?” Will no podía quitar los ojos del rostro de la mujer. Estaba pálida, pero no con una palidez de cadáver, y sus manos estaban dobladas en su regazo, los dedos suavemente curvados, no rígidos con el rigor de la muerte. Se acercó a ella y puso su mano en su brazo. Estaba rígida y helada bajo sus dedos. “Bueno, no está respondiendo a mis insinuaciones,” observó más alegre de lo que se sentía, “así que debe estar muerta.” “O es una mujer de buen gusto y sensata.” Jem se arrodilló y miró hacia el rostro de la mujer. Sus ojos eran de un azul pálido y protuberantes, estaba viendo más allá de él, con una mirada tan muerta, como si sus ojos estuvieran pintados. “Señorita,” dijo, alcanzando su muñeca con la intención de tomarle el pulso. Ella se movió, sacudiéndose bajo su mano, dejando escapar un gemido inhumano. Jem se levantó rápidamente. “Que rayos…” La mujer levantó la mano. Sus ojos aun estaban en blanco, desenfocados, pero sus labios se movieron con un chillido. “¡Cuidado!” gritó. Su voz hizo eco en la habitación y Will, con un grito, dio un salto atrás. La voz de la mujer sonaba como un engranaje rechinando contra otro. “Cuidado Nephillim. Así como ustedes asesinan a otros, serán asesinados. Su ángel no podrá protegerlos contra algo que ni Dios ni el diablo han creado, un ejército que no fue creado ni en el cielo, ni en el infierno. Tengan cuidado de la mano del hombre. Cuidado.” Su voz empezó a repicar más alto, a rechinar como un chillido y se echó atrás y adelante como una marioneta a la que le han jalado de sus hilos invisibles. “CUIDADO CUIDADOCUIDADOCUIDADO…” “Dios santo,” murmuró Jem. “¡CUIDADO!” chilló la mujer por última vez, cayó hacia adelante, tumbándose en el suelo, abruptamente silenciada. Will miraba fijamente, con la boca abierta. “¿Está…?” empezó. “Si,” dijo Jem. “Creo que está absolutamente muerta esta vez.” Pero Will estaba negando con la cabeza. “Muerta, ya sabes, no pienso eso.” “¿Entonces que piensas?” En vez de contestar Will fue y se arrodilló junto al cuerpo, puso dos dedos al lado de la mejilla de la mujer, y giró suavemente su cabeza hasta que les dio la cara. Su boca estaba abierta, su ojo derecho miraba al techo. El izquierdo colgaba medio camino hacia su mejilla, fijada a su cuenca por un cable de cobre. “No está viva,” dijo Will, “pero tampoco muerta. Puede ser… como uno de los aparatos de Henry. Creo.” Le tocó el rostro. “¿Quién pudo haber hecho algo así?” “No puedo ni siquiera adivinar. Pero nos llamó Nefilim. Así que sabía lo que somos.” “O alguien sabía,” dijo Will. “No creo que ella sepa nada, pienso que es una máquina, como un reloj. Y se ha agotado.” Se puso de pie. “A pesar de todo creo que debemos regresar al instituto. Henry querrá echarle un vistazo.” Jem no replicó, estaba viendo a la mujer en el suelo. Su pie estaba desnudo y sucio bajo el dobladillo de su vestido. Su boca estaba abierta y pudo ver el destello de metal dentro de su garganta, su ojo pendía inquietantemente de su trozo de alambre de cobre mientras en alguna parte fuera de las ventanas, el reloj de una iglesia daba las campanadas del mediodía.
Una vez dentro del parque, Tessa se encontró con que empezaba a relajarse. No había estado en un lugar tan verde y callado desde que llegó a Londres, y se encontró casi presionada a estar maravillada por el pasto y los árboles, aunque seguía pensando que no había mejor parque que el Parque Central en Nueva York. El aire aquí no era tan brumoso como era en el resto de la ciudad y el cielo sobre sus cabezas había logrado un color que casi era azul.
Thomas esperaba con el carruaje a que las chicas terminaran de hacer su paseo. Mientras Tessa caminaba junto a Jessamine, la otra chica mantenía un constante torrente de charla. Estaban haciendo su camino por una amplia avenida que, Jessamine le informó, era inexplicablemente llamada Rotten Row32. A pesar del nombre poco favorable, este era aparentemente el lugar para ver y ser vista. Por el centro de ésta, desfilaban hombres y mujeres a caballo, exquisitamente vestidos, las mujeres tenían sus velos flotando, sus risas haciendo eco en el aire de verano. A lo largo de los costados de la avenida caminaban otros peatones. Sillas y bancas estaban ubicadas bajo los árboles y las mujeres se sentaban girando coloridas sombrillas y sorbiendo té de menta; a su lado había caballeros fumando, llenando el aire de aroma de tabaco mezclado con olor a pasto y caballos. A pesar de que nadie se había parado a hablar con ellas, Jessamine sabía quiénes eran, quien buscaba un esposo, quienes tenían aventuras con tal y tal esposa y que todos sabían acerca de ello. Era un poco vertiginoso, y Tessa se alegró cuando pasaron a un estrecho camino que conducía al parque. Jessamine deslizó su brazo a través del de Tessa y le dio un suave apretón. “No sabe qué alivio es tener a otra chica alrededor,” dijo alegremente. “Digo, Charlotte está bien, pero es aburrida y está casada.” “Está Sophie.” Jessamine protestó. “Sophie es una sirvienta.” “He conocido chicas que son muy cómplices con sus doncellas,” protestó Tessa. Esto no era precisamente cierto. Había leído acerca de esas chicas pero nunca había conocido a ninguna. De todas formas, de acuerdo con las novelas, la obligación principal de una doncella era escucharte mientras derramabas fuera de tu corazón las tragedias de tu vida amorosa, y ocasionalmente vestirse con tus ropas y pretender ser tu, así puedes evitar ser capturada por un villano. No que Tessa pudiera imaginarse a Sophie haciendo eso a favor de Jessamine. “Ha visto como luce su cara. Ser horrible la hace ser amargada. Una doncella debe de ser bonita y hablar francés y Sophie no maneja ninguna de las dos. Le dije eso a Charlotte el día que la llevó a la casa, pero no me escuchó. Nunca me escucha.” “No puedo imaginar por qué,” dijo Tessa, habían pasado a un estrecho camino que serpenteaba entre los árboles. El centelleo del río era visible a través de ellos, y las ramas por encima de ellas se anudaban formando un dosel, bloqueando el brillo del sol. “¡Lo sé! ¡Ni yo tampoco!” Jessamine levantó su rostro, dejando que el sol que aparecía a través del dosel bailara a través de su piel. “Charlotte nunca escucha a nadie. Siempre está enfadando al pobre de Henry. No sé por qué se casó con ella.” “¿Asumo que fue porque la amaba?”
Jessamine resopló. “Nadie piensa eso. Henry quería acceso al Instituto así podía trabajar en sus pequeños experimentos en el sótano y no tener que pelear. Y no creo que estuviera dispuesto a casarse con Charlotte; no creo hubiera nadie más con quien quisiera casarse, pero si hubiera habido alguien más dirigiendo el Instituto, se hubiera casado con ella en vez de Charlotte.” Sorbió por la nariz. “Y luego están los chicos, Will y Jem. Jem es suficientemente agradable pero ya sabes cómo son los extranjeros. No muy confiables y básicamente egoístas y perezosos. Siempre está en su cuarto, pretendiendo estar enfermo, negándose a hacer nada para ayudar.” Jessamine continuó alegremente, aparentemente olvidando el hecho de que Jem y Will estaban fuera buscando en la Casa Oscura ahora mismo, mientras ella paseaba por el parque con Tessa. “Y Will. Lo suficientemente atractivo, pero se comporta como un lunático la mitad del tiempo, como si hubiera sido criado por salvajes. No tiene ningún respeto por nada ni nadie, ninguna idea de cómo comportarse como un caballero. Supongo que es porque es Galés.” Tessa estaba desconcertada. “¿Galés?” ¿Es una cosa mala ser uno? Estaba a punto de añadir, pero Jessamine pensando que Tessa estaba dudando de los orígenes de Will, siguió con entusiasmo. “Oh, si. Con ese cabello oscuro, se puede decir. Su madre era galesa. Su padre se enamoró de ella y eso fue todo. Dejó a los Nefilim. Tal vez ella le lanzó un hechizo.” Jessamine rió. “Ellos tienen toda clase de magia extraña y cosas en Gales, ya sabe.” Tessa no sabía “¿Sabe que les pasó a los padres de Will? ¿Están muertos?” “Supongo que deben estar muertos, ¿no?, o sino hubieran vuelto a buscarlo.” Jessamine arrugó la frente. “Ugh. De todas formas. No quiero hablar más del Instituto.” Se volteó para mirar a Tessa “Debe estar preguntándose por qué he sido amable con usted.” “Er…” Tessa se lo había preguntado bastante. En las novelas las chicas como ella, chicas que una vez tuvieron dinero, pero que lo habían perdido en tiempos difíciles, a menudo eran tomadas amablemente por un protector adinerado y las proveían de ropa nueva y educación (No, pensó Tessa, que hubiera algo malo con su educación. Tía Harriet era tan culta como cualquier institutriz). Claro que Jessamine no se parecía en lo más mínimo a aquellas virtuosas señoras mayores de aquellas historias, cuyos actos de generosidad eran desinteresados. “Jessamine, ¿alguna vez has leído El Farolero?” “Por supuesto que no. Las chicas no deberían leer novelas,” dijo Jessamine, en el tono en que alguien recita algo que ha oído en algún otro lugar. “A pesar de todo señorita Gray, tengo una proposición que hacerle.” “Tessa,” la corrigió automáticamente. “Claro, ya somos las mejores de las amigas” dijo Jessamine, “y pronto seremos más que eso.” Tessa miró a la otra chica con desconcierto. “¿A qué se refiere?” “Como estoy segura que el despreciable Will te ha dicho, mis padres, mis queridos papá y mamá han muerto. Pero me han dejado una considerable cantidad de dinero, pero no puedo acceder a él hasta que cumpla dieciocho años que será en unos meses. Ves el problema, por supuesto.” Tessa, quien no veía el problema, dijo “¿Lo veo?” “No soy una Cazadora de Sombras, Tessa. Desprecio todo lo que tenga que ver con los Nefilim. Nunca he querido ser una, y mi deseo más anhelado es salir del Instituto y no volver a dirigirle la palabra a nadie de allí nunca más.” “Pero pensaba que sus padres era Cazadores de Sombras…” “Uno no tiene que ser Cazador de Sombras si no lo desea,” replicó Jessamine. “Mis padres no querían. Dejaron la Clave cuando eran jóvenes. Mi madre siempre fue perfectamente clara. Nunca quiso a los Cazadores cerca de mí. Decía que nunca desearía esa vida a ninguna chica. Quería otras cosas para mí. Que pudiera hacer mi debut, conocer a la Reina, encontrar un buen esposo, y tener hermosos bebes. Una vida ordinaria.” Dijo las palabras con un hambre salvaje. “Hay otras chicas en esta ciudad ahora mismo Tessa, otras de mi edad, que no son tan bonitas como yo, que están bailando, coqueteando, riendo y consiguiendo esposos. Reciben lecciones en francés. Yo recibo despreciables clases en lenguas demoníacas. No es justo.” “Aún puede casarse” Tessa estaba confundida “Cualquier hombre querría…”. “Podría casarme con un Cazador de Sombras,” Jessamine escupió las palabras. “Y vivir como Charlotte, tener que vestirme y pelear como un hombre. Es asqueroso. Las mujeres no fueron creadas para comportarse de esa manera. Fuimos creadas para ser graciosas, estar en nuestras casas. Decorarlas de manera que a nuestro esposo le guste. Para que se sientan tranquilos y cómodos con nuestra gentil y angelical presencia.” Jessamine no sonaba para nada angelical ni gentil, pero Tessa decidió no mencionar nada de eso. “No veo como yo…” Jessamine agarró el brazo de Tessa ferozmente. “¿No puedes? Yo puedo dejar el Instituto, Tessa, pero no puedo vivir sola. No sería respetable. Tal vez si fuera viuda, pero soy solamente una chica. Esto solamente no se hace. Pero si tuviera compañía, una hermana…” “¿Deseas que pretenda ser tu hermana?” chilló Tessa. “¿Por qué no?” dijo Jessamine, como si fuera la petición más razonable del mundo. “O podrías ser mi prima de América. Si, eso podría funcionar. Ya ves,” añadió mas prácticamente, “no es como si tuvieras a donde ir ¿verdad?, estoy segura de que conseguiríamos esposos en prácticamente nada de tiempo.” Tessa, a quien la cabeza le empezaba a doler, deseaba que Jessamine cesara de hablar de “conseguir” esposos como si fuera tan fácil como coger un resfriado o un gato perdido. “Podría presentarte a la mejor gente,” continuaba Jessamine, “habría bailes y cenas…” se quedó callada viendo a su alrededor. “Pero, ¿dónde estamos?” Tessa echó un vistazo a su alrededor, el camino se había cerrado. Ahora era un camino oscuro que llevaba por medio de árboles retorcidos. Tessa ya no podía ver el cielo ni oír el sonido de las voces. Detrás de ella, Jessamine se había detenido. Su rostro estaba cubierto de miedo. “Estuvimos deambulando por el camino,” susurró ella. “Bueno podemos encontrar el camino de regreso, ¿no?” Tessa giró a todos lados, buscando una abertura en los árboles, algo de luz “Creo que veníamos por allí…” Jessamine agarró de repente el brazo de Tessa, sus dedos como garras. Algo…no, alguien, se había aparecido delante de ellas en el camino. La figura era pequeña, tan pequeña que por un momento Tessa pensó que era un niño. Pero a medida que la forma se acercaba a la luz, vio que era un hombre; un hombre encorvado, de aspecto arrugado, vestido como un vendedor ambulante, en ropa andrajosa, con un sombrero hacia atrás de su cabeza. Su cara era arrugada y blanca, como una manzana vieja y sus ojos eran negros en medio de muchas capas de piel arrugada. Sonrió, enseñando sus dientes que eran afilados como navajas. “Chicas lindas.” Tessa vio de reojo a Jessamine, la otra chica estaba rígida y mirando fijamente, su boca una línea blanca. “Nos tenemos que ir,” susurró Tessa y jaló a Jessamine del brazo. Despacio, como si estuviera en un sueño Jessamine permitió a Tessa girarla para llevarla por donde habían venido… Y el hombrecillo estaba enfrente de ellas otra vez, bloqueándoles el paso hacia el parque. Lejos en la distancia, Tessa creyó ver el parque, una especie de claridad, lleno de luz. Se veía imposiblemente lejos. “Se desviaron del camino,” dijo el extraño. Su voz era cantarina, rítmica. “Chicas lindas, se desviaron del camino y ya saben que les pasa a las chicas como ustedes.” Dio un paso hacia adelante. Jessamine aun rígida, agarraba su sombrilla como si fuera una línea vital. “Duende,” dijo “trasgo, o lo que seas, no tenemos ninguna pelea con nadie del Pueblo de las Hadas. Pero si nos tocas…” “Se desviaron del camino,” cantó el hombrecillo, acerándose, y Tessa vio que sus brillantes zapatos no eran zapatos después de todo, sino que relucientes pezuñas. “Estúpidos Nefilims, por venir a este lugar sin marcar. Esta tierra es más antigua que cualquier acuerdo. Aquí hay tierra forastera. Si su sangre de ángel cae sobre ésta, viñas doradas crecerán de ese punto, con diamantes en sus puntas. Y yo lo reclamo. Reclamo su sangre.” Tessa tironeó del brazo de Jessamine “Jessamine, deberíamos…” “Tessa, silencio.” Zafando su brazo, Jessamine apunto al duendecillo con la sombrilla. “No quieres hacer esto. Tú no quieres…” La criatura saltó. Mientras se precipitaba hacia ellas, su boca pareció ampliarse, su piel dividiéndose, y Tessa vio el rostro debajo, colmilludo y perverso. Ella gritó y dio un tropiezo hacia atrás, su pie se había atorado en la raíz de un árbol, cayó al suelo mientras que Jessamine levantaba la sombrilla, y con un ligero movimiento de la muñeca de Jessamine la sombrilla se abrió como una flor. El duende gritó. Gritó y rodó en el suelo aun gritando. Sangre salía de una herida en su mejilla, manchando su chaqueta andrajosa. “Te dije,” dijo Jessamine. Estaba respirando trabajosamente y su pecho subía y bajaba como si hubiera estado corriendo por el parque. “Te dije que nos dejaras en paz, tú, criatura inmunda…” Lo golpeó de nuevo, y ahora Tessa podía ver los bordes de la sombrilla de Jessamine que resplandecían en un oro blanco, y eran tan filosos como navajas. Sangre salía disparada de los bordes del instrumento en flor. El duende aulló de dolor levantando sus brazos para protegerse. Se veía como un hombre indefenso ahora, y aunque Tessa sabía muy bien que era una ilusión, no pudo evitar sentir pena por él. “Piedad, señorita, Piedad”.
“¿Piedad?” escupió Jessamine. “¡Tú querías cultivar flores con mi sangre! ¡Tú, sucio duende! ¡Criatura inmunda!” Lo cortó otra vez con la sombrilla, y otra vez, y el duende gritaba y se removía. Tessa se sentó, quitándose la tierra del cabello y poniéndose en pie. Jessamine seguía gritando, la sombrilla volando, la criatura en el suelo contrayéndose con cada golpe. “Te odio,” chilló Jessamine, su voz estaba temblando. “Te odio a ti y a todos los… Submundos asquerosos, asquerosos…” “¡Jessamine!” Tessa corrió hacia la otra chica y puso sus brazos a su alrededor, sujetando los brazos de ella a su cuerpo. Por un momento Jessamine peleó, y Tessa se dio cuenta de que no había manera de que ella la pudiera sujetar. Era fuerte, los músculos bajo la suave y femenina piel estaban tensos. Y luego Jessamine se volvió floja en sus brazos, recargándose en el pecho de Tessa, su respiración volviéndose normal al momento que la sombrilla se caía de sus manos. “No,” gimió. “No. No quería. No quería decirlo. No…” Tessa echó una ojeada hacia abajo. El cuerpo del duende estaba encorvado y sin movimiento a sus pies. Sangre se extendía por todo el suelo, desde donde él yacía, corriendo por la tierra como venas oscuras. Sosteniendo a Jessamine mientras sollozaba, Tessa no pudo dejar de preguntarse qué crecería allí ahora. Fue, sin sorpresa, Charlotte la primera que se recobró del asombro. “Sr. Mortmain, No creo estar segura de lo que posiblemente quiera decir…” “Claro que lo sabe.” Él estaba sonriendo, de oreja a oreja, con una sonrisa juguetona. “Cazadores de Sombras, los Nefilim, así es como se llaman ustedes, ¿verdad?, los híbridos de hombres y ángeles. Extraño, ya que en la biblia son considerados monstruos horribles, ¿no?” “Usted sabe, eso no es enteramente verdad…” Henry dijo, incapaz de contener el sarcasmo en él. “Hay un problema con la traducción del arameo original…” “Henry,” dijo Charlotte advirtiéndolo. “¿De verdad encierran a las almas de los demonios que matan en una esfera gigante de cristal?” continuó Mortmain, con ojos muy abiertos. “¡Que increíble!” “Se refiere al Pyxis?” Henry se veía confundido. “No es cristal, es mas como una caja de madera, y no son almas lo que se atrapa, los demonios no tienen alma, ellos tienen energía.” “Silencio, Henry,” replicó Charlotte.
“Sra. Branwell,” dijo Mortmain. Sonaba terriblemente alegre. “Por favor no se preocupe. Ya sé todo lo de su clase, ya ve. Usted es Charlotte Branwell, ¿No es así? Y este es su esposo Henry Branwell. Usted dirige el Instituto de Londres donde alguna vez estuvo la Iglesia de Todos los Santos. ¿Honestamente pensó que yo no sabría quienes serían? ¿Especialmente una vez que intentó encantar a mi sirviente? Él no puede mantener un glamour, ¿sabe? Le da urticaria.” Charlotte movió las cejas. “¿Y cómo obtuvo toda esta información?” Mortmain se enderezó rápidamente, mirándose las manos. “Soy un estudiante de lo oculto. Desde mi tiempo en la India cuando era un hombre joven, cuando por primera vez supe de ellas, he estado fascinado con el área de las sombras. Para un hombre en mi posición con los fondos suficientes y tiempo suficiente, muchas puertas se abren. Hay libros que se pueden comprar, información que se puede pagar. Su conocimiento no es tan secreto como ustedes pueden pensar.” “Tal vez,” dijo Henry, luciendo profundamente infeliz. “Pero es peligroso, ya sabe. Matar demonios, no es como dispararle a tigres. Ellos lo pueden cazar, así como usted a ellos.” Mortmain chasqueó. “Mi muchacho, no tengo interés de cazar demonios desarmado. Claro que esta información es peligrosa en manos de caprichosos y fanáticos, pero la mía es una mente sensata y cuidadosa. Sólo busco una expansión de mi conocimiento del mundo, nada más”. Miró el cuarto. “Debo decir, que nunca tuve el honor de hablar con un Nefilim antes. Claro que su mención en la literatura es frecuente, pero leer algo y experimentarlo son dos cosas co mpletamente diferentes. Estoy seguro de que están de acuerdo. Hay tanto que podrían enseñarme…” “Eso,” dijo Charlotte en un tono helado, “tendríamos suficiente de eso.” Mortmain la miró, confundido“¿Discúlpeme?” “Ya que sabe tanto de los Nefilim, Sr. Mortmain, puedo preguntar, ¿cuál es nuestro mandato?” Mortmain lucía engreído. “Destruir demonios. Proteger humanos; mundanos, tengo entendido que así nos llaman.” “Si,” dijo Charlotte, “Y gran parte del tiempo que protegemos humanos es de sus propias tonterías. Veo que usted no es la excepción a la regla.”
A esto, Mortmain se vio realmente estupefacto. De reojo miró a Henry. Charlotte conocía esa mirada. Era la mirada que solamente se daban entre hombres, una mirada que decía, ¿No puede controlar a su esposa, señor? Una mirada que sabía era un desperdicio en Henry, que parecía tratar de leer los planos del escritorio de Mortmain, poniendo muy poca atención a la conversación. “Usted cree que el conocimiento que ha adquirido de lo oculto lo hace muy listo,” dijo Charlotte. “Pero he visto mi cuota de muertes de mundanos, Sr. Mortmain. No puedo contar todas la veces que hemos ido a remover los restos de un humano que se decía experto en las prácticas mágicas. Recuerdo, cuando era niña, ser llevada a la casa de un abogado. Era parte de un tonto círculo de hombres quienes se creían magos. Pasaban el tiempo cantando, usando capas y dibujando pentagramas en el suelo. Un noche, él determinó que sus habilidades eran suficientes para dominar un demonio.” “¿Y fue así?” “Sí, lo fue,” dijo Charlotte. “Invocó al demonio Marax. Éste procedió a asesinarlo y a toda su familia.” Su tono era serio. “Encontramos a la mayoría colgando sin cabeza, boca abajo en la cochera. El más joven de sus hijos fue rostizado en un asador en el fuego. Nunca encontramos a Marax.” Mortmain palideció pero mantuvo la compostura. “Siempre están esos que no saben cuáles son los límites de sus habilidades,” dijo “Pero yo…” “Pero usted jamás sería tan tonto”, dijo Charlotte. “Guárdese lo que es, en este momento está siendo igual de tonto. Usted ve a Henry y a mí y no nos tiene miedo. ¡Está usted entretenido! ¡Un cuento de hadas vuelto a la vida!” golpeó la orilla de su escritorio fuertemente, haciéndolo saltar. “La fuerza de la Clave está respaldándonos,” dijo, en un tono frío como si estuviera en una reunión. “Nuestro mandato es proteger a humanos. Tales como Nathaniel Gray. Él ha desaparecido, y algo oculto está claramente detrás de esa desaparición. Y aquí encontramos a su antiguo empleador, que claramente está empapado con asuntos de lo oculto. Cuesta creer que los dos hechos no estén conectados.” “Yo… Él… ¿El Sr. Gray ha desaparecido?” tartamudeó Mortmain. “Ha desaparecido. Su hermana vino a nosotros, buscándolo; ha sido informada por un par de hechiceros de que él estaba en grave peligro. Mientras usted, señor, esta entreteniéndose, él podría estar muriendo. Y la Clave no ve bien a aquellos que interfieren con la Clave y sus órdenes.” Mortmain pasó una mano por su cara, cuando apareció detrás del movimiento se veía gris. “Yo, claro,” dijo, “Les contaré todo lo que quieran saber.”
“Excelente,” el corazón de Charlotte latía rápido, pero su voz no la traicionó con ansiedad. “Solía conocer a su padre. El padre de Nathaniel. Le di empleo hace más de veinte años, cuando Mortmain era principalmente una empresa de barcos. Tenía oficinas en Hong Kong, Shanghai, Tiajin…” se calló cuando Charlotte empezó a golpear impacientemente con sus dedos el escritorio. “Richard Gray trabajó para mí aquí en Londres. Era mi gerente, un hombre amable y listo. Sentí perderlo cuando se mudó con su familia a América. Cuando Nathaniel me escribió y me dijo quien era, le ofrecí un trabajo aquí.” “Sr. Mortmain”, la voz de Charlotte era como acero. “Esto no está relacionado…” “Oh, pero lo está,” el pequeño hombre insistió. “Usted ve, mi conocimiento sobre lo oculto siempre ha sido una ayuda para mí en asuntos de negocios. Hace algunos años, por ejemplo, el destacado banco Lombard Street colapsó, destruyendo docenas de grandes compañías. Mi relación con un hechicero me ayudó a no caer en ese desastre. Fui capaz de sacar mis acciones del banco antes de que fuera disuelto y salvé mi compañía. Pero creé sospechas en Richard. Él debió haber hecho una investigación, porque no tardó en confrontarme con el tema del Club Pandemónium.” “Usted era un miembro entonces,” murmuró Charlotte, “por supuesto.” “Le ofrecí a Richard ser miembro en el club, hasta lo llevé a una reunión o dos, pero él estaba desinteresado. Tiempo después, se mudó a América con su familia.” Mortmain abrió sus manos. “El Club Pandemónium no es para cualquiera. Viajando ampliamente como yo lo he hecho, he escuchado historias de organizaciones similares en otras ciudades, grupos de hombres que saben del mundo de las sombras y quisieran compartir su conocimiento y avances, pero uno paga un precio muy alto por el secreto de ser miembro.” “Uno paga un precio mucho más alto por eso.” “No es una organización maligna,” dijo Mortmain, su voz casi sonaba herida. “Han habido muchos grandes avances, grandes inventos. Vi a un hechicero crear un anillo de plata que podía transportar al portador a otro lugar con sólo girarlo en su dedo. O una puerta que lleva a cualquier lugar en el mundo a donde quisieras ir. He visto hombres regresar del borde de la muerte…”
“Soy consciente de lo que la magia puede hacer, Sr. Mortmain.” Charlotte le echó un vistazo a Henry, que estaba examinando los planos de algún artefacto metálico, montado en la pared. “Hay una cuestión que me preocupa. Los hechiceros que parecen haber secuestrado al Sr. Gray están, de una forma u otra, relacionados con el Club. Siempre he escuchado que el club era exclusivo de mundanos. ¿Por qué debería haber Submundos allí?” La frente de Mortmain se arrugó. “¿Submundos? ¿Se refiere a los seres sobrenaturales como hechiceros y licántropos y los demás? Hay niveles y niveles de membresía, Sra. Branwell. Un mundano como yo puede ser miembro del club. Pero los presidentes, aquellos que lo manejan, son Submundos. Hechiceros, hombres lobo y vampiros. Sin embargo, el reino de las hadas nos rechaza. Demasiados capitanes de la industria, ferrocarriles, fábricas y cosas por el estilo, para ellos. Ellos odian esas cosas.” Sacudió su cabeza. “Adorables criaturas, las hadas, pero temo que el progreso será su muerte.” Charlotte estaba desinteresada acerca de lo que pensaba Mortmain de las hadas; su mente estaba divagando. “Déjeme adivinar. Usted introdujo a Nathaniel Gray al club, exactamente como a su padre.” Mortmain, que parecía haber ganado algo de su confianza pasada, se marchitó de nuevo. “Nathaniel había trabajado sólo unos cuantos días en mi oficina de Londres cuando me confrontó. Deduje que se había enterado de las experiencias de su padre en el club y le dio un fiero deseo de saber más. No pude negarme. Lo llevé a una reunión y pensé que eso sería el fin de todo. Pero no lo fue.” Sacudió la cabeza. “Nathaniel entró al club como un pato al agua. Unas pocas semanas después de su primera reunión, se fue de la casa de alojamiento. Me mandó una carta, renunciando y diciendo que iba a trabajar para otro miembro del Club Pandemónium, alguien que aparentemente estaba dispuesto a pagarle lo suficiente para sustentar sus hábitos de apostar.” Suspiró. “Es innecesario decir que no dejó una dirección de reenvío.” “¿Y eso fue todo?” la voz de Charlotte sonaba desconfiada. “¿No trató de buscarlo?, ¿Averiguar a dónde había ido? ¿Saber quién era su nuevo empleador?” “Un hombre puede tomar un empleo donde le plazca.” Dijo Mortmain, protestando. “No había razón para sospechar” “¿Y no lo ha visto desde entonces?” “No. Le dije…” Charlotte lo interrumpió. “Usted dijo que él entro al Club Pandemónium como un pato al agua, sin embargo, ¿No lo ha visto en ninguna reunión desde que renunció?” Una mirada de pánico atravesó la mirada de Mortmain. “Yo… no he estado en ninguna reunión desde entonces. El trabajo me ha mantenido extremadamente ocupado.”
Charlotte examinó cautelosamente a Axel Mortmain a través de su enorme escritorio. Era buena juzgando el carácter de la gente, siempre lo había pensado. No era como si nunca se hubiera cruzado con un hombre como Mortmain antes. Hombres fanfarrones, simpáticos, y seguros, hombres que creían que su éxito en los negocios o alguna otra ocupación mundana quería decir que tendrían el mismo éxito al ejercer las artes mágicas. Pensó en el abogado de nuevo, y las paredes de su casa bañadas de rojo escarlata por la sangre de su familia. Pensó en el terror que debió haber vivido en sus últimos momentos de vida. Podía ver un miedo similar asomándose a los ojos de Axel Mortmain. “Sr. Mortmain,” dijo, “No soy tonta, sé muy bien que me está escondiendo algo.” Tomó de su relicario uno de los engranajes que Will había recogido de la casa de las Hermanas Oscuras, y lo puso sobre el escritorio. “Eso se parece a algo de lo que su fábrica produce.” Con una mirada distraída Mortmain echó un vistazo a la pieza de metal sobre su escritorio “Si… si, esa es una de mis piezas producidas aquí. ¿Qué con eso? ” “Dos hechiceras que se hacen llamar las Hermanas Oscuras, dos miembros del club Pandemónium, han estado matando humanos. Chicas jóvenes. Algo poco más que unas niñas. Y encontramos esto en el sótano de su casa.” “¡No tengo nada que ver con ningún asesinato!” exclamó Mortmain. “Yo nunca… pensé…” comenzó a sudar. “¿Qué pensó?” la voz de Charlotte fue suave. Mortmain levantó la pieza de metal con dedos temblorosos. “Usted no se imagina…” habló arrastrando las palabras. “Hace unos meses antes, uno de los miembros importantes, un Submundo, muy viejo y poderoso, se acercó a mí y me preguntó si le podía vender algún equipamiento mecánico barato. Dientes y engranajes y cosas parecidas. No pregunté para que los quería, ¿por qué lo haría? No parecía nada sospechoso el encargo.” “De alguna casualidad,” dijo Charlotte, “¿Era el mismo hombre que empleó a Nathaniel después de renunciar?” Mortmain dejó caer la pieza. Mientras rodaba por la mesa, bajó la mano de golpe, deteniendo la pieza. Aunque no decía nada, Charlotte pudo ver por el miedo en sus ojos, que estaba en lo correcto. Un hormigueo de triunfo corrió por sus nervios. “Su nombre,” dijo. “Dígame su nombre.” Mortmain veía fijamente el escritorio. “Mi vida sería el precio por decirle.”
“¿Y qué pasa con la vida de Nathaniel Gray?” dijo Charlotte. Sin verla a los ojos Mortmain meneó la cabeza. “No tiene idea de que tan poderoso es este hombre. Cuan peligroso.” Charlotte se enderezó. “Henry,” dijo. “Henry, tráeme el Convocador.” Henry se volteó de la pared y parpadeó hacia ella con confusión. “Pero, querida…” “¡Tráeme el artefacto!” Charlotte chasqueó. Detestaba regañar a Henry; era como patear a un perrito. Pero a veces lo tenía que hacer. La mirada de confusión no abandonó la cara de Henry cuando fue a reunirse con su esposa ante el escritorio de Mortmain, y sacó del bolsillo un aparato. Era de metal negro, alargado, con una serie de botones peculiares a través de la superficie de éste. Charlotte lo tomó y se lo mostró a Mortmain. “Esto es un Convocador,” le dijo. “Esto me permitirá llamar a la Clave. Dentro de tres minutos ellos estarán rodeando su casa. Los Nefilim lo arrastrarán de este cuarto, gritando y pataleando. Lo torturarán hasta que se decida a hablar. ¿Usted sabe qué le pasa a un hombre cuando se le pone sangre de demonio en los ojos?” Mortmain le dio una mirada fantasmal, pero no dijo nada. “Por favor no me ponga a prueba, Sr. Mortmain.” El artefacto en la mano de Charlotte se veía inocente, su voz también. “Odiaría verlo morir.” “¡Por el amor de Dios, hombre, dígale!” estalló Henry. “En serio, no hay necesidad de que esto pase, Sr. Mortmain, solo lo está haciendo más difícil para usted.” Mortmain se cubrió la cara con las manos. Él siempre quiso conocer reales Cazadores de Sombras, pensó Charlotte, viéndolo. Y ahora lo había hecho. “De Quincey,” dijo. “No sé su primer nombre. Sólo de Quincey.” Por el Ángel. Charlotte exhaló suavemente, bajando el artefacto a su lado. “¿De Quincey? No puede ser…” “¿Usted sabe quién es?” la voz de Mortmain estaba apagada. “Bueno, supongo que lo hace. “Él es la cabeza de un clan de vampiros muy poderoso en Londres,” le dijo Charlotte casi renuente, “Un muy poderoso submundo, y un aliado de la Clave.” “Él es la cabeza del club,” dijo Mortmain. Se veía agotado, algo gris. “Todos los demás responden a él.” “La cabeza del club, ¿Tiene título?” Mortmain se veía algo sorprendido por la pregunta. “El Maestro.” Con una mano que sólo se sacudía ligeramente, Charlotte deslizó el artefacto que estaba sosteniendo dentro de su manga. “Gracias, Señor Mortmain, ha sido de gran ayuda.” Mortmain la miró con una especie de agotado resentimiento. “De Quincey averiguará que les conté. Y me matará.” “La Clave verá que eso no suceda. Y dejaremos su nombre fuera de esto. Él nunca sabrá que hemos hablado.” “¿Usted haría eso?” dijo Mortmain, suavemente. “¿Por lo que era una tontería mundana?” “Tengo esperanzas en usted, Sr. Mortmain. Parece haberse dado cuenta de su propia estupidez. La Clave estará vigilándolo, no sólo por su propia protección, sino que también para asegurar que usted se mantenga alejado del Club Pandemónium y organizaciones de ese tipo. Por su propia seguridad, espero que haya tomado esta reunión como advertencia.” Mortmain asintió. Charlotte se encaminó a la puerta, Henry siguiéndola, ella ya había abierto la puerta y estaba parada en el umbral cuando Mortmain habló otra vez. “Eran sólo engranajes,” dijo suavemente, “sólo piezas inofensivas.” Fue Henry, para la sorpresa de Charlotte quien contestó, sin voltear. “Los objetos inanimados son inofensivos en verdad, Sr. Mortmain. Pero uno no siempre puede decir lo mismo de los hombres que los manipulan.” Mortmain se quedó en silencio, mientras los dos Cazadores de Sombras salían de la habitación. Momentos después estaban en la plaza, respirando aire fresco… tan fresco como el aire de Londres podría estar. Podría estar lleno de polvo y humo, pero al menos no estaba lleno de desesperación y miedo como lo estaba la oficina de Mortmain.
Sacando el artefacto de su manga, Charlotte se lo ofreció a su esposo. “Supongo que debo preguntar,” dijo cuando él lo tomaba con expresión seria, “¿Qué es este objeto, Henry?” “Algo en lo que he estado trabajando.” Henry lo miró minuciosamente. “Un aparato que puede sentir la energía demoníaca. Lo iba a llamar Sensor. No lo tengo funcionando todavía. ¡Pero lo haré!” “Estoy segura de que será esplendido.” Henry trasladó su afectuosa expresión del artefacto a su esposa. Un raro evento. “Pura genialidad, Charlotte. Pretender que podrías convocar la Clave al lugar, ¡Sólo para asustar al pobre hombre! ¿Pero cómo sabías que tendría un aparato el cual utilizar para tus propios fines?” “Bueno, lo tenías querido,” dijo Charlotte “¿No es así?” Henry la miró tímido. “Eres tan terrorífica como maravillosa, querida.” “Gracias Henry.” El viaje de vuelta al Instituto fue uno silencioso; Jessamine estaba viendo por la ventana del coche el enmarañado tráfico de Londres, negándose a decir una sola palabra. Sujetaba su sombrilla en su regazo, viéndose indiferente al hecho de que la sangre en los bordes manchaba su chaqueta de tafetán. Cuando llegaron al camino hacia la iglesia, dejó que Thomas la ayudara a bajar del carruaje antes de agarrar la mano de Tessa. Sorprendida por el contacto, Tessa sólo pudo quedársele viendo fijamente. Los dedos de Jessamine estaban helados. “Ven conmigo.” dijo Jessamine impacientemente, y tiró de su compañera hacia las puertas del Instituto, dejando a Thomas mirando detrás de ellas. Tessa dejó a la otra chica arrastrarla por las escaleras, dentro del propio instituto, y por un largo corredor, que era casi idéntico al que dirigía al cuarto de Tessa. Jessamine localizó una puerta, empujó a Tessa a través de ella, y la siguió, cerrando la puerta tras ellas. “Quiero enseñarte algo,” dijo. Tessa miró a su alrededor. Era otra de las grandes habitaciones de las cuales el Instituto parecía tener un número infinito. La habitación de Jessamine estaba decorada a su gusto. Por sobre los revestimientos de madera, las paredes tenían un tapiz rosa de seda y el cobertor de su cama estaba estampado con flores. Había un tocador blanco, también, su superficie cubierta con un conjunto de tocador de aspecto caro, un soporte de anillos, una botella de agua de flores y un cepillo de plata para el cabello y un espejo.
“Tu cuarto es precioso,” dijo Tessa, más porque esperaba calmar la evidente histeria de Jessamine, que porque quisiera decirlo. “Es demasiado pequeño,” dijo ella. “Pero ven aquí.” Y aventando la sombrilla ensangrentada a la cama, caminó a través de la habitación, hacia un rincón junto a la ventana. Tessa la siguió con cierta perplejidad. No había nada en el rincón salvo una mesa alta, y sobre la mesa había una casa de muñecas. No del tipo de casita de juegos de Dolly de dos cuartos de cartón que Tessa tenía cuando era niña. Ésta era una bellísima reproducción en miniatura de una verdadera casa en Londres, y cuando Jessamine la tocó, Tessa vio que en el frente se abría con pequeñas bisagras. Tessa contuvo el aliento. Había pequeños cuartos, perfectamente decorados con muebles en miniatura, todo hecho a escala, desde las pequeñas sillas de madera con cojines de punto, hasta una estufa de metal en la cocina. También había pequeñas muñecas, con cabezas de porcelana y pequeñas pinturas al óleo en las paredes. “Esta era mi casa.” Jessamine se arrodilló, poniéndose a la altura de los cuartos de la casa de muñecas, y gesticulando para que Tessa hiciera lo mismo. Tessa lo hizo torpemente, tratando de no arrodillarse en la falda de Jessamine. “¿Te refieres a que ésta era tu casa de muñecas cuando eras niña?” “No.” Jessamine sonaba irritada. “Esta era mi casa. Mi padre me mandó a hacer esta casita, cuando tenía seis años de edad. Está hecha exactamente como mi casa, en la que viví, por la calle Curzon. Éste era el mismo tapiz que teníamos en el comedor,” señaló, “y esas las mismas sillas en el estudio de mi padre. ¿Lo ves?” Miró a Tessa intensamente, tan intensamente que hizo que Tessa estuviera segura de que debía de ver algo allí, algo más allá del carísimo juguete de Jessamine que debió de haber dejado hace mucho tiempo. Simplemente no sabía que era. “Es preciosa,” dijo finalmente. “Ves, aquí en el recibidor está Mamá,” dijo Jessamine, tocando una de las pequeñas muñecas con su dedo. La muñeca se tambaleó en su mecedora. “Y aquí en el estudio, leyendo un libro, esta papá. Su mano fue hacia la otra figura de porcelana. “Y arriba en la guardería esta la bebé Jessie.” Dentro de la cuna había en efecto otra pequeña muñeca, sólo su cabeza era visible por sobre sus pequeños cobertores. “Después ellos cenarán, aquí en el comedor. Y luego papá y mamá se sentarán en la sala junto al fuego. Algunas noches ellos van al teatro, o a cenar, o a un baile.”
Su voz sonaba como si estuviera recitando una letanía. “Y luego mamá besará a papá de buenas noches, se irán a su cuarto y dormirán toda la noche. No habrá llamadas de la Clave a media noche que los lleve a pelear contra demonios en la oscuridad. No habrá nadie perdiendo sangre en casa. Nadie va a perder un brazo o un ojo por un hombre lobo, o tener que ahogarse en agua bendita porque un vampiro los mordió.” Santo dios, pensó Tessa. Como si Jessamine pudiera leer la mente de Tessa, su rostro se retorció. “Cuando nuestra casa se quemó, no tuve otro lugar a donde ir. No era como si hubiera parientes que me pudieran acoger; todos los parientes de papá y mamá eran Cazadores de Sombras y no habían hablado con ellos desde que se separaron de la Clave. Henry fue el que me hizo esa sombrilla. ¿Sabías eso? Yo pensaba que era bastante bonito, hasta que me dijo que estaba fabricado con electrum, filoso como una navaja de afeitar. Siempre estuvo destinado a ser un arma.” “Tú nos salvaste,” dijo Tessa. “Hoy, en el parque. Yo no pude pelear en lo absoluto. Y si tu no hubieras hecho lo que hiciste…” “No debí haberlo hecho.” Jessamine miraba fijamente la casa de muñecas con ojos vacíos. “No tendré esta vida, Tessa. No la tendré. No me importa que tenga que hacer. No viviré así. Preferiría morir.” Alarmada, Tessa estaba a punto de decirle que no hablara así, cuando la puerta se abrió tras ellas. Era Sophie, con su delantal blanco y vestido negro. Sus ojos, cuando se posaron en Jessamine, eran cautelosos. Dijo, “Srta. Tessa, El Sr. Branwell quisiera verla en su estudio. Dice que es importante.” Tessa se volvió a Jessamine para preguntarle si estaría bien, pero el rostro de Jessamine se había cerrado como una puerta. La vulnerabilidad y el enojo se habían ido; la fría máscara había vuelto. “Ve entonces, si Henry te quiere,” dijo. “Ya estoy cansada de ti, y creo que me dará una jaqueca. Sophie cuando regreses, voy a necesitar que masajees mis sienes con agua de colonia.” Los ojos de Sophie se encontraron con los de Tessa a través de la habitación, con algo como diversión. “Como desee, Srta. Jessamine.”
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