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viernes, 28 de febrero de 2014

14. EL PUNTE BLACKFRIARS

Veinte puentes desde la Torre a Kew Querían saber lo que el Río sabía, Porque eran jóvenes y el Támesis era viejo, Y éste es el cuento que el río contó. —Rudyard Kipling,

"El cuento del Río" Dando pasos a través la puerta de hierro del Instituto, Tessa se sentía un poco como la Bella Durmiente dejando su castillo detrás de su muro de espinas. El Instituto estaba en el centro de una plaza, y las calles dejaban la plaza en cada dirección cardinal, sumergiéndose en estrechos laberintos entre casas. Aún con su mano cortésmente en su codo, Jem condujo a Tessa por un estrecho pasaje. El cielo sobre sus cabezas era como el acero. El suelo estaba todavía húmedo por la temprana lluvia en el día, y los lados de los edificios que parecían presionar a ambos lados estaban manchados de humedad y residuos de polvo negro. Jem habló cuando se fueron, sin decir mucho de importancia, sino que manteniendo una charla tranquilizadora, diciéndole lo que había pensado de Londres cuando por primera vez había llegado aquí, cómo todo le había parecido de un tono gris uniforme… ¡hasta la gente! Había sido incapaz de creer que podría llover tanto en un lugar, y tan incesantemente. La humedad había parecido subir desde el suelo y dentro sus huesos, de modo que había creído que eventualmente le brotaría moho, al igual que un árbol. "Te acostumbras a ello," dijo al salir desde el estrecho pasaje y a la amplitud de la calle Fleet. "Incluso si a veces te sientes como si debieras ser capaz de ser estrujado como un trapo."
Recordando el caos de la calle durante el día, Tessa se alivió al ver cómo estaba mucho más tranquila en la noche, el tropel de las multitudes reducido a una ocasional figura caminando por la acera con la cabeza gacha, manteniéndose en las sombras. Todavía había carruajes e incluso solitarios jinetes en el camino, aunque ninguno parecía darse cuenta de Tessa y Jem. ¿Un glamour funcionando? Tessa se preguntó, pero no cuestionó. Estaba disfrutando el sólo escuchar hablar a Jem. Esta era la parte más antigua de la ciudad, le contó, donde había nacido Londres. Las tiendas que se alineaban en la calle estaban cerradas, sus persianas bajadas, pero la publicidad seguía resonando por todas las superficies, anuncios de todo, desde jabón capilar tónico de peras hasta anuncios instando a la gente a asistir a una conferencia sobre espiritismo. Mientras Tessa caminaba, vislumbraba las puntas del Instituto entre los edificios, y no pudo evitar preguntarse si alguien más podía verlas. Recordaba a la mujer loro con piel verde y plumas. ¿Estaba realmente el Instituto oculto a la vista? La curiosidad consiguió lo mejor de ella, le preguntó a Jem. "Déjame mostrarte algo," dijo. "Detente aquí." Él tomó a Tessa por el codo y la giró para que estuviera de frente a la calle. Señaló. "¿Qué ves ahí?" Ella entrecerró los ojos a través de la calle; estaban cerca de la intersección de la Calle Fleet y Chancery Lane. No parecía haber nada notable en donde se encontraban. "La parte frontal de un banco. ¿Qué más hay para ver?" "Ahora deja vagar tu mente un poco," dijo, aún en la misma voz suave. "Mira hacia algo más, de la forma en que podrías evitar mirar directamente a un gato para no espantarlo. Mira al banco de nuevo, por el rabillo de tu ojo. ¡Ahora míralo, directamente, y muy rápido!" Tessa hizo como se lo indicaba, y se quedó mirando fijamente. El banco se había ido, y en su lugar había una taberna con entramado de madera, y grandes ventanas acristaladas con diamantes. La luz de las ventanas estaba teñida de un resplandor rojizo, y por la abierta puerta principal, más luz roja se derramaba en el pavimento. A través del cristal oscuro sombras se movían, no las familiares sombras de hombres y mujeres, sino que formas demasiado altas y delgadas, extrañamente muy alargadas o con muchas más extremidades que las humanas. Estallidos de risas interrumpían una música alta, dulce, fina, inquietante y seductora. Un cartel que colgaba sobre la puerta mostraba a un que se hombre estiraba para ajustar el morro de un demonio con cuernos. Rotulado debajo de la imagen estaban las palabras La taberna del diablo. Aquí es donde Will estuvo la otra noche. Tessa miró hacia Jem. Estaba mirando la taberna, su mano liviana sobre su brazo, su respiración lenta y suave. Podía ver la luz roja del bar reflejada en sus ojos plateados como la puesta del sol en el agua. "¿Es éste tu lugar favorito?" preguntó ella. La intensidad se apagó de su mirada; él la miró y se rió. "Dios, no," dijo. "Sólo algo que quería que vieras." Alguien salió por la puerta de la taberna entonces, un hombre con un abrigo largo y negro, un elegante sombrero de seda puesto firmemente en su cabeza. Cuando él echó una mirada por la calle, Tessa vio que su piel era de un color tinta azul oscuro, su pelo y barba tan blancos como el hielo. Se desplazó hacia el este, hacia Strand mientras Tessa observaba, preguntándose si conseguiría miradas curiosas, pero su paso no era más notado por los transeúntes de lo que sería el de un fantasma. De hecho, los mundanos que pasaban frente a la Taberna del Diablo apenas parecían fijarse en absoluto, incluso cuando varias figuras delgadas y gorjeantes salieron y por poco atropellan a un hombre de aspecto cansado empujando un carrito vacío. Él hizo una pausa para mirar a su alrededor por un momento, perplejo, a continuación, se encogió de hombros y siguió adelante. "Allí había una taberna muy ordinaria una vez," dijo Jem. "A medida que se volvía más y más infestada con Submundos, los Nefilim comenzaron a preocuparse por la interrelación del Mundo de las Sombras con el mundo mundano. Se prohibió la entrada de mundanos al lugar simplemente usando un glamour para convencerlos de que la taberna había sido derribada y un banco había sido levantado en el lugar. El Diablo es ahora una guarida casi exclusivamente de Submundos." Jem miró a la luna, un ceño fruncido cruzando su cara. "Se está haciendo tarde. Será mejor seguir adelante."
Después de una sola mirada atrás al Diablo, Tessa se movió después de Jem, continuó la charla fácilmente por el camino, señalando cosas de interés; la Iglesia del Temple50, donde los tribunales de la ley estaban ahora, y donde una vez los Caballeros Templarios habían apoyado a peregrinos en su ruta a la Tierra Santa. "Eran amigos de los Nefilim, los caballeros. Mundanos, pero no sin su propio conocimiento del Mundo de las Sombras. Y, por supuesto," agregó, mientras salían de la red de calles y sobre el mismo puente Blackfriars, "muchos piensan que los Hermanos Silenciosos son los originales Frailes Negros51, aunque nadie puede probarlo. Es éste," añadió, señalando ante él. "Mi lugar favorito en Londres."
Mirando a lo largo del puente, Tessa no podía dejar de preguntarse qué le gustaba tanto a Jem sobre el lugar. Este se extendía desde una orilla del Támesis a la otra, un puente bajo de granito con múltiples arcos, parapetos52 pintados de rojo oscuro y dorados con oro y pintura escarlata que brillaba bajo la luna. Hubiera sido bonito si no hubiera sido por el puente ferroviario que corría a lo largo del lado este del mismo, silencioso en las sombras pero todavía una fea corredera de rejas de hierro se extendía hasta la otra orilla del río.
"Sé lo que estás pensando,” dijo Jem de nuevo, como lo había hecho fuera del Instituto. "El puente del ferrocarril, es horrible. Pero significa que la gente rara vez viene a admirar la vista. Yo disfruto de la soledad, y solo el aspecto del río, en silencio bajo la luna." Caminaron hasta el centro del puente, donde Tessa se apoyó en una barandilla de granito y miró hacia abajo. El Támesis era negro a la luz de la luna. La prolongación de Londres se extendía por ambas orillas, la gran cúpula de San Pablo aparecía tras de ellos como un fantasma blanco, y todo estaba envuelto en la suave niebla que dejaba un velo suavemente borroso sobre las duras líneas de la ciudad. Tessa echó un vistazo hacia el río. El olor de sal y suciedad y podredumbre salía del agua, mezclada con la niebla. Sin embargo, había algo portentoso sobre el río de Londres, como si se llevara el peso del pasado en sus corrientes. Un poco de antigua poesía le vino a la cabeza. "'Dulce Támesis, discurre suavemente hasta que termine mi canción'" dijo ella, en voz baja. Normalmente nunca habría citado poesía en voz alta delante de nadie, pero había algo acerca de Jem que la hacía sentir que lo que fuera que hiciera, él no la juzgaría. "He oído ese trozo de rima antes," fue todo lo que dijo. "Will me la ha citado. ¿Qué es?" "Spenser. „Prothalamion.‟" Tessa frunció el ceño. "Will parece tener una extraña afinidad por la poesía para alguien tan... tan... " "Will lee constantemente, y tiene una memoria excelente," dijo Jem. "Hay muy poco que no recuerde." Había algo en su voz que prestó importancia a su afirmación, más allá de la mera constatación de un hecho. "¿Te gusta Will, no?" dijo Tessa. "Quiero decir, estás encariñado con él." "Lo quiero como si fuera mi hermano,” dijo Jem con naturalidad. "Puedes decir eso," dijo Tessa. "No obstante, él es horrible con todos los demás, él te ama. Es amable contigo. ¿Qué hiciste para hacer que te tratara de una forma tan diferente de todo el resto?" Jem se inclinó hacia un lado contra el parapeto, su mirada estaba en ella pero aún lejana. Golpeó sus dedos cuidadosamente contra la parte superior de jade de su bastón. Tomando ventaja de su clara distracción, Tessa se permitió mirarlo, maravillándose poco a poco de su extraña belleza a la luz de la luna. Era todo plata y ceniza, no como los colores fuertes de Will, azul y negro y oro. Finalmente dijo: "No sé, realmente. Solía pensar que era porque los dos estábamos sin padres, y por eso sentía que éramos iguales…" "Soy huérfana," señaló Tessa. "También Jessamine. Él no piensa que es como nosotras."

"No. No lo hace." Los ojos de Jem estaban en guardia, como si hubiera algo que no estuviera diciendo. "No le entiendo," dijo Tessa. "Él puede ser agradable un momento y absolutamente horrible al siguiente. No puedo decidir si es agradable o cruel, cariñoso u odioso…" "¿Importa?" dijo Jem. "¿Es obligatorio que tomes tal decisión?" "La otra noche," ella prosiguió, "en tu habitación, cuando Will entró, dijo que había estado bebiendo toda la noche, pero luego, más tarde, cuando tú… después él pareció volverse sobrio instantáneamente. He visto a mi hermano borracho. Sé que eso no desaparece así en un instante, incluso mi Tía arrojando un balde de agua fría al rostro de Nate no podía despertarlo de su estupor, no si estaba realmente intoxicado. Y Will no olía a alcohol, o parecía enfermo a la mañana siguiente. ¿Pero por qué iba a mentir y decir que estaba borracho si no lo estaba?" Jem parecía resignado. "Y ahí tienes el misterio esencial de Will Herondale. Yo me preguntaba lo mismo. Cómo alguien puede beber tanto y sobrevivir, mucho menos luchar tan bien como él lo hace. Así que una noche lo seguí. " “¿Lo seguiste?" Jem sonrió torcidamente. “Sí. Salió, alegando una cita o algo así, y lo seguí. Si hubiera sabido a qué atenerme, me habría puesto zapatos más resistentes. Toda la noche caminó por la ciudad, desde San Pablo hasta Spitalfields Market hasta Whitechapel High Street. Se dirigió hacia el río y deambuló por los muelles. Nunca se detuvo a hablar con una sola alma. Era como seguir a un fantasma. A la mañana siguiente ya estaba listo con algún escabroso cuento de falsas aventuras, y nunca le exigí la verdad. Si quiere mentirme, entonces debe tener una razón." "¿Él te miente, y sin embargo, confías en él?" ”Sí,” dijo Jem. "Confío en él." "Pero…" "Miente constantemente. Siempre inventa historias que lo harán lucir como el peor." “Entonces, ¿te ha dicho lo que pasó con sus padres? ¿Ni la verdad ni la mentira?"
“No completamente. Pedazos y fragmentos," dijo Jem tras una larga pausa. "Sé que su padre dejó los Nefilim. Antes de que Will naciera. Se enamoró de una chica mundana, y cuando el Consejo se negó a hacer de ella una Cazadora de Sombras, dejó la Clave y se mudó con ella a una parte muy remota de Gales, donde pensaron que no podían ser perturbados. La Clave se puso furiosa."

"¿La madre de Will era mundana? ¿Quieres decir que sólo es mitad Cazador de Sombras?" "La sangre Nefilim es dominante," dijo Jem. "Es por eso que hay tres reglas para los que dejan la Clave. Primero, debes cortar el contacto con todos y cada uno de los Cazadores de Sombras que hayas conocido, incluso tu propia familia. Nunca pueden hablar contigo de nuevo, ni tú puedes hablar con ellos. Segundo, no puedes llamar a la Clave por ayuda, sin importar tu peligro. Y tercero..." "¿Cuál es la tercera?" "Incluso en caso de que dejes la Clave," dijo Jem, "todavía pueden reclamar a tus hijos." Un pequeño escalofrío pasó a través de Tessa. Jem seguía mirando el río, como si pudiera ver a Will en su superficie plateada. "Cada seis años," dijo, "hasta que el niño tiene dieciocho años, un representante de la Clave viene a tu familia y le pregunta al niño si desea dejar a su familia y unirse a los Nefilim." "No puedo imaginar que alguien lo hiciera," dijo Tessa, horrorizada. "Quiero decir, nunca serías capaz de hablar con tu familia otra vez, ¿verdad?" Jem sacudió la cabeza. "¿Y Will estuvo de acuerdo con esto? ¿Se incorporó a los Cazadores de Sombras a pesar de todo?” "Se negó. Dos veces, se negó. Entonces, un día, Will tenía doce años más o menos, hubo un llamado a la puerta del Instituto y Charlotte contestó. Ella habría tenido dieciocho entonces, creo. Will estaba de pie en los escalones. Ella me dijo que estaba cubierto por polvo de carretera y suciedad como si hubiera estado durmiendo en los setos. Él dijo, „Soy un Cazador de Sombras. Uno de ustedes. Tienen que dejarme entrar. No tengo otro lugar adonde ir.‟" "¿Él dijo eso? ¿Will? ¿„No tengo otro lugar adonde ir‟?" Él dudó. "Entiendes, todo esto es información que he oído de Charlotte. Will nunca me mencionó una palabra de nada de esto. Pero eso es lo que ella afirma que él dijo." "No entiendo. Sus padres, están muertos, ¿no? O han habrían venido a buscarlo."
"Lo hicieron," dijo Jem en voz baja. "Unas semanas después de que Will llegara, Charlotte me dijo que sus padres lo siguieron. Llegaron a la puerta principal del Instituto y la golpearon, llamándolo. Charlotte entró en la habitación de Will para preguntarle si quería verlos. Él se había arrastrado debajo de la cama y tenía las manos sobre las orejas. No quiso salir, no importaba lo que ella hiciera, él no los vería. Creo que finalmente Charlotte bajó y los echó, o se fueron por su propia voluntad, no estoy seguro…"
"¿Los echó? Pero su hijo estaba dentro del Instituto. Ellos tenían derecho…" "No tenían ningún derecho." Jem habló bastante suave, pensó Tessa, pero había algo en su tono que lo puso tan lejos de ella como la luna. "Will eligió unirse a los Cazadores de Sombras. Una vez que tomó esa decisión, ellos no tenían ningún derecho sobre él. Era derecho y responsabilidad de la Clave decirles que se fueran". "¿Y nunca le has preguntado por qué?" "Si él quisiera que lo supiera, me lo diría," dijo Jem. "Tú me preguntaste por qué creo que él me tolera mejor que los demás. Me imagino que es precisamente porque nunca le he preguntado por qué." Él le sonrió, socarronamente. El aire frío había azotado color a sus mejillas, y sus ojos brillaban. Sus manos estaban cerca una de la otra sobre el parapeto. Por un breve, medio confuso momento, Tessa pensó que podría estar a punto de poner su mano sobre la suya, pero su mirada se deslizó más allá de ella y frunció el ceño. "Algo tarde para un paseo, ¿no?" Siguiendo su mirada, vio las oscuras figuras de un hombre y una mujer viniendo hacia ellos a través del puente. El hombre llevaba un sombrero de fieltro y un abrigo de lana oscura, la mujer tenía su mano en su brazo, con el rostro inclinado hacia el suyo. "Probablemente piensan lo mismo de nosotros," dijo Tessa. Levantó la mirada a los ojos de Jem. "Y tú, ¿llegaste al Instituto, porque no tenias a dónde ir? ¿Por qué no te quedaste en Shanghái?" "Mis padres tenían el Instituto," dijo Jem, “pero fueron asesinados por un demonio. Él, eso, se llamaba Yanluo." Su voz era muy tranquila. "Después de que murieron, todo el mundo pensaba que lo más seguro para mí sería abandonar el país, en caso de que el demonio o sus legiones vinieran después por mí también." "Pero ¿por qué aquí, por qué Inglaterra?” "Mi padre era británico. Yo hablaba inglés. Parecía razonable.” El tono de Jem era tan calmado como siempre, pero Tessa sentía que había algo que no le estaba diciendo. "Pensé que me sentiría más en casa aquí de lo que haría en Idris, donde ninguno de mis padres nunca había ido." Al otro lado del puente la pareja paseando se había detenido en un parapeto; el hombre parecía estar señalando las características del puente del ferrocarril, la mujer asintiendo con la cabeza mientras él hablaba. "¿Y tú… te sentiste más en casa, que allá?"
"No precisamente," dijo Jem. "Casi lo primero que me di cuenta cuando llegué aquí fue que mi padre nunca pensó en sí mismo como británico, no de la forma en que un inglés lo haría. Un inglés real es británico primero, y segundo, caballero. Cualquier otra cosa que pudieran ser, un doctor, un magistrado o un propietario; tercero. Para los Cazadores de Sombras es diferente. Nosotros somos Nefilim, primero y principalmente, sólo después hacemos caso a cualquier país en que podrías haber nacido y criado. Y en cuanto al tercero, no hay tercero. Sólo somos Cazadores de Sombras. Cuando otros Nefilim me miran, sólo ven un Cazador de Sombras. No como los mundanos, que me miran y ven a un chico que no es del todo extranjero, pero tampoco no del todo como ellos." "La mitad de una cosa y mitad de la otra," dijo Tessa. "Como yo. Pero tú sabes que eres humano." La expresión de Jem se suavizó. "Como tú. En todas las formas que importa." Tessa sintió un picor en la parte de atrás de sus ojos. Levantó la vista y vio que la luna había pasado por detrás de una nube, dándole un brillo nacarado. "Supongo que deberíamos volver. Los otros deben estar preocupados." Jem se movió para ofrecerle el brazo…y se detuvo. La pareja paseando que Jem había notado antes estaba de repente frente a ellos, bloqueando su camino. A pesar de que se debían haber movido muy rápidamente para llegar al otro lado del puente tan rápido, estaban extrañamente quietos ahora, sus brazos entrelazados. El rostro de la mujer estaba oculto a la sombra de un simple sombrero, el del hombre escondido bajo el ala de su sombrero de fieltro. La mano de Jem apretó el brazo de Tessa, pero su voz fue neutral cuando habló. "Buenas noches. ¿Hay algo en que podamos ayudarles?" Ninguno de los dos habló, pero dieron un paso más, la falda de la mujer susurrando en el viento. Tessa miró a su alrededor, pero no había nadie más en el puente, nadie visible en cualquiera de los dos terraplenes. Londres parecía completamente desierto bajo la luna borrosa. “Perdónenme,” dijo Jem. "Les agradecería si nos dejaran pasar a mí y a mi compañera." Dio un paso adelante, y Tessa lo siguió. Estaban lo suficientemente cerca ahora a la silenciosa pareja, que cuando la luna salió de detrás de la nube, inundando el puente con luz plateada e iluminando el rostro del hombre en el sombrero de fieltro, Tessa lo reconoció al instante. El pelo enmarañado, la ancha nariz una vez rota y la barbilla marcada, y lo más protuberante de todo, los ojos saltones, los mismos ojos de la mujer que estaba junto a él, su mirada en blanco, fija en Tessa de una manera que le recordó terriblemente a Miranda. Pero estás muerto. Will te mató. Vi tu cuerpo. Tessa susurró, "Es él, el cochero. Pertenece a las Hermanas Oscuras". El cochero se echó a reír. "Pertenezco," dijo, "al Maestro. Mientras las Hermanas Oscuras le servían, yo les servía a ellas. Ahora le sirvo sólo a él."

La voz del cochero sonaba diferente de cómo Tessa recordaba; menos espesa, más articulada, con una suavidad casi siniestra. Al lado de Tessa Jem se había quedado quieto. "¿Quiénes son?" exigió. "¿Por qué nos siguen?” "El Maestro nos ha mandado seguirlos," dijo el cochero. "Tú eres Nefilim. Eres responsable de la destrucción de su casa, la destrucción de su pueblo, los Hijos de la Noche. Estamos aquí para entregar una declaración de guerra. Y estamos aquí por la chica.” volvió sus ojos a Tessa. "Ella es propiedad del Maestro, y él la tendrá." "El Maestro," dijo Jem, sus ojos muy plateados a la luz de la luna. "¿Quieres decir De Quincey?” "El nombre que le dan no importa. Él es el Maestro. Nos ha dicho que entreguemos un mensaje. Ese mensaje es guerra." La mano de Jem se tensó sobre la cabeza de su bastón. "Sirves a de Quincey, pero no eres vampiro. ¿Qué eres?" La mujer de pie junto al cochero hizo un ruido susurrado, como el silbido de un tren. "Cuidado Nephillim. Así como ustedes asesinan a otros, serán asesinados. Su ángel no podrá protegerlos contra algo que ni Dios ni el diablo han creado." Tessa empezó a girar hacia Jem, pero él ya estaba en marcha. Su mano balanceándose arriba, la cabeza del bastón de jade en ella. Hubo un destello. Una malvadamente afilada y brillante hoja disparada del final del bastón. Con una vuelta rápida de su cuerpo, Jem hundió la hoja hacia adelante y acuchilló el pecho del cochero. El hombre se tambaleó hacia atrás, un alto sonido rechinante de sorpresa salió de su garganta. Tessa contuvo el aliento. Una larga cortadura a través de la camisa del cochero la abría, y debajo de ella no se veía ni carne ni sangre, sino metal brillante, mellado por la hoja de Jem. Jem sacó la hoja hacia atrás, dejando escapar un suspiro, satisfacción mezclada con alivio. "Lo sabía…" El cochero gruñó. Su mano se precipitó a su chaqueta y sacó un largo cuchillo dentado, del tipo que los carniceros utilizan para cortar a través del hueso, mientras que la mujer, saltando a la acción, se acercó a Tessa, sus manos sin guantes extendidas. Sus movimientos eran espasmódicos, desiguales, pero muy, muy rápidos, mucho más rápidos de lo que Tessa se hubiera imaginado que se podía mover. La compañera del cochero avanzó hacia Tessa, su rostro sin expresión, su boca entreabierta. Algo metálico brilló en su interior, metal o cobre. No tiene garganta, y me imagino tampoco estómago. Su boca termina en una hoja de metal detrás de los dientes.

Tessa se retiró hasta que su espalda golpeó el parapeto. Buscó a Jem, pero el cochero avanzaba hacia él de nuevo. Jem lo esquivó con la hoja, pero sólo parecía ralentizar al hombre. La capa del cochero y la camisa colgaba fuera de su cuerpo ahora en tiras rotas, mostrando claramente el caparazón de metal por debajo. La mujer agarró a Tessa, quien se lanzó a un lado. La mujer avanzó pesadamente hacia adelante y se estrelló contra el parapeto. Parecía no sentir más dolor de lo que el cochero sentía; se enderezó rígidamente y se movió hacia Tessa de nuevo. El impacto pareció haber dañado su brazo izquierdo, no obstante, porque colgaba torcido a su lado. Se volvió hacia Tessa con su brazo derecho, sus dedos curvándose, y la agarró por la muñeca. Su agarre era lo suficientemente apretado para hacer gritar a Tessa mientras los pequeños huesos de su muñeca quemaban con dolor. Arañó la mano que la sujetaba, sus dedos hundiéndose profundamente en la piel pulida y suave. Pelándola como la piel de una fruta, las uñas de Tessa rasparon contra el metal por debajo con una dureza que envió escalofríos por su espalda. Intentó tirar su mano hacia atrás, pero sólo consiguió tirar de la mujer hacia ella; ésta estaba haciendo un ruido, haciendo sonidos de chasquidos en su garganta que sonaban desagradablemente insectívoros, y de cerca sus ojos eran negros y sin pupilas. Tessa tiró su pie hacia atrás para patear… Y allí hubo un repentino estruendo de metal sobre metal; la hoja de Jem destelló bajando con un corte limpio, cortando el brazo de la mujer por la mitad del codo. Tessa, en libertad, volvió a caer, la mano sin cuerpo cayó de su muñeca, golpeando el suelo a sus pies; la mujer estaba sacudiéndose en torno a Jem, zumbando- chasqueando. Él se movió hacia delante, golpeando fuertemente a la mujer con lo plano del bastón, golpeando su espalda dando un paso, y luego otro y otro hasta que ella golpeó la baranda del puente con tanta fuerza que perdió el equilibrio. Sin un grito, cayó hundiéndose en el agua debajo; Tessa corrió hacia la barandilla justo a tiempo para verla deslizarse por debajo de la superficie. No había burbujas levantándose para mostrar donde había desaparecido. Tessa giró de nuevo alrededor. Jem estaba agarrando el bastón, respirando con dificultad. Sangre corría de un corte por el lado de su rostro, pero por lo demás parecía ileso. Sostuvo su arma vagamente con una mano mientras miraba a la oscura forma jorobada en el suelo a sus pies, un forma que se movía y se sacudía, mostrando destellos de metal entre las cintas de sus desgarradas prendas de vestir. Cuando Tessa se acercó vio que se trataba del cuerpo del cochero, retorciéndose y sacudiéndose. Su cabeza había sido cortada limpiamente, y una sustancia aceitosa oscura bombeaba desde el muñón de su cuello, manchando el suelo. Jem extendió el brazo para empujar su pelo humedecido de sudor hacia atrás, embadurnando la sangre a través de su mejilla. Su mano temblaba. Vacilante, Tessa le tocó el brazo. "¿Estás bien?" Su sonrisa era débil. "Debería estar preguntándote eso." se estremeció ligeramente. "Esas cosas mecánicas, esas me enervan. Ellas…” Se interrumpió, mirando más allá de ella. En el extremo sur del puente, moviéndose hacia ellos con bruscos movimientos entrecortados, había por lo menos media docena más de criaturas mecánicas. A pesar de las sacudidas de sus movimientos, se acercaban con rapidez, casi a toda velocidad hacia adelante. Ya estaban a un tercio del camino a través del puente. Con un golpe seco la hoja se desvaneció de nuevo en el bastón de Jem. Cogió la mano de Tessa, su voz jadeante. "Corre." Corrieron, Tessa agarrando su mano, mirando detrás una sola vez, con terror. Las criaturas habían llegado al centro del puente y se movían hacia ellos, ganando velocidad. Eran hombres, vio Tessa, vestidos con el mismo tipo de abrigos de lana oscuro y sombreros de fieltro que el cochero había estado usando. Sus rostros brillaban a la luz de la luna. Jem y Tessa alcanzaron los escalones al final del puente, y Jem mantuvo un férreo agarre sobre la mano de Tessa mientras se precipitaban por las escaleras. Sus botas se resbalaron en la piedra húmeda, y él la atrapó, su bastón traqueteando torpemente contra su espalda, sintió su pecho subir y caer contra el suyo, arduamente, como si él estuviera jadeando. Pero no podía estar sin respiración, ¿cierto? Era un Cazador de Sombras. El Código decía que podían correr por millas. Jem se apartó, y ella vio que su rostro estaba tirante, como si sintiera dolor. Quería preguntarle si había sido herido, pero no había tiempo. Podían oír el traqueteo de los pasos en las escaleras arriba de ellos. Sin decir una palabra Jem se apoderó de su muñeca y tiró de ella otra vez después de él. Pasaron el Terraplén, iluminado por el resplandor de las lámparas de delfines, antes de que Jem girara a un lado y se lanzara entre dos edificios en un estrecho callejón. El callejón se inclinaba hacia arriba, lejos del río. El aire entre los edificios era húmedo y cerrado, los adoquines manchados con suciedad. La ropa lavada se agitaba como fantasmas en las altas ventanas. Los pies de Tessa estaban gritando en sus botas de moda, su corazón golpeando contra su pecho, pero no ralentizándose. Podía oír las criaturas detrás de ellos, escuchar el zumbido-chasquido de sus movimientos, cada vez más cerca.
El callejón se abría a una amplia calle, y allí, alzándose ante ellos, estaba el inminente edificio del Instituto. Se lanzaron a través de la entrada, Jem liberándola mientras se daba la vuelta para golpear y bloquear la verja53 tras ellos. Las criaturas los alcanzaron justo mientras los cerrojos se deslizaban en su lugar; se estrellaron contra la verja como juguetes de cuerda incapaces de detenerse a sí mismos, haciendo sonar el hierro con un tremendo estruendo. Tessa dio marcha atrás, mirando. Las criaturas mecánicas estaban presionadas contra la verja, sus manos extendiéndose a través de los huecos en el hierro. Ella miró a su alrededor salvajemente. Jem estaba a su lado. Estaba tan blanco como el papel, una mano presionada a su lado. Ella se estiró por su mano, pero él dio un paso atrás, fuera de su alcance. "Tessa." Su voz estaba quebrada. "Entra al Instituto. Tienes que estar dentro." "¿Estás herido? Jem, ¿estás herido?" "No." Su voz era apagada. Un traqueteo de la verja hizo a Tessa mirar hacia arriba. Uno de los hombres mecánicos tenía la mano a través de un hueco en la verja y retiraba la cadena de hierro que la mantenía cerrada. Mientras ella miraba con fascinado horror, vio que estaba arrastrando las asas de metal con tal fuerza que la piel se pelaba de sus dedos, mostrando las articuladas manos de metal debajo. Había obviamente una tremenda fuerza en esas manos. El metal se estaba combando y retorciendo en su agarre, era claramente cuestión de minutos antes de que la cadena se dividiera y rompiera. Tessa se apoderó del brazo de Jem. Tenía la piel muy caliente al tacto, podía sentirlo a través de su ropa. "Vamos." Con un gemido la dejó tirar de él hacia la puerta principal de la iglesia, él se tambaleaba, y apoyaba en ella fuertemente, su respiración golpeteando en su pecho. Se tambalearon por las escaleras, Jem deslizándose fuera de su agarre casi en el momento en que llegaron al escalón más alto. Cayó al suelo en sus rodillas, ahogándose con la tos que rasgaba a través de él, su cuerpo estremeciéndose completamente. La verja estalló abierta. Las criaturas mecánicas se derramaron a través de la calzada, dirigidos por el que había roto la cadena, la piel desnuda de sus manos brillando a la luz de la luna. Recordando lo que Will había dicho, que había que tener sangre de Cazador de sombras para abrir la puerta, Tessa llegó a la campanilla que colgaba junto a ella y tiró de ella, fuerte, pero no oyó sonido. Desesperada, se volvió de nuevo hacia Jem, todavía en cuclillas sobre el suelo. "¡Jem! Jem, por favor, tienes que abrir la puerta..." Levantó la cabeza. Sus ojos estaban abiertos, pero no había color en ellos. Estaban completamente blancos, igual que mármol. Podía ver la luna reflejada en ellos. "¡Jem!" Intentó ponerse en pie, pero sus rodillas fallaron; se dejó caer al suelo, sangre corriendo desde las comisuras de su boca. El bastón había rodado de su mano, casi a los pies de Tessa. Las criaturas habían llegado al pie de la escalera, comenzaron a avanzar hacia arriba, tambaleándose un poco, el de las manos despellejadas a la cabeza. Tessa se arrojó contra las puertas del Instituto, golpeando sus puños contra la madera de roble. Podía oír las vacías repercusiones de sus golpes haciendo eco en el otro lado, y se desesperó. El Instituto era tan enorme, y no había tiempo. Por fin se dio por vencida. Dio la espalda a la puerta, estaba horrorizada al ver que el líder de las criaturas había llegado a Jem, se inclinaba sobre él, el despellejado metal de sus manos en su pecho. Con un grito agarro el bastón de Jem y lo blandió. "¡Aléjate de él!" exclamó. La criatura se incorporó, y a la luz de la luna, por primera vez, vio su cara con claridad. Era suave, casi sin rasgos, solo hendiduras donde los ojos y la boca deberían haber estado, y sin nariz. Levantó sus manos despellejadas; estaban teñidas de negro con la sangre de Jem. Jem se quedó muy quieto, con la camisa rota, sangre acumulándose oscuramente en torno a él. Mientras Tessa miraba con horror, el hombre mecánico meneo sus dedos sangrientos hacia ella, en una especie de parodia grotesca de señalar con la mano, entonces se volvió y saltó hacia abajo por las escaleras, casi echando a correr, como una araña. Se lanzó a través de la verja y se perdió de vista. Tessa se acercó a Jem, pero los otros autómatas se movieron rápidamente para bloquear su camino. Todos ellos tenían rostros en blanco como su líder, un conjunto de guerreros sin rostro, como si no hubiera habido bastante tiempo para acabar con ellos. Con un zumbido-chasquido un par de manos de metal se estiraron por ella, y ella abrió el bastón, casi a ciegas. Éste conectó con el lado de la cabeza de un hombre mecánico. Sintió el impacto de la madera contra el metal repiqueteando por su brazo, y él se tambaleó hacia un lado, pero sólo por un momento. Su cabeza se volvió de golpe con una velocidad increíble. Ella arremetió de nuevo, el bastón golpeó en el hombro esta vez, él se tambaleó, pero otras manos destellaron, apoderándose del bastón, tirándolo de sus manos con tal fuerza que quemó la piel de sus manos. Recordó la dolorosa fuerza del agarre de Miranda, cuando el autómata que le había arrebatado el bastón lo dejó caer a través de su rodilla con fuerza impresionante. Se rompió por la mitad con un sonido horrible. Tessa dio la vuelta para correr, pero manos de metal sujetaron de los hombros, tirándola de espaldas. Ella luchó por liberarse…
Y las puertas del Instituto se abrieron. La luz que brotaba de ellas la cegó momentáneamente, y no pudo ver nada más que el contorno de oscuras figuras, rodeadas de luz, derramándose desde el interior de la iglesia. Algo silbó junto a su cabeza, rozando su mejilla. Era el sonido rechinante de metal contra metal, y entonces los brazos de las criaturas mecánica se relajaron y ella cayó hacia adelante en las escaleras, asfixiándose.

Tessa levantó la vista. Charlotte estaba por encima de ella, su rostro pálido y dispuesto, un disco de metal afilado en una mano. Otro disco a juego estaba enterrado en el pecho del hombre mecánico que la había sostenido. Él se retorcía y mecía en un círculo, como un juguete defectuoso. Chispas azules volaban de la herida en su cuello. A su alrededor el resto de las criaturas estaban girando y dando tumbos mientras los Cazadores de Sombras convergían en ellos, Henry tirando su cuchillo serafín en un arco, rebanó el pecho de uno de los autómatas, enviándolo tambaleándose y sacudiéndose a las sombras. A su lado estaba Will, balanceando lo que parecía una especie de guadaña, una y otra vez, cortando otra de las criaturas en pedazos con tal furia que ésta envió una fuente de chispas azules. Charlotte, lanzándose por las escaleras, lanzó el segundo de sus discos que cortó a través de la cabeza de un monstruo de metal con un sonido repugnante. Él cayó al suelo, dejando escapar más chispas y aceite negro. Las restantes dos criaturas, pareciendo pensar mejor la situación, se volvieron y se lanzaron hacia la verja. Henry se lanzó tras ellos con Charlotte sobre los talones, pero Will, dejando caer su arma, se volvió y corrió hacia la escalera. "¿Qué pasó?" gritó a Tessa. Ella se quedó mirando, demasiado aturdida para contestar. Su voz se elevó, teñida con furioso pánico. "¿Estás herida? ¿Dónde está Jem?" "No estoy herida," susurró. "Pero Jem, se desplomó. Allí." Señaló hacia donde dejó a Jem, arrugado en las sombras junto a la puerta. La cara de Will se quedó en blanco, como una pizarra limpia de tiza. Sin mirarla de nuevo corrió escaleras arriba y se dejó caer por Jem, diciendo algo en voz baja. Cuando no hubo respuesta, Will levantó la cabeza, gritando a Thomas para que viniera a ayudarlo a llevar a Jem, y gritando algo más, algo que Tessa no pudo distinguir a través de su mareo. Tal vez estaba gritándole. ¿Tal vez pensaba que todo esto era su culpa? Si ella no se hubiera puesto tan furiosa, si no se hubiera escapado y hecho que Jem la siguiera… Una sombra oscura se alzó en la puerta iluminada. Era Thomas, serio y con el cabello despeinado, sin decir una palabra se arrodilló junto a Will. Juntos pusieron de pie a Jem, un brazo colgaba en torno a cada uno de sus hombros. Se apresuraron a entrar sin mirar hacia atrás. Aturdida, Tessa miró hacia el patio. Algo estaba extraño, diferente. Era el repentino silencio, después de todo el clamor y ruido. La destrucción de las criaturas mecánicas dejó piezas hechas añicos por el patio, el suelo estaba resbaladizo con fluido viscoso, la verja estaba abierta, y la luna brillaba completamente sobre todo tal y como había brillado sobre ella y Jem en el puente, cuando él le había dicho que era humana.

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