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viernes, 28 de febrero de 2014

15. FANGO EXTRANJERO

Ah Dios, ese amor era como una flor o una llama, Esa vida era como el nombramiento de un nombre, Esa muerte no era más lamentable que el deseo, ¡Estas cosas no eran una cosa y la misma! —Algernon Charles Swinburne, “Laus Veneris”

“Señorita Tessa.” La voz era de Sophie. Tessa se volvió y la vio en el marco del umbral, con un farolillo balanceándose en su mano. “¿Está bien?” Tessa se sentía lastimosamente agradecida de ver a la otra chica. Se había sentido tan sola. “No estoy herida. Henry ha ido detrás de las criaturas, sin embargo, y Charlotte…” “Van a estar bien.” Sophie puso una mano en el codo de Tessa. “Venga, vayamos adentro, señorita. Está sangrando.” “¿Lo estoy?” Perpleja, Tessa alzó sus dedos hasta tocar su frente; éstos regresaron manchados de rojo. “Debí haberme golpeado la cabeza cuando me caí contra los peldaños. Ni siquiera lo sentí.” “Conmoción,” dijo Sophie con calma, y Tessa pensó cuántas veces en su trabajo aquí Sophie tuvo que haber hecho estas cosas, vendar los cortes, o limpiar la sangre. “Vamos, y conseguiré una compresa para su cabeza.” Tessa asintió con la cabeza. Con una última mirada por encima del hombro a la destrucción en el patio, dejó que Sophie la guiara al interior del Instituto. El corto tiempo se hizo borroso. Después de que Sophie la ayudara a subir las escaleras y la sentara en un sillón en la sala, desapareció y regresó momentos después con Agatha, quien presionó una taza de algo caliente en la mano de Tessa.
Tessa sabía lo que era en el momento en que lo olfateó, brandy y agua. Pensó en Nate y vaciló, pero una vez que tomó unos cuantos tragos, las cosas empezaron a nadar de nuevo en foco. Charlotte y Henry volvieron, trayendo consigo el olor a metal y lucha. Con los labios apretados, Charlotte puso sus armas sobre la mesa y llamó a Will. Él no respondió, pero Thomas lo hizo, corriendo por el pasillo, con la chaqueta manchada de sangre, para decirle que Will estaba con Jem, y que Jem iba a estar bien. “Las criaturas lo hirieron, y perdió un poco de sangre,” dijo Thomas, pasándose una mano por su pelo castaño y enmarañado. Miró hacia Sophie mientras lo decía. “Pero Will le hizo una iratze…” “¿Y su medicina?” Preguntó Sophie rápidamente. “¿Él tenía algo de eso?” Thomas asintió con la cabeza, y los tensos hombros de Sophie se relajaron un poco. Charlotte suavizó la mirada también. “Gracias, Thomas,” dijo ella. “¿Tal vez puedas ver si él requiere algo más?” Thomas asintió, y se internó de nuevo por el pasillo con una última mirada por encima de su hombro a Sophie, quien pareció no darse cuenta. Charlotte se sentó en la otomana frente a Tessa. “Tessa, ¿puedes decirnos qué pasó?” Agarrando la taza con sus dedos fríos a pesar de su calor, Tessa se estremeció. “¿Atraparon a los que escaparon? Los… lo que sea que fueran. ¿Los monstruos de metal?” Charlotte negó con la cabeza gravemente. “Los perseguimos por las calles, pero desaparecieron una vez que llegamos al Puente de Hungerford. Henry piensa que hubo algo de magia en cuestión.” “O un túnel secreto,” dijo Henry. “También sugerí un túnel secreto, mi querida.” Miró a Tessa. Su agradable rostro estaba manchado de sangre y aceite, su chaleco a rayas brillantes estaba acuchillado y destrozado. Parecía un colegial que había estado en un mal apuro de algún tipo. “¿Los vio salir de un túnel, tal vez, Señorita Gray?” “No,” dijo Tessa, su voz a mitad de un susurro. Para suavizar la garganta, tomó otro sorbo de la bebida que Agatha le había dado, y dejó la taza antes de continuar con todo; el puente, el cochero, la persecución, las palabras de la criatura que había hablado, la forma en que habían irrumpido a través de las puertas del Instituto. Charlotte escuchó con el rostro blanco y demacrado; incluso Henry parecía sombrío. Sophie, sentada en silencio en una silla, prestó atención a la historia con la seria intensidad de una colegiala. “Dijeron que era una declaración de guerra,” finalizó Tessa. “Que venían a vengarse de nosotros… de ustedes, supongo, por lo que le sucedió a De Quincey.” “¿Y la criatura se refirió a él como el Maestro?” preguntó Charlotte.
Tessa apretó los labios con firmeza para evitar que temblaran. “Sí. Dijo que el Maestro me quería y que había sido enviado a mí para recuperarme. Charlotte, esta es mi culpa. Si no fuera por mí, De Quincey no hubiera enviado esta noche a esas criaturas, y Jem…” Miró hacia abajo a sus manos. “Tal vez deberías dejar que me tuviera.” Charlotte estaba sacudiendo la cabeza. “Tessa, has oído a De Quincey anoche. Odia a los Cazadores de sombras. Él atacaría a la Clave independientemente de ti. Y si te entregáramos a él, lo único que estaríamos haciendo es poner un arma potencialmente valiosa en sus manos.” Miró a Henry. “Me pregunto por qué esperó tanto tiempo. ¿Por qué no ir por Tessa cuando había salido con Jessie? A diferencia de los demonios, estas criaturas mecánicas pueden salir durante el día.” “Pueden,” dijo Henry, “pero no sin alarmar a la población… todavía. No lucen lo suficiente como seres humanos ordinarios para pasar sin comentarios curiosos.” Tomó un brillante mecanismo de su bolsillo y lo sostuvo en alto. “Examiné los restos de los autómatas en el patio. Éstos que De Quincey envió tras Tessa en el puente no son como el de la cripta. Son más sofisticados, hechos con metales más resistentes, y con una estructura más avanzada. Alguien ha estado trabajando en el diseño de los planos encontrados por Will, refinándolos. Las criaturas son más rápidas ahora, y más letales.” Pero, ¿qué tan refinados? “Fue un hechizo.” Dijo Tessa rápidamente. “En el plano. Magnus lo descifró..." “El hechizo vinculante. Consiste en vincular una energía demoniaca a un autómata.” Charlotte miró a Henry. “¿De Quincey pudo…?” “¿Lograr su realización?” Henry negó con la cabeza. “No. Esas criaturas son simplemente configuradas a seguir un patrón, como cajas de música. Pero no son animados. No tienen inteligencia o voluntad o vida. Y no hay nada demoníaco en ellos.” Charlotte exhaló en alivio. “Tenemos que encontrar a De Quincey antes de que tenga éxito en su objetivo. Estas criaturas son bastante difíciles de matar. El Ángel sabe cuántos de ellos ha hecho, o lo difícil que sería matarlos si tuvieran la astucia de los demonios.” “Un ejército nacido ni del Cielo ni del Infierno.” Dijo Tessa en voz baja. “Exactamente,” dijo Henry. “De Quincey tiene que ser encontrado y detenido. Y mientras tanto, Tessa, debes permanecer en el Instituto. No es que queramos mantenerte como prisionera aquí, pero sería más seguro si permanecieras dentro.” “¿Pero por cuánto…?” Tessa comenzó, y se interrumpió, cuando la expresión de Sophie cambió. Estaba mirando algo por encima del hombro de Tessa, de pronto sus ojos color avellana se ensancharon. Tessa siguió su mirada.
Era Will. Estaba de pie en la puerta del salón. Había una línea de sangre en su camisa blanca; parecía pintura. Su rostro estaba tranquilo, casi como una máscara, su mirada se fijo en Tessa. A medida que sus ojos se encontraban a través de la habitación, ella sintió el salto de su pulso en la garganta. “Él quiere hablar contigo.” Dijo Will. Hubo un momento de silencio cuando todo el mundo en la sala lo miró. Había algo intimidante en la intensidad de la mirada de Will, la tensión de su quietud. Sophie tenía la mano en la garganta, los dedos nerviosamente revoloteando a su cuello. “Will.” Charlotte dijo finalmente. “¿Te refieres a Jem? ¿Está bien?” “Está despierto y hablando,” dijo Will. Su mirada se deslizó por un momento a Sophie, quien había bajado la mirada, como si quisiera ocultar su expresión. “Y ahora quiere hablar con Tessa.” “Pero...” Tessa miró hacia Charlotte, que parecía preocupada. “¿Está bien? ¿Está lo suficientemente bien?” La expresión de Will no cambió. “Él quiere hablar contigo,” dijo, pronunciando cada palabra con mucha claridad. “Así que te levantarás, y vendrás conmigo, y hablarás con él ¿Entiendes?” “Will,” Charlotte comenzó bruscamente, pero Tessa ya se estaba levantando, alisándose la falda arrugada con la palma de sus manos. Charlotte miró preocupada hacia ella, pero no dijo nada más. Will estuvo totalmente en silencio mientras se abrían paso por el pasillo, los candelabros de luz mágica lanzaban sus sombras contra las paredes lejanas en delgadas figuras. Había aceite negruzco, tanto como salpicaduras de sangre en su camisa blanca, manchas en la mejilla, su pelo estaba enredado, su mandíbula tensa. Se preguntó si había dormido algo desde el amanecer, cuando ella lo había dejado en el ático. Quería preguntarle, pero todo en él, su postura, su silencio, la posición de sus hombros; decía que ninguna pregunta sería bienvenida. Abrió la puerta del cuarto de Jem y la condujo por delante de él. La única luz en la habitación venía de la ventana y de un candelabro de luz mágica sobre la mesita de noche. Jem estaba mitad bajo las sábanas de la alta cama tallada. Estaba tan blanco como su camisa de dormir, los párpados de sus ojos cerrados eran de azul oscuro. Apoyado en el lado de la cama estaba su bastón con cabeza de jade. De alguna manera había sido reparado y estaba entero otra vez, reluciente, como nuevo. Jem volvió la cara hacia el sonido de la puerta, sin abrir los ojos. “¿Will?”
Will hizo algo que luego asombró a Tessa. Obligó a su rostro a hacer una sonrisa, y dijo, en un tono pasablemente alegre, “la traje, como lo habías pedido.”

Los ojos de Jem se abrieron con rapidez; Tessa se sintió aliviada al ver que habían vuelto a su color habitual. Aún así, tenían el aspecto de agujeros sombreados en su rostro pálido. “Tessa,” dijo. “Lo siento mucho.” Tessa miró a Will, por permiso u orientación, no estaba segura, pero él miraba fijamente al frente. Estaba claro que no sería de ayuda. Sin dirigirle otra mirada, se apresuró a través de la habitación y se sentó en la silla al lado de la cama de Jem. “Jem,” dijo en voz baja, “no deberías lamentarte, o pedirme perdón. Yo debería ser la que pida disculpas. Tú no hiciste nada malo. Yo era el objetivo de esas cosas mecánicas, no tú.” Acarició suavemente la colcha; queriendo tocar su mano, pero sin atreverse a hacerlo. “Si no fuera por mí, nunca habrías salido herido.” “Herido.” Jem dijo la palabra en una exhalación de aliento, casi con asco. “Yo no resulté herido.” “James.” El tono de Will mantuvo una nota de advertencia. “Ella debe saber, William. De lo contrario pensará que todo esto fue culpa de ella.” “Estabas enfermo,” dijo Will, sin mirar a Tessa mientras hablaba. “No es culpa de nadie.” Hizo una pausa. “Sólo creo que deberías tener cuidado. No estás recuperado todavía. Hablar sólo te cansará.” “Hay cosas más importante que ser cuidadoso.” Jem luchó por incorporarse, los tendones en su cuello tensándose al momento que se levantó, apoyando la espalda contra las almohadas. Cuando volvió a hablar, estaba un poco sin aliento. “Si no te gusta, Will, no tienes que quedarte.” Tessa oyó que la puerta se abría y se cerraba detrás de ella con un suave clic. Sabía sin mirar, que Will se había ido. No pudo evitarlo; una leve punzada le atravesó, la forma en que siempre parecía pasarle cuando él salía de una habitación. Jem suspiró. “Es tan terco.” “Estaba en lo cierto,” dijo Tessa. “Por lo menos, tenía razón en que no hace falta que me digas cualquier cosa que no desees. Sé que nada de eso fue tu culpa.” “La culpa no tiene nada que ver con eso,” dijo Jem. “Creo que también deberías saber la verdad. Ocultar rara vez ayuda en algo.” Miró hacia la puerta por un momento, como si sus palabras fueran medio destinadas para el ausente Will. Luego volvió a suspirar, pasando las manos por su pelo. “¿Tú sabes,” dijo, “que la mayoría de mi vida he vivido en Shanghai con mis padres? ¿Qué me crié en el Instituto de allí?”
“Sí,” dijo Tessa, preguntándose si todavía estaba un poco aturdido. “Tú me lo contaste, en el puente. Y me dijiste que un demonio había matado a tus padres.” “Yanluo,” dijo Jem. Había odio en su voz. “El demonio tenía un rencor contra mi madre. Ella había sido responsable de la muerte de un número de sus descendientes demonios. Habían tenido un nido en un pequeño pueblo llamado Lijiang, donde habían estado alimentándose de niños locales. Ella quemó el nido y se escapó antes de que el demonio la encontrara. Yanluo esperó la hora propicia durante años; los Grandes Demonios viven para siempre, pero nunca lo olvidó. Cuando yo tenía once años, Yanluo encontró un punto débil en la defensa que protegía el Instituto, y se introdujo. El demonio mató a los guardias y tomó presa a mi familia, atándonos a todos a las sillas en la gran sala de la casa. Luego se puso a trabajar. Yanluo me torturó delante de mis padres," continuó Jem, con la voz vacía. “Una y otra vez me inyectó un veneno de demonio ardiente que me quemó las venas y rompió en mi mente. Durante dos días entraba y salía de alucinaciones y sueños. Vi el mundo ahogarse en ríos de sangre, y oí los gritos de todos los muertos y los moribundos a lo largo de la historia. Vi a Londres quemándose, y las grandes criaturas de metal dando zancadas de aquí para allá como arañas enormes…” Contuvo el aliento. Estaba muy pálido, el camisón pegado a su pecho por el sudor, pero despidió con un gesto la expresión de preocupación de Tessa. “Cada pocas horas volvía a la realidad, el tiempo suficiente para oír a mis padres gritando por mí. Luego en el segundo día, volví y sólo oí a mi madre. Mi padre había sido silenciado. La voz de mi madre era salvaje y quebrada, pero ella seguía diciendo mi nombre. No era mi nombre en inglés, sino el nombre que me había dado cuando nací: Jian. Todavía puedo oír su voz a veces, llamándome.” Tenía las manos apretadas sobre la almohada que sostenía, lo suficientemente apretadas que el tejido había empezado a romperse. “Jem,” Tessa dijo suavemente. “Puedes parar. No es necesario que me cuentes todo ahora.” “¿Te acuerdas cuando dije que Mortmain probablemente había hecho dinero con el contrabando de opio?” preguntó. “Los británicos llevan opio a China por tonelada. Han hecho de nosotros una nación de adictos. En chino lo llamamos „fango extranjero‟ o „humo negro.‟ De alguna manera, Shanghai, mi ciudad, está construida en opio. No existiría como lo hace sin él. La ciudad está llena de escondites donde los hombres con los ojos hundidos mueren de hambre porque lo único que quieren es la droga, más de la droga. Darían cualquier cosa por ella. Yo solía despreciar a los hombres así. No podía entender cómo eran tan débiles.” Él respiró hondo.
“En el momento en que la Enclave de Shanghai se preocupó por el silencio del Instituto y fueron para salvarnos, mis padres ya estaban muertos. No recuerdo nada de eso. Yo estaba gritando y delirando. Me llevaron a los Hermanos Silenciosos, quienes sanaron mi cuerpo tan bien como pudieron. Aunque hubo una cosa que no pudieron solucionar. Me había hecho adicto a la sustancia con la que el demonio me había envenenado. Mi cuerpo era dependiente a ella de la manera que el cuerpo de un adicto al opio es dependiente de la droga. Trataron de alejarme de ella, pero estar sin eso me causó un terrible dolor. Incluso cuando fueron capaces de bloquear el dolor con los hechizos de brujos, la falta de la droga empujó mi cuerpo al borde de la muerte. Después de semanas de experimentación, decidieron que no había nada por hacer: no podría vivir sin la droga. La droga en sí significaba una muerte lenta, pero quitármela significaría una muy rápida.” “¿Semanas de experimentación?” Tessa repitió. “¿Cuando sólo tenías once años? Eso parece cruel.” “La bondad, la real bondad, tiene su propio tipo de crueldad,” dijo Jem, mirando más allá de ella. “Allí, a tu lado en la mesa de noche, hay una caja. ¿Puedes dármela?” Tessa levantó la caja. Estaba hecha de plata, con incrustaciones en su tapa con una escena de esmalte que representaba a una mujer delgada de ropas blancas, descalza, vertiendo el agua de un florero en una corriente. “¿Quién es ella?” Le preguntó, entregando la caja a Jem. “Kwan Yin. La diosa de la misericordia y la compasión. Dicen que escucha cada oración y cada grito de sufrimiento y hace lo que puede para responderlo. Pensé que tal vez si guardaba la causa de mi sufrimiento en una caja con su imagen en ella, podría hacer que ese sufrimiento disminuyera.” Movió la hebilla para abrir la caja y la tapa se deslizó hacia atrás. Dentro había una gruesa capa de lo que Tessa pensó en un principio que era ceniza, pero el color era demasiado brillante. Era una capa espesa de polvo plateado casi del mismo plateado brillante que el color de los ojos de Jem. “Esta es la droga,” dijo. “Viene de un brujo distribuidor que conocemos en Limehouse. Tomo parte de ella todos los días. Es por lo que parezco tan… tan fantasmal; es lo que drena el color de mis ojos y el pelo, hasta de mi piel. A veces me pregunto si mis padres siquiera me reconocerían...” Su voz se fue apagando. “Si tengo que luchar, tomo más. Tomar menos me debilita. No había tomado nada hoy antes de que fuéramos al puente. Es por eso que me desplomé. No por las criaturas mecánicas. Por causa de la droga. Sin nada en mi sistema, la lucha, el correr, fue demasiado para mí. Mi cuerpo empezó a alimentarse de sí mismo, y colapsé.” Cerró la caja de un golpe, y se la devolvió a Tessa. “Toma. Ponla de nuevo donde estaba.” “¿No necesitas nada?” “No. Ya he tomado suficiente esta noche.”
“Dijiste que la droga significaba una muerte lenta,” dijo Tessa. “Entonces, ¿significa que la droga te está matando?”

Jem asintió con la cabeza, con mechones de pelo brillante cayendo sobre su frente. Tessa sintió que su corazón saltaba con un latido doloroso. “Y cuando luchas, tomas más. Así que, ¿por qué no dejas de luchar? Will y los otros…” “Entenderían,” Jem terminó por ella. “Sé que lo harían. Pero hay más en la vida que no morir. Soy un Cazador de sombras. Es lo que soy, no sólo lo que hago. No puedo vivir sin ello.” “Significa que no quieres.” Will, pensó Tessa, se habría enfadado si le hubiera dicho eso a él, pero Jem simplemente la miró con atención. “Significa que no quiero hacerlo. Durante mucho tiempo he buscado una cura, pero finalmente me detuve, y le pedí a Will y al resto que se detuvieran también. Yo no soy ésta droga, o su dominio sobre mí. Creo que soy mejor que eso. Que mi vida es algo más que eso, más allá de cómo y cuándo pueda terminar.” “Bueno, no quiero que mueras,” dijo Tessa. “No sé por qué lo siento tan fuerte… recién te conozco… pero no quiero que te mueras.” “Y confío en ti,” dijo. “No sé por qué, recién te conozco… pero lo hago.” Sus manos ya no estaban aferrando la almohada, sino que yacían flojas y quietas en la superficie con borlas. Eran unas manos delgadas, los nudillos eran un poco grandes para el resto de ellas, los dedos afilados y finos, una gruesa cicatriz blanca corría por la parte posterior de su pulgar derecho. Tessa quería deslizar su mano sobre la suya, quería sujetarlo firmemente y consolarlo… “Bueno, todo esto es muy conmovedor.” Era Will, por supuesto, que había entrado silenciosamente en la habitación. Se había cambiado su camisa ensangrentada, y parecía haberse lavado de forma apresurada. Su cabello lucía húmedo, su cara restregada, aunque los bordes de sus uñas seguían negros con suciedad y aceite. Miró de Jem a Tessa, con el rostro cuidadosamente vacío. “Veo que le contaste.” “Lo hice.” No había nada desafiante en el tono de Jem: él nunca miró a Will de otra forma más que con afecto, pensó Tessa, sin importar lo provocante que fuese Will. “Está hecho. No es necesario que te sigas preocupando al respecto.” “No estoy de acuerdo,” dijo Will. Le dio a Tessa una mirada afilada. Ella recordó lo que había dicho acerca de no cansar a Jem, y se levantó de su silla. Jem le dirigió una mirada melancólica. “¿Tienes que irte? Más bien tenía la esperanza de que te quedaras y fueses un ángel guardián, pero si debes irte, hazlo.”
“Yo me quedaré,” dijo Will un poco enfadado, y se echó en la silla que Tessa acababa de desocupar. “Puedo atender angelicalmente.” “No demasiado convincente. Y no eres tan bonito de ver como lo es Tessa,” dijo Jem, cerrando los ojos mientras se apoyaba contra la almohada. “Qué grosero. Muchos de los que se han fijado en mí me han comparado con la experiencia de contemplar el resplandor del sol.” Jem todavía tenía los ojos cerrados. “Si se referían a que te da jaqueca, no se equivocan.” “Además,” dijo Will, con los ojos en Tessa, “es justo mantener a Tessa con su hermano. No ha tenido la oportunidad de verlo desde esta mañana.” “Eso es cierto.” Los ojos de Jem se abrieron de repente por un momento; eran de plata negra, oscuros con el sueño. “Mis disculpas, Tessa. Casi lo olvido.” Tessa no dijo nada. Estaba demasiado ocupada siendo horrorizada porque Jem no era el único que casi se había olvidado de su hermano. No pasa nada, quería decir, pero los ojos de Jem estaban cerrados de nuevo, y pensó que podía estar dormido. Mientras miraba, Will se inclinó hacia delante y corrió las mantas, cubriendo el pecho de Jem. Tessa se dio la vuelta y salió lo más silenciosamente que pudo. La luz en los pasillos ardía en su punto más bajo, o tal vez simplemente había estado más brillante en la habitación de Jem. Tessa se detuvo por un momento, parpadeando, hasta que sus ojos se adaptaron. Dio un respingo. “¿Sophie?” La otra chica era una serie de manchas pálidas en la penumbra, su cara pálida, y la gorra blanca colgando de su mano por uno de sus lazos. “¿Sophie?” Dijo Tessa. “¿Pasa algo malo?” “¿Él está bien?” preguntó Sophie, con una extraña y pequeña obstrucción en su voz. “¿Va a estar bien?” Demasiado sobresaltada para dar sentido a su pregunta, Tessa dijo: “¿Quién?” Sophie la miró fijamente, con los ojos mudamente trágicos. “Jem.” No Sr. Jem, o Sr. Carstairs. Jem. Tessa la miró con total asombro, recordando repentinamente. Está bien amar a alguien que no corresponde su amor, en tanto que sean dignos de ese amor. En tanto lo merezcan. Por supuesto, pensó Tessa. Soy tan estúpida. Es Jem del que está enamorada. “Él está bien,” dijo tan suave como pudo. “Está descansando, pero estaba sentado y hablando. Pronto estará completamente recuperado, estoy segura. Quizás si deseas verlo…”
“¡No!” Exclamó Sophie de inmediato. “No, eso no sería justo ni apropiado.” Sus ojos brillaban. “Estoy muy agradecida con usted, señorita. Yo…” Se volvió entonces, y se alejó con prisa por el pasillo. Tessa la siguió con la vista, preocupada y perpleja. ¿Cómo no había podido verlo antes? ¿Cómo podía haber estado tan ciega? Qué extraño tener el poder de transformarte literalmente en otra persona, y sin embargo ser tan incapaz de ponerte en su lugar.


La puerta hacia la habitación de Nate estaba ligeramente abierta; Tessa la empujó para abrirla por completo tan silenciosamente como pudo, y se introdujo en ella. Su hermano era una pila de mantas. La luz de la vela parpadeante de la mesita de noche iluminó su pelo rubio esparcido en la almohada. Sus ojos estaban cerrados, su pecho subiendo y bajando regularmente. En la silla junto a la cama se encontraba Jessamine. Ella también estaba dormida. Su cabello rubio estaba escapándose del rodete cuidadosamente arreglado, los rizos cayendo sobre sus hombros. Alguien había echado una pesada manta de lana encima de ella, y sus manos la aferraban, atrayéndola contra su pecho, parecía más joven de lo que Tessa la había visto jamás, y vulnerable. No había nada en ella de la chica que había matado el duende en el parque. Era tan extraño, pensó Tessa, lo que despertaba la ternura en la gente. Nunca era lo que hubieras esperado. Tan silenciosamente como pudo, se apartó, cerrando la puerta tras ella. Tessa durmió muy mal esa noche. Despertándose a menudo en medio de sueños de criaturas mecánicas viniendo por ella. Estirando sus largas manos de estructura metálica para atraparla y desgarrar su piel. Finalmente eso se disolvió en un sueño de Jem, quien yacía dormido en una cama mientras polvo de plata llovía sobre él, encendiendo la colcha bajo la que él estaba, hasta que al final toda la cama ardió, y Jem dormía tranquilamente en ella, inconsciente de los gritos de advertencia de Tessa.
Por último, soñó con Will, estaba de pie en la cima de la cúpula de San Pablo, solitario bajo la luz de la blanca, blanca luna. Vestía una chaqueta de frac negra, y las Marcas en su piel se dejaban ver con claridad sobre su cuello y manos bajo el brillo del cielo. Bajó la mirada hacia Londres como un ángel malvado comprometido a salvar la ciudad de sus peores sueños, mientras debajo de él, Londres dormía, indiferente e inconsciente. Tessa fue arrancada de sus sueños por una voz en su oído, y una mano sacudiendo enérgicamente su hombro. “¡Señorita!” Era Sophie, con la voz aguda. “Señorita Gray, simplemente debe despertarse. Es su hermano.” Tessa se levantó con rapidez, desparramando almohadas. La luz de la tarde se vertía a través de las ventanas de la habitación, iluminando la sala; y el rostro preocupado de Sophie. “¿Nate está despierto? ¿Se encuentra bien?” “Sí…quiero decir, no. Quiero decir, no lo sé, señorita.” Había una pequeña presión en la voz de Sophie. “Verá, está desaparecido.”

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