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martes, 25 de febrero de 2014

11. POCO SON ANGELES

Todos somos hombres, en nuestra propia naturaleza frágil, y capacidad de nuestra carne; pocos son ángeles. —Shakespeare, Rey Enrique VIII Tessa gritó.

No un grito humano, sino un grito de vampiro. Apenas reconoció el sonido que salió de su propia garganta, sonaba como un cristal rompiéndose. Sólo después se dio cuenta de que estaba gritando palabras. Había pensado que estaba gritando el nombre de su hermano, pero no lo hacía. “¡Will!” gritaba. “¡Will ahora, hazlo ahora!” Un jadeo se extendió por toda la sala. Docenas de caras blancas se giraron hacia Tessa. Su grito había traspasado la sed de sangre. De Quincey estaba paralizado en el escenario; incluso Nathaniel la estaba mirando fijamente, aturdido, como si se estuviera preguntando si sus gritos eran sólo una alucinación a causa de su agonía. Will, con su dedo en el botón del Fósforo, dudó. Sus ojos encontraron los de Tessa a través de la habitación. Fue sólo durante un segundo, pero De Quincey vio sus miradas. Como si pudiera leerlas, el aspecto de su cara cambió, y movió su brazo para señalar directamente a Will. “El chico,” escupió. “¡Párenlo!” Will apartó su mirada de la de Tessa. Los vampiros ya estaban levantándose, dirigiéndose hacia él, sus ojos brillando con rabia y hambre. Will miró más allá de ellos, a De Quincey, quien estaba observando a Will con furia. No había miedo en el rostro de Will cuando sus ojos se encontraron con los del vampiro; sin vacilación y sin sorpresa. “No soy un chico,” dijo. “Soy un Nefilim.” Y apretó el botón  Tessa se abrazó a si misma preparándose para una llama de blanca luz mágica. Pero en lugar de eso, hubo un gran sonido de explosión cuando las llamas de los candelabros se dispararon hacia el techo. Las chispas volaron, dispersándose por el suelo como brasas, prendiendo las cortinas y las faldas de los vestidos de las mujeres. Repentinamente la habitación estaba llena de ondulante humo negro y chillidos altos, agudos y horribles. Tessa perdió de vista a Will. Trató de avanzar, pero Magnus, casi había olvidado que estaba allí, la cogió firmemente por la muñeca. “Señorita Gray, no,” dijo, y cuando ella respondió tirando más fuerte, añadió, “Señorita Gray, ¡ahora es un vampiro! Si el fuego la alcanza, arderá como astillas de madera…” Para ilustrar su argumento, en el momento en el que una chispa extraviada aterrizó en lo alto de la peluca de Lady Delilah, estalló en llamas. Con un grito intentó arrancársela de la cabeza, pero en cuanto sus manos entraron en contacto con las llamas, éstas también fueron alcanzadas por el fuego, como si estuvieran hechas de papel en lugar de piel. En menos de un segundo sus dos brazos estaban ardiendo cual antorchas. Aullando, corrió hacia la puerta, pero el fuego era más rápido que ella. En unos segundos, una hoguera bramaba donde ella estaba situada. Tessa sólo pudo ver el contorno de una criatura negra chillando dentro de ella. “¿Ve a lo que me refiero?” gritó Magnus en la oreja de Tessa, luchando por ser oído por encima de los aullidos de los vampiros, que estaban yendo hacia ellos, intentando evitar las llamas. “¡Déjeme!” chilló Tessa. De Quincey había saltado al tumulto; Nathaniel estaba desplomado en el escenario, aparentemente inconsciente, sujeto a la silla por unas esposas. “Ese de allá es mi hermano. ¡Mi hermano!” Magnus la miró. Aprovechándose de su confusión, Tessa liberó su brazo y empezó a correr hacia el escenario. La habitación era un caos: vampiros corriendo por todos lados, muchos de ellos en estampida hacia la salida. Los vampiros que habían alcanzado la puerta estaban embistiendo y empujando para atravesarla primero; otros habían cambiado de dirección e iban hacia las puertas acristaladas que daban al jardín. Tessa giró para evitar una silla caída, y casi corrió de cabeza contra la vampira pelirroja con el vestido azul que antes la había fulminado con la mirada. Ahora parecía aterrorizada. Se arrojó hacia Tessa…y después pareció tropezar. Su boca se abrió para soltar un grito y sólo vertió sangre como en una fuente. Su cara se arrugó, plegándose en sí misma, la carne se volvió polvo y llovió desde su cráneo. Su pelo rojo se consumió y se volvió gris; la piel de sus brazos se derritió y se convirtió en polvo también, y con un último chillido, la vampira cayó en una pila de huesos y arenilla que yacían encima de un vestido de satín vacío.
Tessa se atragantó, apartó sus ojos de los restos y vio a Will. Estaba de pie justo delante de ella, sosteniendo un largo cuchillo de plata; la hoja estaba cubierta de sangre escarlata. Su rostro también estaba ensangrentado, y sus ojos se salían de sus órbitas. “¿Pero qué demonios sigues haciendo aquí?” le gritó a Tessa. “Eres increíblemente estúpida...” Tessa escuchó el ruido antes de que Will lo hiciera, un leve gimoteo, como una pieza de maquinaria rota. El chico de chaqueta gris, el sirviente humano del que Lady Delilah se había alimentado antes, estaba corriendo hacia Will, los gemidos salían de su garganta, y su cara estaba empapada de lágrimas y sangre. Llevaba la pata de una silla en una mano; el borde estaba roto y era afilado. “¡Cuidado, Will!” gritó Tessa, y Will se giró. Tessa vio como se movía rápidamente, como una mancha oscura, y el cuchillo que estaba en su mano parecía un rayo plateado entre el humo oscuro. Para cuando paró de moverse, el chico yacía en el suelo, la hoja sobresaliendo de su pecho. La sangre manó alrededor de éste, más espesa y oscura que la sangre vampírica. Will, miraba hacia abajo, y estaba pálido. “Pensé que…” “Él te hubiera matado si pudiera,” dijo Tessa. “No sabes nada de ello,” dijo Will. Sacudió su cabeza una vez, como para olvidar su voz o la visión del chico en el suelo. El subyugado parecía muy joven, su retorcida cara más suave en la muerte. “Te dije que te fueras…” “Ese es mi hermano,” dijo Tessa, señalando el fondo de la habitación. Nathaniel seguía inconsciente, lacio en sus esposas. Si no fuera por la sangre que seguía fluyendo de la herida de su cuello, habría pensado que estaba muerto. “Nathaniel. En la silla.” Los ojos de Will se hicieron más grandes por el asombro. “¿Pero cómo…?” empezó. No tuvo la oportunidad de terminar su pregunta. En ese momento, el sonido de cristal rompiéndose llenó la habitación. Las ventanas acristaladas se rompieron hacia dentro, y la habitación estuvo repentinamente rebosaba de Cazadores de Sombras vestidos con su oscuro uniforme de lucha. Estaban conduciendo delante de ellos a un estridente y desordenado grupo de vampiros que habían huido al jardín. Mientras Tessa miraba, más Cazadores de Sombras comenzaron a desbordarse de las otras puertas, reuniendo vampiros enfrente de ellos, como perros pastoreando ovejas a un corral. De Quincey se tambaleó delante de los otros vampiros, su cara pálida cubierta por ceniza negra, sus dientes al descubierto.
Tessa vio a Henry entre los Nefilim, fácilmente reconocible por su pelo rojo. Charlotte también estaba allí, vestida como un hombre con el oscuro equipamiento, tal y como las mujeres dibujadas en el libro de Teresa sobre los Cazadores de Sombras. Se veía pequeña y determinada e increíblemente valiente. Y luego estaba Jem. Su ropa le hacía parecer, sorprendentemente, incluso más pálido, y las Marcas negras en su piel destacaban como tinta en papel. Entre la multitud reconoció a Gabriel Lightwood; a su padre, Benedict; la delgada Señora Highsmith, con su pelo negro; y detrás de todos se encontraba Magnus, con chispas azules volando de sus manos. Will exhaló, un poco de color volvió a su cara. “No estaba del todo seguro de que vinieran,” murmuró, “no con el Fósforo funcionando mal.” Apartó sus ojos de sus amigos y miró a Tessa. “Ve a atender a tu hermano,” dijo. “Eso te apartará de lo peor. Espero.” Se dio la vuelta y se fue sin mirarla de nuevo. Los Nefilim habían acorralado a los vampiros restantes, aquellos que no habían muerto por el fuego, o por Will, en el centro de un improvisado círculo de Cazadores de Sombras. De Quincey se elevó entre el grupo, su pálido rostro torcido por la rabia; su camiseta empapada de sangre, la suya propia o la de alguien más, no estaba segura. Los otros vampiros se escondían detrás suyo, como hijos detrás de su padre, viéndose valientes y angustiados al mismo tiempo. “La Ley,” gruñó de Quincey, mientras Benedict Lightwood iba hacia él, un cuchillo brillante en su mano derecha, su superficie llena de runas negras. “La Ley nos protege. Nos rendimos a ti. La Ley…” “Has roto la Ley,” gruñó Benedict. “Por lo tanto ya no tienes su protección. La sentencia es la muerte.” “Un mundano,” dijo de Quincey mientras miraba a Nathaniel. “Un mundano que también ha roto la Ley de la Alianza…” “La Ley no se extiende hacia los mundanos. No se puede esperar que sigan las leyes de un mundo que desconocen.” “No vale nada,” dijo de Quincey. “No tienes ni idea de lo poco que vale. ¿De verdad deseas romper nuestra alianza por un mundano que no vale la pena?” “¡Es más que un mundano!” chilló Charlotte, y de su chaqueta sacó el papel que Will había sacado de la biblioteca. Tessa no había visto que Will se lo pasara a Charlotte, pero debería de haberlo hecho antes. “¿Y qué pasa con estos hechizos? ¿Creíste que no los descubriríamos? ¡Esta… esta magia negra está absolutamente prohibida!” La cara de De Quincey lo traicionó y mostró un poco de su sorpresa. “¿Dónde han encontrado eso?” La boca de Charlotte era una dura línea. “Eso no importa.” “Lo que estén pensando…” empezó de Quincey. “¡Sabemos lo suficiente!” la voz de Charlotte estaba llena de pasión. “¡Sabemos que nos odia y nos desprecia! ¡Sabemos que su alianza con nosotros ha sido una farsa!” “¿Ahora es contra la Ley de la Alianza que a los Submundos no nos gusten los Cazadores de Sombras?” dijo de Quincey, pero la mofa se había ido de su voz. Sonaba enfadado. “No juegue con nosotros,” escupió Benedict. “Después de todo lo que hicimos por ustedes, pasamos los Acuerdos a la Ley… ¿Por qué? Intentamos hacerlos iguales a nosotros…” La cara de De Quincey se retorció. “¿Iguales? ¡No saben lo que significa esa palabra! No pueden dejar sus convicciones, ni su creencia en su inherente superioridad. ¿Dónde están nuestros escaños en el Consejo? ¿Dónde está nuestro embajador en Idris?” “Pero eso… eso es ridículo,” dijo Charlotte, aunque se había calmado. Benedict le lanzó a Charlotte una mirada impaciente. “E irrelevante. Nada de eso excusa tu comportamiento, de Quincey. Mientras te sentabas en consejo con nosotros, pretendiendo que estaba interesado en la paz, a nuestras espaldas rompías la Ley y te burlabas de nuestro poder. Ríndete, dinos lo que queremos saber, y quizás dejemos que tu clan sobreviva. De otra manera, no habrá piedad.” Otro vampiro habló. Era uno de los hombres que habían atado a Nathaniel a la silla, un gran hombre pelirrojo con cara enfadada. “¡Si necesitábamos una prueba más de que los Nefilim nunca han querido decir sus promesas de paz, aquí está! ¡Atrévanse a atacarnos, Cazadores de Sombras, y tendrán una guerra en sus manos!” Benedict simplemente sonrió. “Entonces dejemos que la guerra empiece aquí,” dijo, y arrojó el cuchillo a de Quincey. Azotó a través del aire… y se clavó profundamente en el pecho del vampiro pelirrojo, que se había puesto enfrente del líder de su clan. Explotó en una lluvia de sangre mientras los demás vampiros chillaban. Con un aullido, de Quincey se dirigió hacia Benedict. Los otros vampiros parecieron despertarse de su estupor y rápidamente le siguieron. En apenas unos segundos la habitación era un tumulto de gritos y caos.
El caos repentino descongeló también a Tessa. Cogiéndose la falda, corrió por el escenario, y se dejó caer en sus rodillas al lado de la silla de Nathaniel. Su cabeza colgada a un lado, sus ojos cerrados. La sangre de la herida de su cuello fluía en un lento goteo. Tessa tiró de su manga. “Nate,” susurró. “Nate, soy yo. Él gimió, pero no dio otra respuesta. Mordiéndose el labio, Tessa fue a ocuparse de las esposas que le sujetaban las muñecas a la silla. Eran de hierro duro, reforzadas a los sólidos brazos de la silla con una hilera de clavos, claramente diseñadas para resistir incluso fuerza vampírica. Tiró de ellas hasta que sus dedos sangraron, pero no cedieron. Si sólo tuviera uno de los cuchillos de Will… Miró a través de la habitación. Aún estaba oscura por el humo. Entre los remolinos de negrura, podía ver los brillantes destellos de armas, los Cazadores de sombras blandiendo las brillantes dagas blancas que Tessa ahora sabía que eran llamados cuchillos serafín, cada uno resplandeciendo en vida por el nombre de un ángel. La sangre de los vampiros corría por los bordes de los cuchillos, tan brillante como una dispersión de rubíes. Se dio cuenta, con un golpe de sorpresa (debido a que los vampiros la habían aterrorizado en un principio), que los vampiros aquí estaban claramente superados. Aunque los Hijos de la Noche eran agresivos y rápidos, los Cazadores de Sombras eran casi tan rápidos como ellos, y tenían armas y entrenamiento de su lado. Vampiro tras vampiro caía bajo las embestidas de los cuchillos serafín. La sangre corría a mares por el suelo, empapando los bordes de las alfombras persas. El humo se aclaró en un punto, y Tessa vio a Charlotte despachando a un corpulento vampiro en una chaqueta gris de etiqueta. Hizo un tajo con la hoja de su cuchillo en la garganta de él, y la sangre salpicó en la pared detrás de ellos. Cayó en sus rodillas, gruñendo, y Charlotte acabó con él con una puñalada de su hoja hacia su pecho. Una mancha de movimiento surgió detrás de Charlotte; era Will, seguido por un vampiro de ojos enloquecidos blandiendo una pistola de plata. La dirigió a Will, apuntó, y disparó. Will se quitó del camino y patinó por el suelo sangriento. Se puso en pie rodando, y saltó sobre una silla aterciopelada. Esquivando otro disparo, saltó de nuevo y Tessa lo observó con asombro mientras corría ligeramente por los respaldos de una fila de sillas, bajándose de un salto de la última de ellas. Se giró para enfrentar al vampiro, ahora a una cierta distancia a través de la habitación. De alguna manera, un pequeño cuchillo destelló en su mano, a pesar de que Tessa no lo había visto sacarlo. Él lo lanzó. El vampiro se movió a un lado, pero no fue lo suficientemente rápido; el cuchillo se clavó en su hombro. Rugió por el dolor e iba a sacarse el cuchillo cuando una delgada y oscura sombra apareció de la nada. Hubo un centelleo plateado, y el vampiro estalló en una lluvia de sangre y polvo. Cuando el lío se aclaró, Tessa vio a Jem, con un largo cuchillo aún alzado en su puño. Estaba sonriendo, pero no a ella; pateó con fuerza la pistola plateada, ahora yaciendo abandonada entre los restos del vampiro, que se deslizó por el suelo, dirigiéndose a los pies de Will. Will asintió a Jem devolviéndole la sonrisa, cogió la pistola del suelo y la puso en su cinturón. “¡Will!” lo llamó Tessa, aunque no estaba segura si la podía escuchar por encima del estrépito. “Will…”
Algo la agarró por atrás del vestido y la arrastró arriba y hacia atrás. Era como estar atrapado en los talones de un pájaro enorme. Tessa gritó una vez, y se halló arrojada hacia delante, resbalando por el suelo. Chocó contra la pila de sillas. Éstas se desplomaron en una masa ensordecedora y Tessa, tumbada en el desorden, miró hacia arriba con un grito de dolor. De Quincey estaba delante de ella. Sus ojos negros eran salvajes, teñidos de rojo; su pelo blanco caía enmarañado sobre su cara, y su camiseta estaba rasgada por la parte delantera, los bordes de la rotura empapados con sangre. Debió haber sido cortado, aunque no lo suficientemente profundo para matarlo, y había sanado. La piel de debajo de la camiseta rota parecía no tener marca ahora. “Zorra,” le gruñó a Tessa. “Zorra mentirosa y traidora. Tú trajiste a ese chico aquí, Camille. A ese Nefilim.” Tessa se revolvió hacia atrás; su espalda golpeó el muro de sillas caídas. “Te di la bienvenida de vuelta al clan, incluso después de tu pequeño interludio asqueroso con el licántropo. Tolero a ese brujo ridículo tuyo. Y así es cómo me lo pagas. Nos lo pagas.” Sostuvo en alto sus manos hacia ella; estaban surcadas con ceniza negra. “Mira esto,” dijo. “El polvo de nuestra gente muerta. Vampiros muertos. Y tú los has traicionado por los Nefilim.” Escupió la palabra como si fuera veneno. Algo surgió de la garganta de Tessa. Risa. No su risa; la de Camille. “¿„Asqueroso interludio‟?” las palabras salieron de la boca de Tessa antes de que pudiera frenarlas. Era como si no tuviera control de lo que estaba diciendo. “Yo lo amé, como tú nunca me amaste, como tú nunca has amado nada. Y lo mataste sólo para mostrarle al clan que podías hacerlo. Quiero que sepas lo que es perder todo lo que te importa. Quiero que sepas, mientras que tu casa se quema, tu clan se convierte en cenizas y tu miserable vida se acaba, que soy yo quien te está haciendo esto.” Y la voz de Camille se fue tan rápido como había venido, dejando a Tessa sintiéndose agotada y en estado de shock. Aunque eso no le impidió que usara sus manos, detrás suyo, para escarbar entre las sillas quebradas. Seguramente tenía que haber algo, alguna pieza rota que pudiera usar como arma. De Quincey la estaba mirando conmocionado, su boca abierta. Tessa imaginó que nunca nadie le había hablado de ese modo. Ciertamente ningún otro vampiro. “Quizás,” dijo él. “Quizás te he subestimado. Quizás me destruyas.” Avanzó hacia ella, sus manos extendidas para alcanzarla. “Pero te llevaré conmigo…”
Los dedos de Tessa se cerraron alrededor de la pata de una silla; sin siquiera pensarlo, levantó la silla y la estrelló en la espalda de De Quincey. Se sintió exaltada cuando él gritó y se tambaleó hacia atrás. Gateó por el suelo mientras el vampiro se irguió, y le volvió a lanzar la silla. Esta vez, una parte del brazo de la silla que estaba cortado y áspero le alcanzó la cara, abriendo un gran corte rojo. Sus labios se curvaron detrás de sus dientes en un gruñido silencioso, y brincó, no había otra palabra para ello. Era como el brinco silencioso de un gato. Golpeó a Tessa contra el suelo, aterrizando encima de ella y quitándole la silla de su mano. Arremetió a su garganta, con los dientes al descubierto, y ella arañó con las garras de sus manos la cara de él. La sangre que goteaba sobre ella parecía quemar, como ácido. Gritó y le pegó más fuerte, pero él sólo se río; sus pupilas habían desaparecido en el negro de sus ojos y lucía enteramente inhumano, como un tipo de serpiente predatoria y monstruosa. Él atrapó sus muñecas, apretándolas, y las forzó a ambos lados de ella, fuertemente contra el suelo. “Camille,” dijo, inclinándose hacia ella, su voz pastosa. “Quédate quieta, pequeña Camille. Acabará en unos momentos…” Lanzó su cabeza hacia atrás como una temible cobra. Aterrorizada, Tessa luchó por liberar sus piernas atrapadas, procurando patearlo, patearlo lo más fuerte que pudiera... Él chilló. Chilló y se retorció, y Tessa vio que había una mano cogiéndolo por el pelo, jalando su cabeza hacia arriba y atrás, llevándolo al suelo. Una mano llena de tinta con Marcas negras y arremolinadas. La mano de Will. De Quincey estaba siendo arrastrado mientras gritaba a sus pies, sus manos asegurando su cabeza. Tessa se esforzó para ponerse de pie, mirando fijamente, mientras Will lanzaba al aullante vampiro desdeñosamente lejos de él. Will ya no estaba sonriendo, pero sus ojos estaban resplandeciendo, y Tessa pudo ver por qué Magnus había descrito su color como el cielo del Infierno. “Nefilim.” De Quincey titubeó, enderezándose, y escupió a los pies de Will. Will sacó la pistola de su cinturón y la apuntó hacia De Quincey. “Una de las propias abominaciones del Diablo, ¿no lo eres? Ni siquiera te mereces vivir en este mundo con el resto de nosotros y aún así, cuando te dejamos hacerlo por piedad, arrojas nuestro regalo en nuestras caras.” “Como si necesitáramos su piedad,” replicó De Quincey. “Como si pudiéramos ser siempre menos que ustedes. Ustedes los Nefilim, pensando que son…” Se detuvo bruscamente. Estaba tan manchado de suciedad que era difícil verlo, pero parecía que el corte en su cara ya se había curado. “¿Somos qué?” Will ladeó la pistola; el clic sonó alto incluso por encima del ruido de la batalla. “Dilo.” Los ojos del vampiro ardieron. “¿Qué diga qué? “„Dios,‟” dijo Will. “Ibas a decirme que los Nefilim actuamos como si fuéramos Dios, ¿no? Excepto que ni siquiera puedes decir la palabra. Búrlate de la Biblia todo lo que quieras con tu pequeña colección, aún no puedes decirlo.” El dedo en el gatillo del revólver estaba blanco. “Dilo. Dilo, y te dejaré vivir.”
El vampiro mostró sus dientes. “No puedes matarme con ese…ese estúpido juguete humano.” “Si la bala atraviesa tu corazón,” dijo Will, su objetivo firme, “morirás. Y tengo una puntería muy buena.” Tessa estaba en pie, congelada, observando el cuadro que estaba delante de ella. Quería caminar hacia atrás, ir por Nathaniel, pero tenía miedo de moverse. De Quincey levantó su cabeza. Abrió su boca. Un fino crujido salió cuando intentó hablar, tratando de formar una palabra que su alma no le dejaría decir. Jadeó otra vez, se ahogó, y puso una mano en su garganta. Will empezó a reírse… Y el vampiro saltó. Su cara deformada en una máscara de rabia y dolor, se lanzó hacia Will con un rugido. Hubo una imagen borrosa de movimiento. Luego, el révolver se disparó y hubo un rocío de sangre. Will golpeó el suelo, la pistola escapándose de su agarre, y el vampiro encima de él. Tessa se arrastró para recuperar la pistola, la cogió y se giró para ver que De Quincey había agarrado a Will por la espalda, su antebrazo apretado contra la garganta de Will. Ella alzó la pistola, su mano temblando, pero nunca había usado una pistola antes, nunca había disparado a nada, y ¿cómo dispararle al vampiro sin dañar a Will? Will estaba claramente ahogándose, su cara bañada en sangre. De Quincey gruñó algo y fortaleció su agarre… Y Will, agachando su cabeza, hundió sus dientes en el antebrazo del vampiro. De Quincey chilló y apartó su brazo; Will se arrojó hacia un lado, dio una arcada, y se puso de rodillas para escupir sangre al escenario. Cuando miró hacia arriba, la brillante sangre roja estaba manchando la parte inferior de su rostro. Sus dientes también brillaban en rojo cuando él…Tessa no lo podía creer, sonrió, sonrió de verdad, y mirando a De Quincey, dijo, “¿Qué te parece, vampiro? Ibas a morder a ese mundano antes. Ahora sabes cómo se siente, ¿no es así?” De Quincey, de rodillas, miró fijamente de Will hasta el desagradable agujero rojo en su propio brazo, el cual ya había empezado a cerrarse, aunque la sangre oscura seguía brotando finamente. “Por eso,” dijo, “morirás, Nefilim.” Will extendió sus brazos abiertamente. De rodillas, sonriendo como un demonio, y la sangre goteando de su boca, apenas parecía humano. “Ven y atrápame.” De Quincey se recuperó para saltar…y Tessa apretó el gatillo. La pistola rebotó en su mano, fuertemente, y el vampiro cayó de lado, la sangre chorreando de su hombro. No le había dado en el corazón. Maldición. Aullando, De Quincey comenzó a esforzarse para ponerse de pie. Tessa alzó su brazo, apretó el gatillo de nuevo…nada. Un débil clic le indicó que la pistola estaba vacía. De Quincey se rió. Aún estaba aferrando su hombro, aunque el flujo de sangre se había convertido en un pequeño chorro. “Camille,” escupió a Tessa. “Volveré por ti. Haré que te arrepientas de haber renacido.” Tessa sintió un escalofrío en la boca del estómago, no sólo su miedo. También el de Camille. De Quincey enseñó sus dientes una última vez y se volteó con increíble velocidad. Corrió a través de la habitación y se lanzó hacia una ventana de cristal en lo alto. Se rompió hacia fuera en una explosión de cristales, llevándolo como si su cuerpo hubiese sido arrastrado por una ola, desvaneciéndose en la noche. Will soltó una maldición. “No podemos perderlo…,” empezó, y se dirigió hacia delante. Entonces se volteó mientras Tessa gritaba. Un vampiro andrajoso se había alzado detrás suyo como un fantasma apareciendo en el aire, y la había agarrado por los hombros. Intentó liberarse, pero su agarre era demasiado fuerte. Podía oírlo murmurando en su oído horribles palabras sobre cómo era una traidora para los Hijos de la Noche, y cómo la desgarraría con sus dientes. “Tessa,” gritó Will, y no estaba segura si él sonaba enfadado u otra cosa. Buscó las relucientes armas de su cinturón. Su mano se cerró sobre la empuñadura de un chuchillo serafín, justo cuando el vampiro giró a Tessa. Ella pudo echar un vistazo a su cara blanca y maliciosa, los colmillos afuera y llenos de sangre, dispuestos a rasgarla. El vampiro se inclinó hacia delante… Y explotó en una lluvia de polvo y sangre. Se disolvió, la carne derritiéndose de su cara y manos, y Tessa pudo ver por un momento el esqueleto negro, anteriormente bajo él, desmoronándose, dejando una pila vacía de ropa atrás. Ropa, y un brillante cuchillo de plata. Ella alzó la vista. Jem se encontraba a unos pocos pasos, luciendo muy pálido. Sostenía el cuchillo en su mano izquierda; la derecha estaba vacía. Había un largo corte en una de sus mejillas, pero parecía no tener otra herida. Su cabello y sus ojos destellaban brutalmente plateados en la luz de las llamas en extinción. “Creo,” dijo él, “que ese era el último de ellos.” Sorprendida, Tessa echó un vistazo a la habitación. El caos había disminuido. Los Cazadores de Sombras se movían de un lado a otro entre los escombros; algunos estaban sentados en sillas, siendo atendidos y curados por las estelas de otros…pero no podía ver a ningún vampiro. El humo del incendio también había cesado, aunque las cenizas blancas de las cortinas en llamas todavía flotaban por la habitación como una nieve inesperada. Will, con sangre aún goteando de su barbilla, miró a Jem con sus cejas enarcadas. “Buen lanzamiento,” dijo.
Jem sacudió su cabeza. “Mordiste a De Quincey,” dijo. “Idiota. Es un vampiro. Sabes lo que significa morder a un vampiro."

“No tuve opción,” dijo Will. “Me estaba ahorcando.” “Lo sé,” dijo Jem. “Pero en serio, Will. ¿Otra vez?” Fue Henry, al final, quien liberó a Nathaniel de la silla de la tortura por el simple recurso de golpear con el lado plano de una espada hasta que las esposas se abrieron. Nathaniel se deslizó hasta el suelo, dónde yacía gimiendo, Tessa acunándolo. Charlotte se alborotó un poco, trayendo paños húmedos para limpiar la cara de Nate, y un trozo roto de cortina para echarle encima, antes de dirigirse hacia Benedict Lightwood para entablar una enérgica conversación, durante la cual alternaba señas dirigidas a Tessa y Nathaniel, y agitaba sus manos de una manera dramática. Tessa, completamente aturdida y exhausta, se preguntó qué diablos podría estar haciendo Charlotte. La verdad, no importaba mucho. Todo parecía estar ocurriendo en un sueño. Se sentó en el suelo con Nathaniel mientras los Cazadores de Sombras se movían alrededor de ella, dibujándose unos a otros con sus estelas. Era increíble ver cómo se desvanecían sus heridas cuando la Marcas curativas recorrían su piel. Todos parecían capaces de dibujar las Marcas. Observó mientras Jem, con una mueca de dolor, se desabrochaba su camisa para mostrar un gran corte a lo largo de su pálido hombro; miraba hacia otro lado, su boca apretada, mientras Will dibujaba cuidadosamente una Marca debajo de la herida. No se dio cuenta del motivo por el que estaba tan cansada hasta que Will, habiendo terminado con Jem, se acercó a ella con paso lento. “Veo que has vuelto,” dijo. Tenía una toalla húmeda en una mano pero aún no se había molestado en limpiar la sangre de su cara y cuello. Tessa se dirigió una mirada. Era verdad. En algún momento había perdido a Camille y había vuelto a ser ella misma. Debió haber estado realmente aturdida, pensó, para no haber notado el regreso de sus propios latidos. Palpitaba dentro de su pecho como un tambor. “No sabía que supieras usar una pistola,” añadió Will. “No sé hacerlo,” dijo Tessa. “Creo que Camille sí lo hace. Fue…instintivo.” Se mordió el labio. “No es como si importara, ya que no funcionó.”
“Raramente las usamos. Grabar runas en el metal de una pistola o en una bala impide que la pólvora se prenda; nadie sabe el por qué. Henry ha intentado averiguar el problema, por supuesto, pero sin éxito. Ya que no puedes matar a un demonio sin un arma con runas o un cuchillo serafín, las pistolas no nos son muy útiles. Los vampiros mueren si les disparas atravesando el corazón, es verdad, y los hombres lobo pueden lesionarse si tienes una bala de plata, pero si fallas los órganos vitales, sólo volverán por ti más enfadados que nunca. Los cuchillos con runas simplemente funcionan mejor para nuestros propósitos. Si le clavas a un vampiro un cuchillo con runas les será más difícil recuperarse y sanar.” Tessa lo miró, su mirada firme. “¿No es difícil?” Will tiró a un lado el paño húmedo. Estaba escarlata por la sangre. “¿Qué es difícil?” “Matar vampiros,” dijo ella. “Puede que no sean personas, pero lo parecen. Sienten como lo hacen las personas. Gritan y sangran. ¿No es difícil asesinarlos?” La mandíbula de Will se tensó. “No,” dijo. “Y si realmente supieras algo sobre ellos…” “Camille siente,” dijo ella. “Ama y odia.” “Y ella sigue viva. Todo el mundo tiene elecciones, Tessa. Esos vampiros no hubieran estado aquí esta noche si no hubieran hecho las suyas.” Bajó la mirada hacia Nathaniel, echado en el regazo de Tessa. “E imagino, que tu hermano tampoco habría estado.” “No sé por qué de Quincey lo quería muerto,” dijo Tessa suavemente. “No sé qué pudo haber hecho para provocar la ira de los vampiros.”
“¡Tessa!” era Charlotte, moviéndose rápidamente hacia Tessa y Will como un colibrí. Aún parecía muy pequeña, y muy inofensiva, pensó Tessa, a pesar del equipamiento de combate que llevaba y las Marcas negras que enlazaban su piel como serpientes enrolladas. “Se nos ha dado permiso para llevar a tu hermano al Instituto con nosotros,” anunció, gesticulando hacia Nathaniel con su pequeña mano. “Puede que los vampiros lo hayan drogado. Ciertamente ha sido mordido, y ¿quién sabe qué más? Podría volverse oscuro45…o algo peor, si no lo prevenimos. En cualquier caso, dudo que sean capaces de ayudarlo en un hospital mundano. Con nosotros, al menos los Hermanos Silenciosos podrán verlo, pobrecito.” “¿Pobrecito?” repitió Will de una manera bastante grosera. “Él eligió meterse en esto, ¿no fue así? Nadie le dijo que huyera y se involucrara con un grupo de Submundos.” “En serio, Will.” Charlotte lo miró fríamente. “¿No puedes tener un poco de empatía?” “Dios santo,” dijo Will, mirando de Charlotte a Nate una y otra vez. “¿Acaso hay algo que haga a las mujeres más tontas que cuando ven a un joven herido?” Tessa lo miró con los ojos entrecerrados. “Quizás quieras limpiar el resto de sangre de tu cara antes de que continúes discutiendo sobre eso.”
Will alzó sus brazos al aire y se fue majestuosamente. Charlotte miró a Tessa, una media sonrisa curvando un lado de su boca. “Debo decir que me gusta la forma en que manejas A WILL"
Tessa sacudió su cabeza. “Nadie maneja a Will.” Se decidió rápidamente que Tessa y Nathaniel irían con Henry y Charlotte en un carruaje; Will y Jem irían a casa en un carruaje más pequeño prestado por la tía de Charlotte, con Thomas como su conductor. Los Lightwood y el resto de la Enclave se quedarían atrás para registrar la casa de De Quincey, sin dejar alguna evidencia de la batalla que pudiera ser descubierta por los mundanos en la mañana. Will quería quedarse y formar parte de la búsqueda, pero Charlotte había sido firme. Él había ingerido sangre de vampiro y necesitaba volver al Instituto lo más pronto posible para comenzar la curación. Thomas, sin embargo, no permitiría que Will entrara en el carruaje cubierto de sangre tal y como estaba. Después de anunciar que volvería en “medio tic”, Thomas se fue a buscar un trozo de tela húmeda. Will se apoyó contra un lado del carruaje, mirando como la Enclave entraba y salía precipitadamente de la casa de De Quincey como si fueran hormigas, rescatando papeles y muebles de lo que quedaba del fuego. Volviendo con un paño enjabonado, Thomas se lo entregó a Will, e inclinó su gran cuerpo a un lado del carruaje. Éste se meció bajo su peso. Charlotte siempre había alentado a Thomas para que se uniera a Jem y Will en las partes físicas de su entrenamiento, y con el paso de los años, Thomas había pasado de ser un niño flacucho a un hombre tan grande y musculoso que los sastres se desesperaban con sus medidas. Will podía ser el mejor luchador, lo llevaba en su sangre, pero la comandante presencia física de Thomas era difícil de ignorar. En ocasiones, Will no podía evitar recordar la primera vez que Thomas había ido al Instituto. Pertenecía a una familia que había servido a los Cazadores de Sombras durante años, pero había nacido tan frágil que pensaron que no sobreviviría. Cuando alcanzó los doce años de edad, fue enviado al Instituto; en esa época seguía siendo tan pequeño que apenas aparentaba nueve años. Will se había burlado de Charlotte por querer emplearlo, pero secretamente había esperado que se quedara, así habría otro chico de su edad en la casa. Y habían sido una especie de amigos, el Cazador de Sombras y el chico sirviente…hasta que llegó Jem y Will se olvidó de Thomas casi por completo. Thomas nunca pareció reprochárselo, tratando a Will con la misma simpatía con la que trataba a todo el mundo.
“Siempre es raro ver ocurrir esta clase de cosas, y ninguno de los vecinos está fuera ni para echar un vistazo,” dijo Thomas, recorriendo la calle con su mirada. Charlotte siempre había demandado que los sirvientes del Instituto hablaran un inglés “correcto” dentro de sus paredes, y el acento de Thomas del East End46 tendía a ir y venir dependiendo de si lo recordaba o no.
“Hay glamours muy fuertes trabajando aquí.” Will se frotó la cara y el cuello. “Y supongo que en esta calle hay algunos que no son mundanos, y que saben mantenerse fuera de los asuntos en los que los Cazadores de Sombras estén implicados.” “Bueno, son muy aterradores, eso es cierto,” dijo Thomas, tan serenamente que Will sospechó que se estaba riendo de él. Thomas señaló la cara de Will. “Mañana tendrás un moretón del tamaño de un ratón si no usas una iratze allí.” “Quizás quiero un ojo negro,” dijo Will malhumorado. “¿No lo habías pensado?” Thomas simplemente sonrió y se deslizó en la banca del conductor en la parte delantera del carruaje. Will se quedó atrás para restregarse y quitarse la sangre seca de vampiro que había en sus manos y brazos. La tarea lo estaba absorbiendo lo suficiente como para ser capaz de ignorar casi por completo a Gabriel Lightwood, que salió de las sombras y fue aproximándose lentamente a Will, con una sonrisa de superioridad adherida en su rostro. “Buen trabajo allí, Herondale, incendiando el lugar,” observó Gabriel. “Buena suerte que estuviéramos para limpiar después de ti, o todo el plan habría ardido en llamas, al igual que los fragmentos de tu reputación.” “¿Insinúas que los fragmentos de mi reputación permanecen intactos?” demandó Will con falso horror. “Claramente he estado haciendo algo mal. O no haciendo algo mal, como es el caso.” Golpeó un lado del carruaje. “¡Thomas! ¡Debemos ir al burdel más cercano! Busco escándalo y mala compañía.” Thomas bufó y dijo algo entre dientes que sonó como “tonterías,” lo que Will ignoró. La cara de Gabriel se oscureció. “¿Hay algo que no sea una broma para ti?” “Nada que me venga a la mente.” “Sabes,” dijo Gabriel, “hubo un tiempo en el que pensé que podíamos ser amigos, Will.” “Hubo un tiempo en el que pensé que era un hurón,” dijo Will, “pero resultó ser una alucinación por el opio. ¿Sabías que tenía ese efecto? Porque yo no.” “Creo,” dijo Gabriel, “que quizás deberías considerar si los chistes sobre el opio son o divertidos o de buen gusto, dada la... situación de tu amigo Carstairs.” Will se congeló. Con el mismo tono de voz, dijo, “¿Te refieres a su discapacidad?” Gabriel pestañeó. “¿Qué?” “Así es como lo llamaste. En el Instituto. Su „discapacidad.‟” Will tiró el paño sangriento a un lado. “Y te preguntas por qué no somos amigos."
“Simplemente me preguntaba,” dijo Gabriel, con una voz más suave, “si quizás algún día tendrás suficiente.” “¿Suficiente de qué?” “Suficiente de comportarte como lo haces.” Will cruzó sus brazos sobre su pecho. Sus ojos chispearon peligrosamente. “Oh, nunca puedo obtener lo suficiente,” dijo. “Lo cual, casualmente, es lo que me dijo tu hermana cuando…” La puerta del carruaje se abrió de repente. Una mano salió disparada, agarrando a Will por la parte trasera de su camisa, y lo arrastró adentro. La puerta se cerró fuertemente tras él, y Thomas, sentado rígido, tiró de las riendas de los caballos. Un momento más tarde, el carruaje avanzó sumergiéndose en la noche, dejando atrás a Gabriel con la mirada fija en él, enfurecido.
“¿En qué estabas pensando?” Jem, habiendo depositado a Will en el asiento opuesto al suyo, sacudió su cabeza, sus ojos plateados brillando en la oscuridad. Sostuvo su bastón entre las rodillas, su mano descansando suavemente encima del tallado con forma de cabeza de dragón. El bastón había pertenecido al padre de Jem, Will lo sabía, y había sido diseñado para él por un fabricante de armas de Cazadores de Sombras en Pekín. “Molestándo así a Gabriel Lightwood, ¿por qué lo haces? ¿Cuál es el objetivo?” “Oíste lo que ha dicho sobre ti…” “No me importa lo que diga de mí. Es lo que todos piensan. Sólo que él tiene el coraje de decirlo.” Jem se inclinó hacia delante, apoyando su barbilla en su mano. “Sabes, no puedo funcionar como tu sentido de auto-preservación por siempre. Con el tiempo tendrás que aprender a arreglártelas sin mí.” Will, como siempre hacía, ignoró esto. “Gabriel Lightwood es difícilmente una amenaza.” “Entonces olvídate de Gabriel. ¿Hay alguna razón en particular por la que sigas mordiendo vampiros?” Will tocó la sangre seca de sus muñecas, y sonrió. “No se lo esperan.” “Por supuesto que no lo hacen. Saben lo que pasa cuando uno de nosotros consume sangre de vampiro. Probablemente esperan que tengas más sentido común.” “Esa expectación nunca parece servirles demasiado, ¿no es así?” “Tampoco te sirve a ti.” Jem miró a Will pensativamente. Él era el único que nunca perdía los estribos con Will. Cualquier cosa que hiciera Will, la reacción más extrema que parecía ser capaz de provocar en Jem era una leve exasperación. “¿Qué pasó allí dentro? Estábamos esperando la señal…”
“El maldito Fósforo de Henry no funcionó. En lugar de enviar una llamarada de luz, incendió las cortinas.” Jem soltó una risita nasal. Will lo miró. “No es divertido, no sabía si el resto de Ustedes iban a aparecer o no.” “¿En serio pensaste que no iríamos por ustedes después de que todo el sitio se encendiera como una antorcha?” preguntó Jem razonablemente. “Podrían haber estado tostándolos en un asador, por todo lo que sabíamos.” “Y Tessa, la tonta criatura, se suponía que estaría afuera con Magnus, pero no se iba…” “Su hermano estaba esposado a una silla de la habitación,” señaló Jem. “Yo tampoco estaría seguro de irme.” “Veo que estás decidido a ignorar mi punto.” “Si tu punto es que había una chica guapa en la habitación y te estaba distrayendo, creo que lo he entendido fácilmente.” “¿Piensas que es guapa?” Will estaba sorprendido; Jem raramente opinaba sobre este tipo de cosas. “Sí, y tú también lo piensas.” “No me había dado cuenta, de veras.” “Sí, lo has hecho, y yo me he dado cuenta de que lo has notado.” Jem estaba sonriendo. A pesar del estrés de la batalla, esta noche parecía estar sano. Había color en sus mejillas, y sus ojos estaban de un plateado oscuro y permanente. Había ocasiones en que la enfermedad lo dejaba muy mal, cuando le desaparecía todo el color, inclusive el de sus ojos, dejándolo horriblemente pálido, casi blanco, con sus pequeñas pupilas negras en el centro como un pequeño punto de ceniza negra en la nieve. Había momentos en los que también comenzaba a delirar. Will había sujetado a Jem mientras se destrozaba, sollozando en otro lenguaje y sus ojos rodados hacia atrás. Y cada vez que eso pasaba, Will pensaba que eso era todo, y que Jem iba a morir esta vez. A veces pensó en qué haría después, pero no podía imaginárselo, no más de lo que quería mirar atrás y recordar su vida antes de que llegara al Instituto. No soportaba pensar en ello por mucho tiempo. Pero también había otras ocasiones, como ésta, en las que miraba a Jem y no veía ningún signo de la enfermedad en él, y se preguntaba cómo sería un mundo en el que Jem no estuviese muriendo. Y tampoco aguantaba pensar en ello. Era un lugar negro y terrible dentro de él de donde provenía su miedo, una voz oscura que sólo podía silenciar con enfado, riesgo y dolor. “Will,” la voz de Jem cortó las ensoñaciones desagradables de Will. “¿Has oído alguna palabra de lo que he dicho estos últimos cinco minutos?” “La verdad es que no.” “No tenemos que hablar de Tessa si no quieres, lo sabes.” “No es por Tessa.” Esto era cierto. Will no había estado pensando sobre Tessa. Se estaba volviendo bueno en no pensar en ella, la verdad; todo lo que necesitaba era determinación y práctica. “Una de las vampiras tenía un sirviente humano que vino hacia mí. Lo maté,” dijo Will. “Sin ni siquiera pensarlo. Era sólo un estúpido chico humano, y lo maté.” “Era un oscuro,” dijo Jem. “Se estaba Convirtiendo. Habría sido cuestión de tiempo.” “Era sólo un chico,” dijo Will otra vez. Giró su cara en dirección a la ventana, aunque el brillo de la luz mágica en el carruaje significaba que todo lo que podía ver era su propia cara reflejándose hacia él. “Voy a emborracharme cuando lleguemos a casa,” añadió. “Creo que tendré que hacerlo.” “No, no lo harás,” dijo Jem. “Sabes exactamente lo que pasará cuando lleguemos a casa.” Porque él tenía razón, Will frunció el ceño. ***
Delante de Will y Jem, en el primer carruaje, Tessa estaba sentada en el asiento de terciopelo detrás de Henry y Charlotte; estaban hablando en murmullos sobre la noche y sobre cómo había ido. Tessa dejó que las palabras resbalaran por encima de ella, sin darles importancia. Sólo dos Cazadores de Sombras habían sido asesinados, pero la huída de De Quincey fue un desastre, y Charlotte estaba preocupada de que la Enclave estuviera enfadada con ella. Henry hizo sonidos tranquilizadores, pero Charlotte parecía inconsolable. Tessa se sentiría mal por ella, si tuviera la energía suficiente para sentir algo. Nathaniel se encontraba encima de Tessa, su cabeza en su regazo. Se dobló hacia él, acariciando su sucio cabello enredado con los dedos enguantados. “Nate,” dijo, tan suavemente que esperó que Charlotte no la escuchara. “Eso es todo. Todo está bien.” Las pestañas de Nathaniel se agitaron y sus ojos se abrieron. Su mano se levantó, las uñas rotas, sus nudillos inflamados y deformados, y apretó fuertemente su mano, entrelazando sus dedos con los de ella. “No te vayas,” dijo densamente. Sus ojos se cerraron de nuevo; estaba claramente vagando dentro y fuera de su conciencia, si es que estaba algo consciente. “Tessie…quédate.” Nunca nadie más la había llamado así; cerró sus ojos, reprimiendo las lágrimas. No quería que Charlotte, u otro Cazador de Sombras, la viera llorar.

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