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martes, 25 de febrero de 2014

10. PRINCIPES Y REYES PALIDOS

“Vi pálidos reyes, y también príncipes38, y pálidos guerreros, pálidos como la muerte eran todos ellos.” —John Keats, “La Belle Dame Sans Merci”


Mientras el coche se tambaleaba a lo largo de la Strand40, Will levantó una mano enguantada de negro y corrió una de las cortinas de terciopelo de la ventana, dejando que un poco de amarilla luz de gas encontrara camino en el oscuro interior del carruaje. “Eso más bien parece,” dijo “como si fuéramos a tener lluvia esta noche.” Tessa siguió su mirada; fuera de la ventana el cielo estaba nublado y gris, un color acero… lo habitual para Londres, pensó. Hombres con sombreros y largos abrigos oscuros iban a prisa por la acera a ambos lados de la calle, sus hombros encorvados contra un fuerte viento que llevaba polvo de carbón, estiércol de caballo y todo tipo de basura que pica-ojos a su paso. Una vez más, Tessa pensó que podría oler el río. “¿Eso es una iglesia, lo que está directamente en el medio de la calle?” preguntó en voz alta. “Es la Santa María de le Strand,” dijo Will “Y hay una larga historia al respecto, pero no voy a contártela ahora. ¿Has estado escuchando algo de lo que he estado diciendo?” “Lo estaba,” dijo Tessa “Hasta que hiciste una observación sobre la lluvia. ¿A quién le importa la lluvia? Estamos de camino a algún tipo de… evento social vampiro y no tengo idea de cómo se supone que debo actuar, y hasta ahora no me has ayudado en absoluto.” La esquina de la boca de Will se torció hacia arriba “Sólo se cuidadosa cuando lleguemos a la casa, no puedes mirarme para pedirme ayuda o instrucción. Recuerda, soy su humano subyugado. Me mantienes cerca por sangre, sangre si la quieres o no, y nada más.” “Así que no vas a hablar esta noche,” dijo Tessa, “En lo absoluto.” “No, a menos que me instruyas a que lo haga.” Dijo Will. “Esta noche suena como si pudiera ser mejor de lo que pensaba.” Will parecía no haberla oído. Con su mano derecha estaba apretando el soporte de un cuchillo en el puño de la camisa de su muñeca izquierda. Estaba mirando hacia la ventana, como si estuviera viendo algo que no era visible para ella. “Puede ser que pienses en los vampiros como monstruos salvajes, pero estos vampiros no son así. Son tan cultos así como crueles. Afilados cuchillos contra hojas sin filo de la humanidad.” La línea de su mandíbula se endureció en la penumbra “Tendrás que intentar mantener el ritmo. Y por el amor de Dios, sino puedes, no digas nada en absoluto. Ellos tienen un sentido tortuoso y opaco de etiqueta. Una grave metedura de pata social, puede significar la muerte instantánea.” Las manos de Tessa se apretaron unas a otra en su regazo. Estaban frías. Podía sentir la frialdad de la piel de Camille, incluso a través de sus guantes. “¿Estás bromeando? ¿De la forma en que lo estabas en la biblioteca acerca de soltar ese libro?” “No.” Su voz era distante. “Will, estás asustándome.” Las palabras salieron de la boca de Tessa antes de que pudiera detenerlas; se tensó, esperando que le tomara el pelo. Will desvió su mirada de la ventana y la miró como si alguna comprensión hubiera nacido en él. “Tess,” dijo, y Tessa sintió una sacudida momentánea; nadie la había llamado Tess alguna vez. Algunas veces su hermano la había llamado Tessie, pero eso era todo. “Sabes que no tienes que hacer esto si no quieres.” Ella tomó aire, uno que no necesitaba. “¿Y luego qué? ¿Damos vuelta y regresamos a casa?” Él estiró sus manos, y tomó las de ella. Las manos de Camille eran tan pequeñas que los oscuros guantes de Will parecían tragárselas. “Uno para todos, y todos para uno,” dijo. Ella sonrió ante eso, débilmente, “¿Los Tres Mosqueteros?” Su firme mirada sostuvo la de ella. Sus ojos azules eran muy oscuros, únicos. Había conocido antes a gente con los ojos azules, pero siempre habían sido de color azul claro. Los de Will eran justo del color del cielo al borde de la noche. Sus largas pestañas los velaban mientras él decía, “A veces, cuando tengo que hacer algo que no quiero hacer, finjo que soy el personaje de un libro. Es más fácil saber lo que ellos harían.”
“¿En serio? ¿Quién pretendes ser? ¿D‟Artagnan41?” preguntó Tessa, nombrando al único de los Tres mosqueteros que podía recordar. “„Esto que hago ahora, es mejor, mucho mejor que cuanto hice en la vida.” Citó Will. “„El descanso que voy a lograr es mucho, mucho más agradable que cuanto conocí anteriormente.”
“¿Sydney Carton42? ¡Pero dijiste que odiabas Historia de Dos Ciudades!” “No realmente.” Will parecía desvergonzado por su mentira. “Y Sydney Carton era un alcohólico libertino.”
“Exactamente. Era un hombre que no valía nada, y sabía que no valía nada, y sin embargo, por de bajo, trababa de ocultar su alma, siempre hubo una parte de él capaz de una buena acción.” Will bajó la voz. “¿Que es lo que dice a Lucie Manette43? ¿Qué a pesar de que es débil, todavía puede quemarse?” Tessa, que había leído Historia de Dos Ciudades, más veces de las que podía contar, susurró “„Pero todavía siento la debilidad de desear que sepas con qué fuerza encendiste en mí algunas chispas a pesar de no ser yo más que ceniza, chispas que se convirtieron en fuego.‟” Dudó “Pero eso era porque la amaba.” “Sí,” dijo Will “La amaba lo suficiente para saber que ella estaba mejor sin él.” Sus manos estaban aún en las de ellas, y el calor de éstas quemaba a través de sus guantes. Fuera, el viento era fresco, y agitaba su cabello negro coma la tinta, cuando habían cruzado el patio del Instituto hacia el carruaje. Lo hacía verse más joven y vulnerable… y sus ojos, también era vulnerables, abiertos como una puerta. La forma en que la miraba, ella no habría pensado que Will podría, o querría, mirar a nadie así. Si pudiera sonrojarse, pensó, como de ruborizada estaría ahora Y entonces deseó no haber pensado en eso. Pues ese pensamiento llevaba, inevitable y desagradablemente, a otro. ¿La estaba viendo a ella ahora, o a Camille, quien era de hecho, exquisitamente hermosa? ¿Era esa la razón por su cambio de expresión? ¿Podía ver a Tessa a través del disfraz, o sólo su apariencia? Se echó hacia atrás, sacando sus manos de las de él, aunque estaban cerradas firmemente alrededor de las de ella. Le tomó un momento separarlas. “Tessa…” comenzó él, pero antes de que pudiera decir algo más, el carruaje se detuvo con una sacudida que hizo que las cortinas de terciopelo se balancearan. Thomas gritó, “¡Llegamos!” Desde el asiento del conductor. Will, luego de tomar una respiración profunda, abrió la puerta y saltó al pavimento, levantando la mano para ayudarle a ella a bajar después de él. Tessa inclinó su cabeza al bajar del carruaje para evitar aplastar cualquiera de las rosas en el sombrero de Camille. Aunque Will usaba guantes, como ella hacía, casi podría imaginar que sentía el latido de la sangre bajo su piel, incluso a través de la doble capa de tela que los separaba. Su rostro estaba enrojecido; el color brillante en sus mejillas y ella se preguntó si era el frío el que azotaba la sangre a su cara, o algo más. Estaban de pie delante de una gran casa blanca con una entrada de altos pilares. Estaba rodeada de casas similares a cada lado, como una fila de pálidas fichas de dominó. En lo alto de una hilera de escalones blancos había un par de puertas dobles pintadas de negro. Estaban entreabiertas, y Tessa pudo ver el resplandor de las velas desde el interior, brillante con una cortina. Tessa se volvió para mirar a Will. Detrás de él, Thomas estaba sentado en la parte delantera del carruaje, con el sombrero inclinado hacia delante para ocultar su rostro. La pistola con mango de plata metida en el bolsillo de su chaleco, estaba oculta por completo de la vista. En algún lugar en la parte de atrás de su cabeza, sintió a Camille riéndose, y sabía, sin saber como lo sabía, que estaba percibiendo la diversión de la mujer vampiro por su admiración por Will. Ahí estás, pensó Tessa aliviada a pesar de su molestia. Había empezado a temer que la voz interior de Camille nunca llegaría a ella. Se apartó de Will, levantando la barbilla. La altiva pose no era natural en ella pero lo era en Camille. “No te vas a dirigir a mí como Tessa, sino como una sirviente haría,” dijo, sus labios se encresparon. “Ahora ven.” Sacudió la cabeza imperiosamente hacia los escalones, y partió sin mirar atrás para ver si él la seguía.

Un lacayo elegantemente vestido la esperaba unos pasos más arriba. “Su Señoría,” murmuró, y mientras él se inclinaba, Tessa vio los dos pinchazos de colmillos en su cuello, justo por encima de su camisa. Volvió la cabeza para ver a Will detrás de ella, y estaba a punto de presentarlo al lacayo, cuando la voz de Camille susurró en la parte de atrás de su cabeza, No acostumbramos presentar a nuestras mascotas humanas entre sí. Ellos son de nuestra propiedad, sin nombre, a menos que decidamos darles nombres. Ugh, pensó Tessa. En su disgusto apenas notó cundo el lacayo la guió por un pasillo largo a una gran sala con suelo de mármol. Él se inclinó de nuevo y se marchó. Will se movió a su lado, y por un momento ambos quedaron mirándose fijamente. El espacio sólo estaba iluminado por velas. Decenas de candelabros de oro punteaban la habitación, velas blancas de manteca ardían en los soportes. Manos talladas de mármol se extendían desde las paredes, cada una sujetando una vela roja, gotas de cera roja florecían como rosas a lo largo de los lados del mármol tallado. Y entre los candelabros se movían los vampiros, con sus rostros tan blancos como nubes, sus movimientos gráciles, líquidos y extraños. Tessa podía ver sus similitudes con Camille, los rasgos que compartían, la piel sin poros, los ojos de color de piedras preciosas, las mejillas pálidas manchadas con rubor artificial. Algunos parecían más humanos que otros, muchos estaban vestidos a la moda de tiempos pasados; pantalones cortos a la rodilla y corbatas, faldas tan exuberantes como la de María Antonieta o recogidas en una cola en la espalda, puños de encaje y ropa con volantes. La mirada de Tessa escaneaba la habitación frenéticamente en busca de una figura familiar de pelo rubio, pero Nathaniel no estaba a la vista. En su lugar se encontró intentando no mirar fijamente a una mujer alta y esquelética, vestida con una gran peluca y la empolvada moda de hace cien años. Su rostro era rígido y espantoso, más blanca que el polvo blanco de sus cabellos. Su nombre era Lady Dalilah, la voz de Camille susurró en la mente de Tessa. Lady Delilah sostenía una pequeña figura por la mano, y la mente de Tessa retrocedió—Un niño ¿En este lugar?—pero cuando la figura se volvió, vio que era un vampiro también, hundidos ojos oscuros eran como pozos en su redondeado rostro infantil. Le sonrió a Tessa, mostrándo los colmillos desnudos. “Debemos buscar a Magnus Bane,” dijo Will en voz baja “Él tiene la intensión de guiarnos a través de este lío, lo señalaré si lo veo.”
Estaba a punto de decirle a Will que Camille reconocería a Magnus, cuando vio a un hombre delgado con una melena de pelo rubio, vestido con un traje de cola negro. Tessa sentía que su corazón saltaba… y luego caía en una amarga decepción cuando él se giró. No era Nathaniel. Ese hombre era un vampiro, con un rostro pálido y anguloso. Su cabello no era amarillo como el de Nate, sino que era casi incoloro bajo la luz de las velas. Le hizo un guiño a Tessa y comenzó a moverse hacia ella abriéndose paso entre la multitud. No sólo había vampiros entre ellos, vio Tessa, sino que también había humanos subyugados. Llevaban relucientes bandejas de servir, y en las bandejas había grupos de vasos vacíos, junto a los vasos había una serie de utensilios de plata extendidos, todo puntiagudo. Cuchillos, por supuesto, y herramientas delgadas como los punzones utilizados por los zapateros para perforar agujeros en el cuero. Mientras Tessa miraba confundida, uno de los subyugados fue detenido por la mujer de la blanca peluca empolvada. Chasqueó los dedos imperiosamente, y el oscuro—un muchacho pálido con una chaqueta gris y pantalón—giró la cabeza hacia un lado obedientemente. Después de coger un punzón fino de la bandeja con sus flacos dedos, la vampira señaló con la punta afilada a través de la garganta del niño, justo debajo de la mandíbula. Los vasos se tambalearon en la bandeja cuando su mano tembló, pero no dejó caer la bandeja, ni siquiera cuando la mujer levantó un vaso y lo apretó contra su garganta para que la sangre corriera por él en un fino chorro. El estómago de Tessa se apretó con una repentina mezcla de repulsión… y hambre; no podía negar el hambre, incluso aunque le perteneciera a Camille y no a ella. Más fuerte que la sed, sin embargo, fue su horror. Vio como la mujer vampiro levantaba la copa hacia sus labios, el chico humano de pie a su lado, con el rostro ceniciento y tembloroso mientras ella bebía. Quería extenderse por la mano de Will, pero una baronesa vampiro nunca le sostendría la mano a su humano subyugado. Enderezó su columna vertebral, y llamó a su lado a Will con un rápido chasquido de sus dedos. Él levantó la vista sorprendido, luego se movió hacia ella, claramente luchando por ocultar su fastidio, pero era necesario esconderlo. “Ahora, no te vayas a vagar, William,” dijo con una mirada significativa. “No quiero perderte en la multitud.” La mandíbula de Will se apretó “Tengo la extraña sensación de que estás disfrutando esto,” dijo por lo bajo. “No hay nada extraño en eso.” Sintiéndose increíblemente audaz, Tessa le levantó la barbilla con la punta de su abanico de encaje. “Simplemente pórtate bien.” sentía que su corazón saltaba… y luego caía en una amarga decepción cuando él se giró. No era Nathaniel. Ese hombre era un vampiro, con un rostro pálido y anguloso. Su cabello no era amarillo como el de Nate, sino que era casi incoloro bajo la luz de las velas. Le hizo un guiño a Tessa y comenzó a moverse hacia ella abriéndose paso entre la multitud. No sólo había vampiros entre ellos, vio Tessa, sino que también había humanos subyugados. Llevaban relucientes bandejas de servir, y en las bandejas había grupos de vasos vacíos, junto a los vasos había una serie de utensilios de plata extendidos, todo puntiagudo. Cuchillos, por supuesto, y herramientas delgadas como los punzones utilizados por los zapateros para perforar agujeros en el cuero. Mientras Tessa miraba confundida, uno de los subyugados fue detenido por la mujer de la blanca peluca empolvada. Chasqueó los dedos imperiosamente, y el oscuro—un muchacho pálido con una chaqueta gris y pantalón—giró la cabeza hacia un lado obedientemente. Después de coger un punzón fino de la bandeja con sus flacos dedos, la vampira señaló con la punta afilada a través de la garganta del niño, justo debajo de la mandíbula. Los vasos se tambalearon en la bandeja cuando su mano tembló, pero no dejó caer la bandeja, ni siquiera cuando la mujer levantó un vaso y lo apretó contra su garganta para que la sangre corriera por él en un fino chorro. El estómago de Tessa se apretó con una repentina mezcla de repulsión… y hambre; no podía negar el hambre, incluso aunque le perteneciera a Camille y no a ella. Más fuerte que la sed, sin embargo, fue su horror. Vio como la mujer vampiro levantaba la copa hacia sus labios, el chico humano de pie a su lado, con el rostro ceniciento y tembloroso mientras ella bebía. Quería extenderse por la mano de Will, pero una baronesa vampiro nunca le sostendría la mano a su humano subyugado. Enderezó su columna vertebral, y llamó a su lado a Will con un rápido chasquido de sus dedos. Él levantó la vista sorprendido, luego se movió hacia ella, claramente luchando por ocultar su fastidio, pero era necesario esconderlo. “Ahora, no te vayas a vagar, William,” dijo con una mirada significativa. “No quiero perderte en la multitud.” La mandíbula de Will se apretó “Tengo la extraña sensación de que estás disfrutando esto,” dijo por lo bajo. “No hay nada extraño en eso.” Sintiéndose increíblemente audaz, Tessa le levantó la barbilla con la punta de su abanico de encaje. “Simplemente pórtate bien.”“Son tan difíciles de adiestrar, ¿no es así?” El hombre con cabello incoloro surgió de la multitud, inclinando la cabeza hacia Tessa. “Humanos subyugados, digo,” agregó, confundiendo su expresión de sorpresa con confusión. “Y luego una vez que los tenga propiamente entrenados, se mueren de una cosa u otra. Delicadas criaturas, los seres humanos. Todos con la longevidad de mariposas.” Sonrió. Su sonrisa mostró los dientes. Su piel tenía la palidez azulada del hielo endurecido. Tenía el cabello casi blanco y colgaba recto hasta los hombros, rozando el cuello de su abrigo oscuro y elegante, su chaleco era de seda gris, con patrones de torcidos símbolos de plata. Parecía un príncipe Ruso salido de un libro. “Es bueno verla, Lady Belcourt,” dijo, también había un acento en su voz, no era Francés… Más esloveno. “¿Le echó un vistazo al nuevo carruaje, a través de la ventana?” Este es De Quincey, susurró la voz de Camille en la mente de Tessa. Las imágenes se levantaron repentinamente en su cerebro, como una fuente dada vuelta, vertiendo visiones en lugar de agua. Se vio a si misma bailando con De Quincey, con sus manos sobre sus hombros; estando de pie junto a un arrollo negro bajo el cielo de una blanca noche del norte, viendo como se alimentaba de algo pálido y tendido sobre la hierba; sentada inmóvil en una larga mesa de otros vampiros, con De Quincey a la cabecera, mientras vociferaba y le gritaba y bajaba su puño tan fuerte que el mármol de la mesa se astilló agrietándose. Él le gritaba algo acerca de un hombre lobo y una relación que ella viviría para lamentar. Entonces estaba sentada sola en una habitación, en la oscuridad, y lloraba, y De Quincey entró y se arrodilló junto a su silla y le tomó la mano, queriendo consolarla, a pesar de que había sido la causa de su dolor. ¿Los vampiros pueden llorar? Fue el primer pensamiento de Tessa, y luego, Ellos se conocían desde hace mucho tiempo, Alexei de Quincey y Camille Belcourt. Fueron amigos una vez, y él piensa que todavía son amigos. “De hecho, Alexei,” dijo ella, y mientras lo decía, supo que era el nombre que había estado intentando recordar en la mesa durante la cena de la otra noche, el nombre extranjero que las Hermanas Oscura habían dicho. Alexei. “Quería algo un poco… más espacioso.” Tendió la mano, y se quedó inmóvil mientras él la besaba, sus labios fríos sobre su piel. Los ojos de De Quincey se deslizaron pasando de Tessa a Will, y se lamió los labios. “Y un nuevo subyugado, también, ya veo. Este es bastante atractivo.” Extendió una pálida mano delgada, y deslizó su dedo índice por el lado de la mejilla de Will hasta su mandíbula. “Que inusual colorido,” meditó. “Y esos ojos.”
“Gracias,” dijo Tessa, en la forma de alguien siendo elogiado sobre un especial buen gusto en la elección del empapelado de las paredes. Observó nerviosamente como de Quincey se movía incluso más cerca de Will, quien se veía pálido y tenso. Se preguntó si estaba teniendo problemas conteniéndose cuando seguramente cada uno de sus nervios estaba gritando ¡Enemigo! ¡Enemigo! De Quincey arrastró sus dedos desde la mandíbula de Will hasta su garganta, hasta su clavícula donde su latía su pulso. “Ahí,” dijo, y esta vez cuando sonrió, sus blancos colmillos eran visibles. Eran finos y afilados en las puntas, como agujas. Sus párpados cayeron, lánguidos y pesados, y su voz cuando habló era ronca. “No le importaría Camille, ¿no?, si sólo tengo una pequeña mordida…” La visión de Tessa se volvió blanca. Vio a de Quincey de nuevo, el frente de su blanca camisa escarlata con sangre, y vio un cuerpo colgando de un árbol, boca abajo en la orilla del oscuro arrollo, pálidos dedos pendiendo en el agua negra… Su mano se movió rápidamente, más rápido de lo que ella había imaginado que podría haberse movido, y cogió la muñeca de De Quincey. “Querido, no,” dijo, un tono zalamero en su voz. “Me gustaría mantenerlo para mi misma sólo por un ratito. Ya sabes que tu apetito se te escapa algunas veces.” Bajó sus párpados. De Quincey se rió entre dientes. “Por ti, Camille, ejercitaré mi control.” Apartó su muñeca, y por un momento, bajo el sereno coqueteo, Tessa creyó ver un destello de furia en sus ojos, rápidamente enmascarada “En honor a nuestra larga relación.” “Gracias, Alexei.” “¿Le diste algún otro pensamiento, querida,” dijo, “a mi oferta de una membresía en el Club Pandemónium? Sé que los mundanos te aburren, pero son una fuente de financiamiento, nada más. Aquellos de nosotros que están a bordo están en el borde de algunos muy… emocionantes descrubrimientos. Poder más allá de tus sueños más salvajes, Camille.” Tessa esperó, pero la voz interior de Camille estaba en silencio. ¿Por qué? Luchó contra el pánico y le dirigió una sonrisa a de Quincey. “Mis sueños,” dijo, y esperó que él creyera que la ronquera en su voz se debía a la diversión y no al miedo, “pueden ser más salvajes de lo que ya puedas imaginar.” A su lado, podría decir que Will le disparó una mirada sorprendida; aunque rápidamente dominó sus facciones dejándolas en blanco, y apartó la mirada. De Quincey, sus ojos brillaban, sólo sonrió. “Sólo pido que consideres mi oferta, Camille. Y ahora debo atender a mis otros invitados. ¿Confío en que te veré en la ceremonia?” Aturdida, simplemente asintió. “Por supuesto.” De Quincey se inclinó, dio la vuelta, y desapareció entre la multitud. Tessa dejó salir el aliento. No sabía que lo había estado conteniendo. “No lo hagas,” dijo Will suavemente, a su lado. “Los vampiros no necesitan respirar, recuerda.” “Por Dios, Will.” Tessa se dio cuenta de que estaba temblando. “Te hubiera mordido.” Los ojos de Will estaban oscurecidos por la rabia. “Lo hubiera matado primero.” Una voz habló junto a Tessa. “Y entonces ambos estarían muertos.” Giró rápidamente y vio que un hombre alto había aparecido justo tras ella, tan silenciosamente como si hubiera flotado como humo. Llevaba una elaborada chaqueta bordada, como algo salido del siglo anterior, con encaje blanco amontonado en su cuello y mangas. Bajo su larga chaqueta, Tessa vislumbró pantalones hasta las rodillas, y altos zapatos abrochados. Su cabello era como áspera seda negra, tan oscuro que tenía un brillo azulado; su piel era morena, la forma de sus facciones como las de Jem. Se preguntó si tal vez, al igual que Jem, era de origen extranjero. En una oreja lucía un lazo de plata del cual se balanceaba un pendiente de diamante del tamaño de un dedo, que resplandecía brillantemente bajo las luces, y había diamantes en la cabeza de su bastón de plata. Parecía brillar por completo, como luz mágica. Tessa se quedó mirando fijamente; nunca había visto a nadie vestido en semejante moda loca. “Este es Magnus,” dijo Will tranquilamente, sonando aliviado. “Magnus Bane.” “Mi querida Camille,” dijo Magnus, inclinándose para besar su mano enguantada. “Hemos estado separados demasiado tiempo.” En el momento en que la tocó, los recuerdos de Camille corrieron desbordándose—recuerdos de Magnus abrazándola, besándola, tocándola en una forma distintivamente íntima y personal. Tessa tironeó su mano retirándola con un chillido. Y ahora reapareces, pensó con resentimiento en dirección a Camille. “Ya veo,” murmuró él, enderezándose. Sus ojos, cuando los elevó a los de Tessa, casi la hacen perder la compostura: eran verde dorados con pupilas rajadas, los ojos de un gato puestos en un rostro distintivamente humano. Estaban llenos de reluciente diversión. A diferencia de Will, cuyos ojos tenían un rastro de tristeza incluso cuando estaba divertido, los ojos de Magnus estaban llenos de un gozo sorpresivo. Se precipitaron hacia los lados, y tiró su barbilla hacia el lado alejado de la habitación, indicando que Tessa debía seguirlo. “Vamos entonces. Hay una habitación privada donde podemos hablar.”
Tessa lo siguió, aturdida, Will a su lado. ¿Se lo había imaginado, o los blancos rostros de los vampiros se giraron siguiéndola mientras pasaba? Una pelirroja mujer vampiro en un elaborado vestido azul la miró ferozmente mientras pasaba; la voz de Camille susurró que la mujer estaba celosa de la consideración que De Quincey tenía con ella. Tessa estaba agradecida cuando finalmente alcanzaron una puerta, puesta tan hábilmente en los paneles de la pared que no se había dado cuenta de que era una puerta hasta que el brujo sacó una llave. Deslizó la puerta abierta con un suave chasquido. Will y Tessa lo siguieron al interior.
La habitación era una biblioteca, obviamente rara vez usada; aunque volúmenes se alineaban en las paredes, estaban tiznados con polvo, así como también las cortinas de terciopelo que colgaban a través de las ventanas. Cuando la puerta se cerró tras ellos, la luz en la habitación se atenuó: antes de que Tessa pudiera decir nada, Magnus chasqueó los dedos y llamas gemelas saltaron a la chimenea en el otro lado de la habitación. Las llamas del fuego eran azules, y el fuego en sí mismo tenía un fuerte perfume, como pebetes44 quemándose. “¡Oh!” Tessa no pudo evitar que una pequeña exclamación de sorpresa pasara por sus labios. Con una sonrisa, Magnus se arrojó a si mismo a la gran mesa de mármol en el centro de la habitación, y se acostó de lado, su cabeza apoyada en su mano. “¿Nunca antes había visto a un brujo hacer magia?” Will dio un exagerado suspiro. “Por favor abstente de burlarte de ella, Magnus. Espero que Camille te haya contado que ella sabe muy poco del Mundo de las Sombras.” “Claro,” dijo Magnus sin arrepentimiento, “pero es difícil de creer, considerando lo que puede hacer.” Sus ojos estaban en Tessa. “Vi su rostro cuando besé su mano. Supo quien era yo inmediatamente, ¿no? Sabe lo que Camille sabe. Hay algunos brujos y demonios que pueden cambiar, tomar cualquier forma. Pero nunca había escuchado de uno que pudiera hacer lo que usted hace.” “No se puede decir con certeza que yo sea una bruja,” dijo Tessa. “Charlotte dice que no estoy marcada como un brujo estaría marcado.” “Oh, usted es una bruja. Crea en ello. Sólo por que no tiene orejas de murciélago…” Magnus vio a Tessa fruncir el ceño, y levantó sus cejas. “Oh, no quiere ser una bruja, ¿no? Desprecia la idea.” “Es sólo que nunca pensé…” dijo Tessa en un susurro. “Que era otra cosa más que humana.” El tono de Magnus no era indiferente. “Pobre. Ahora que sabe la verdad, nunca podrá volver atrás.” “Déjala sola, Magnus.” El tono de Will era brusco. “Debo buscar por la habitación. Si no quieres ayudar, por lo menos intenta no atormentar a Tessa mientras lo hago.” Se movió hacia el gran escritorio de roble en la esquina de la habitación y comenzó a hurgar entre los papeles sobre éste Magnus miró hacia Tessa y guiñó un ojo. “Creo que está celoso,” dijo en un susurro conspirador. Tessa sacudió la cabeza y se movió hasta el librero más cercano. Había un libro entreabierto en el medio del estante, como si lo exhibieran. Las páginas estaban cubiertas con brillantes figuras intrincadas, algunas partes de las ilustraciones relucían como si hubieran sido pintadas con oro en el pergamino. Tessa exclamó sorprendida. “Es una Biblia.” “¿Eso le asombra?” preguntó Magnus. “Pensé que los vampiros no podían tocar cosas sagradas.” “Depende del vampiro; cuánto tiempo han estado vivos, qué tipo de fe tenían. De Quincey, de hecho, colecciona Biblias viejas. Dice que casi no hay otro libro por ahí con tanta sangre en las páginas.” Tessa miró hacia la puerta cerrada. El débil crescendo de voces en el otro lado era audible. “¿No estamos estimulando algún tipo de comentario, escondidos así aquí? Los otros, los vampiros… Estoy segura de que nos miraban mientras entrábamos.” “Ellos miraban a Will.” De alguna forma la sonrisa de Magnus eran tan desconcertante como la de un vampiro, incluso aunque no tenía colmillos. “Will se ve mal.” Tessa miró a Will, quien estaba hurgando a través de los cajones del escritorio con manos enguantadas. “Lo encuentro difícil de creer viniendo de alguien vestido como tú lo estás,” dijo Will. Magnus ingnoró esto. “Will no se comporta como los otros humanos subyugados. No se queda mirando a su señora con ciega adoración, por ejemplo.” “Eso es por su monstruoso sombrero,” dijo Will.” “Me apaga.” “Los humanos subyugados nunca están „apagados,‟” dijo Magnus. “Adoran a sus vampiros maestros, no importa lo que usen. Por su puesto, los invitados también se quedaron mirando porque saben de mi relación con Camille, y se están preguntando qué podríamos estar haciendo aquí en la biblioteca… solos.” Movió las cejas hacia Tessa. Tessa volvió a pensar en sus visiones. “De Quincey… le dijo algo a Camille acerca de lamentar su relación con un hombre lobo. Lo hizo sonar como si fuera un crimen que ella cometió.”
Magnus, quien ahora yacía de espalda girando su bastón sobre su cabeza, se encogió de hombros. “Para él lo sería. Los vampiros y los hombres lobo se desprecian unos a otros. Dicen que tiene algo que ver con el hecho de que las dos razas de demonios que los engendraron estaban envueltas en una enemistad mortal, pero si me lo pregunta, esto es simplemente porque ambos son depredadores, y los depredadores siempre resienten las incursiones en su territorio. No que todos los vampiros estén a favor de esa visión, o la mía, ya sea, pero a De Quincey le gusto bastante. Piensa que somos amigos. De hecho, sospecho que le gustaría ser más que amigos.” Magnus sonrió ante la confusión de Tessa. “Pero lo desprecio, aunque él no lo sabe.” “Entonces, ¿por qué pasar tiempo con él en absoluto?” preguntó Will, quien se había movido a un mueble alto entre dos de las ventanas y estaba examinando sus contenidos. “¿Por qué venir a esta casa?” “Políticas,” dijo Magnus con otro encogimiento de hombros. “Él es la cabeza del clan; para Camille el no venir a sus fiestas cuando es invitada sería entendido como un insulto. Y para mí, permitir que ella asista sola podría ser… imprudente. De Quincey es peligroso, y no menos para los de su propia especie. Especialmente aquellos que lo han ofendido en el pasado.” “Entonces deberías…,” comenzó Will, y se interrumpió, su voz alterada. “Encontré algo.” Hizo una pausa. “Tal vez deberías echarle una mirada a esto, Magnus.” Will se acercó a la mesa y dejó sobre ésta lo que se veía como una larga hoja de papel enrollado. Le hizo un gesto a Tessa para que se uniera a él, y desenrrolló el papel a través de la superficie de la mesa. “Había poco de interés en el escritorio,” dijo, “pero encontré esto, escondido en un cajón falso en el armario. Magnus, ¿qué piensas?” Tessa, quien se había movido hasta estar de pie junto a Will en la mesa, miró hacia abajo el papel. Estaba cubierto de un bosquejo de un esqueleto humano hecho de pistones, engranajes, y placas de metal martillado. El cráneo tenía una mandíbula con bisagras, cuencas abiertas por ojos, y una boca que terminaba justo detrás de los dientes. Había un panel en su pecho también, justo como el de Miranda. A lo largo del lado izquierdo de la página había garabateado lo que parecián notas, en un idioma que Tessa no podía decifrar. Las letras eran albolutamente desconocidas. “Un plano de un autómata,” dijo Magnus, ladeando su cabeza hacia un lado. “Un ser humano artificial. Los humanos siempre han estado fascinados por las criaturas… supongo que es porque los humanoides no pueden morir o ser heridos. ¿Han leído alguna vez El Libro de Conocimientos de Ingeniosos Instrumentos Mecánicos?” “Ni siquiera lo había escuchado,” dijo Will. “¿Hay algunos páramos sombríos en él, envueltos en brumas misteriosas? ¿Novias fantasmales vagando por los pasillos de castillos en ruinas? ¿Un chico apuesto corriendo al rescate de una doncella hermosa aunque sin un centavo?” “No,” dijo Magnus. “Sin embargo, en la mitad hay una parte bastante picante acerca de engranajes, pero realmente la mayoría es bastante seco.” “Entonces Tessa tampoco lo leyó,” dijo Will. Tessa lo fulminó con la mirada, pero no dijo nada; no lo había leído, y no estaba de humor para dejar que Will le ganara. “Bueno, entonces,” dijo Magnus. “Está escrito por un árabe erudito, dos siglos antes de Leonardo da Vinci, y describe cómo las máquinas podrían ser construídas para imitar las acciones de los seres humanos. Ahora, no hay nada alarmante acerca de ello. Pero es esto,” el largo dedo de Magnus cepilló suavemente a través de la escritura en el lado izquierdo de la página, “lo que me preocupa.” Will se inclinó más cerca. Su manga rozaba el brazo de Tessa. “Si, eso era lo que te quería preguntar. ¿Esto es un hechizo?” Magnus asintió. “Un hechizo vinculante. Quiere decir que infunde energía demoniaca a un objeto inanimado, así le daría al objeto una especie de vida. He visto el hechizo. Antes de los Acuerdos, a los vampiros les gustaba divertirse creando pequeños mecanismos demoniacos como cajas musicales que podían tocar sólo de noche, caballos mecánicos que cabalgaban sólo después de la puesta de sol, ese tipo de tonterías.” Golpeó pensativo la cabeza de su bastón. “Uno de los grandes problemas de crear autómatas, por supuesto, siempre fue su apariencia. Ningún otro material da la absoluta apariencia de la carne humana.” “¿Pero qué si uno la hubiera usado? La carne humana, quiero decir,” preguntó Tessa. Magnus se pausó delicadamente. “El problema ahí, para los humanos diseñadores, es, ah, obvio. Preservar la carne destruye su aspecto. Tendría que usar magia. Y luego magia otra vez, para vincular la energía demoniaca al cuerpo mecánico.” “¿Y qué lograría eso?” preguntó Will, un filo en su voz. “Han sido construido autómatas que pueden escribir poemas, dibujar paisajes, pero sólo esos son dirigidos para crear. No tienen creatividad o imaginación individual. Animados por una energía demoniaca, no obstante, un autómata tendrá medida de pensamiento y voluntad. Pero cualquier espíritu atado es esclavizado. Será inevitablemente, enteramente obediente a quien sea que hizo la vinculación.” “Un ejército mecánico,” dijo Will, y había una especie de humor amargo en su voz. “No nacidos ni del Cielo ni el Infierno.” “Yo no iría tan lejos,” dijo Magnus. “Las energías demoniacas difícilmente son un elemento fácil de conseguir. Hay que convocar a los demonios, luego vincularlos, y sabes que ese es un proceso difícil. Obtener suficiente energía demoniaca para crear un ejército sería casi imposible y un riesgo extraordinario. Incluso para un bastardo mal pensado como de Quincey.” “Ya veo.” Y con eso, Will enrolló el papel y lo deslizó dentro de su chaqueta. “Muchas gracias por tu ayuda, Magnus.” Magnus parecía ligeramente desconcertado, pero su respuesta fue cortés: “Por supuesto.” “Tengo entendido que no lamentarás que de Quincey se vaya y haya otro vampiro en su lugar,” dijo Will. “¿Lo has obervado realmente rompiendo la Ley?” “Una vez. Fui invitado aquí para presenciar una de sus „ceremonias‟ Al final resultó que…” Magnus se vio extrañamente sombrío. “Bueno, déjenme mostrarles.” Se volteó y se acercó a la estantería que Tessa había estado examinando antes, gesticulándoles para que se le unieran. Will lo siguió, con Tessa junto a él. Magnus chasqueó los dedos de nuevo, y cuando chispas azules volaron, la Biblia ilustrada se deslizó hacia un lado, revelando un pequeño agujero que había sido cortado en la madera en la parte posterior del estante. Cuando Tessa se inclinó hacia delante, sorprendida, vio que ofrecía una vista de una sala de música elegante. Al menos, eso era lo que pensó al principio, al ver las sillas dispuestas en filas frente al fondo de la sala; lo hacía una especie de teatro. Filas de candelabros encendidos estaban instalados para la iluminación. Cortinas de satín rojas que llegaban al suelo bloqueaban las paredes traseras, y el suelo estaba ligeramente elevado, creando una especie de escenario improvisado. No había nada en él, salvo una solitaria silla con un alto respaldar de madera. Grilletes de acero estaban unidos a los brazos de la silla, brillando como caparazones de insectos a la luz de las velas. La madera de la silla estaba manchada aquí y allá, con oscuras manchas de color rojo. Las patas de la silla, vio Tessa, estaban clavadas al suelo. "Aquí es donde tienen sus pequeñas… actuaciones," dijo Magnus, con un matiz de disgusto en su voz. "Traen al humano y lo, o la, retienen en la silla. Luego se turnan para drenar lentamente a su víctima, mientras la multitud observa y aplaude." "¿Y disfrutan eso?" dijo Will. El disgusto en su voz era más que un matiz. "¿El dolor de los mundanos? ¿Su miedo?" "No todos los Hijos de la Noche son así," dijo Magnus en voz baja. "Estos son los peores de ellos." “¿Y las víctimas?" dijo Will," ¿Dónde los encuentran?" "Criminales, sobre todo," dijo Magnus. "Adictos, borrachos, prostitutas. Los olvidados y perdidos. Los que no serán extrañados." Miró de frente a Will. "¿Te gustaría elaborar tu plan?" "Empezaremos cuando veamos que la Ley ha sido quebrantada," dijo Will. "En el momento en que un vampiro se mueva para dañar a un humano, le haré una señal al Enclave. Ellos atacarán. " "De veras," dijo Magnus. "¿Cómo van a entrar?" "No te preocupes por eso." Will estaba imperturbable. "Tu trabajo es llevar a Tessa al lugar y sacarla segura fuera de aquí. Thomas está esperando afuera con el carruaje. Móntense en él y los llevará de vuelta al Instituto. " "Parece un desperdicio de mi talento, asignarme cuidar una chica de tamaño moderado." observó Magnus. “Sin duda podrían utilizarme…" "Este es un asunto de los Cazadores de Sombras," dijo Will. "Hacemos la Ley, y defendemos la Ley. La ayuda que nos has proporcionado hasta ahora ha sido muy valiosa, pero no requerimos nada más de ti. " Magnus encontró los ojos de Tessa por encima del hombro de Will, su mirada era irónica. "El aislamiento orgulloso de los Nefilim. Tienen uso para ti cuando tienen un uso para ti, pero no intentan compartir una victoria con los Submundos." Tessa se giró a Will. "¿Me estás enviando lejos también, antes de que comience la lucha?" "Debo," dijo Will. "Sería mejor para Camille no ser vista cooperando con los Cazadores de Sombras." "Eso es una tontería," dijo Tessa. "De Quincey sabrá que yo-ella- te trajo aquí. Sabrá que ella mintió sobre donde te encontró. ¿Acaso ella piensa que después de esto, el resto del clan no sabrá que es una traidora?" En algún lugar de la parte posterior de la cabeza, la suave risa de Camille ronroneó. No parecía asustada. Will y Magnus se miraron. "No espera," dijo Magnus, "que un sólo vampiro que esté aquí esta noche sobreviva la noche para acusarla." "Los muertos no pueden contar cuentos," dijo Will en voz baja. La luz parpadeante en la habitación pintaba su rostro alternando tonos de negro y oro; la línea de su mandíbula era dura. Miró hacia la rendija, entrecerrando los ojos. "Miren." Los tres se empujaron para acercarse a la rendija, a través de la cual vieron las puertas corredizas en un extremo de la sala de música abriéndose. A través de ellas estaba el gran salón iluminado por candelabros; los vampiros comenzaron a fluir por las puertas, tomando sus lugares en los asientos antes del „escenario‟. "Es hora," dijo Magnus en voz baja, y cerró la rendija.
La sala de música estaba casi llena. Tessa, del brazo de Magnus, vio como Will se abría paso entre la multitud, en busca de tres asientos juntos. Mantenía la cabeza gacha, los ojos en el suelo, pero aun así… "Todavía lo están mirando,” le dijo a Magnus en voz baja. "A Will, quiero decir." "Por supuesto que lo hacen," dijo Magnus. Sus ojos reflejaban la luz como los de un gato mientras inspeccionaba la habitación. "Míralo. El rostro de un ángel malo y los ojos como el cielo nocturno en el Infierno. Es muy bonito, y a los vampiros les gusta eso. No puedo decir que no me haya fijado, tampoco." Magnus sonrió. "Cabello negro y ojos azules, mi combinación favorita." Tessa rozó los pálidos rizos rubios de Camille. Magnus se encogió de hombros. "Nadie es perfecto." Tessa se libró de contestar; Will había encontrado un conjunto de sillas juntas, y les estaba haciendo señas con una mano enguantada. Trató de no prestar atención a la forma en que los vampiros lo miraban mientras dejaba que Magnus la condujera hacia los asientos. Era cierto que era hermoso, pero ¿por qué les importaba? Will era sólo comida para ellos, ¿no? Se sentó con Magnus a un lado y Will al otro, el tafetán de seda de su falda crujió como hojas en un fuerte viento. La habitación estaba fría, no como una habitación llena seres humanos, quienes habrían estado emitiendo calor corporal. La manga de Will se deslizó hacia arriba en su brazo cuando él se estiró para dar una palmadita al bolsillo de su chaleco, y vio que su brazo estaba punteado con carne de gallina. Se preguntó si los compañeros humanos de los vampiros estaban siempre fríos. Un murmullo de susurros pasó por la habitación, y Tessa arrancó sus ojos de Will. La luz de los candelabros no llegaba a los rincones de la sala; porciones del "escenario", el fondo de la sala, estaban manchadas con sombras, e incluso los ojos de vampiro Tessa no podían discernir qué se estaba moviendo entre la oscuridad, hasta que de Quincey apareció de repente de las sombras. El público estaba silencioso. Luego de Quincey sonrió. Era una sonrisa maníaca, mostrando colmillos, y transformó su rostro. Ahora se veía feroz y salvaje, como un lobo. Un callado murmullo de apreciación pasó por la habitación, de la forma en que una audiencia de humanos podría mostrar su apreciación por un actor con una presencia en el escenario especialmente buena.
"Buenas noches," dijo De Quincey. "Bienvenidos, amigos. Aquellos de ustedes que me acompañan aquí,” y sonrió directamente a Tessa, que estaba demasiado nerviosa para hacer otra cosa que mirar de vuelta, "son orgullosos hijos e hijas de los Hijos de la Noche. No doblamos el cuello bajo el yugo opresor llamado la Ley. No respondemos a los Nefilim. Tampoco vamos a abandonar nuestras antiguas costumbres a su antojo." Era imposible no observar el efecto que el discurso de De Quincey estaba teniendo en Will. Estaba tan tenso como un arco, las manos crispadas sobre el regazo, las venas destacando en su cuello. "Tenemos un prisionero," continuó De Quincey. "Su delito es traicionar a los Hijos de la Noche." Barrió su mirada a través de la audiencia de vampiros en espera. "¿Y cuál es la castigo por tal traición?" "¡Es la muerte!" Gritó una voz, la mujer vampiro Delilah. Se estiraba hacia delante en su asiento, un ansia terrible en su cara. Los otros vampiros se unieron a su grito. "¡Muerte! ¡Muerte!" Más formas oscuras se deslizaron entre las cortinas que formaban el improvisado escenario. Dos vampiros masculinos, manteniendo entre ellos la debatiente forma de un hombre humano. Una capucha negra ocultaba las facciones del hombre. Todo lo que podía observar Tessa era que él era delgado, probablemente joven… y sucio, sus finas ropas desgarradas y andrajosas. Sus pies descalzos dejaban manchas de sangre en las tablas mientras los hombres lo arrastraban hacia adelante y lo arrojaban a la silla. Un débil suspiro de simpatía escapó de la garganta de Tessa, sintió a Will tensarse a su lado. El hombre continuó agitándose débilmente, como un insecto en la punta de un alfiler, mientras los vampiros ataban las muñecas y los tobillos a la silla, y luego daban un paso atrás. De Quincey sonrió, sus colmillos estaban afuera. Brillaban como alfileres de marfil mientras observaba a la multitud. Tessa podía sentir la inquietud de los vampiros, y más que su inquietud, su hambre. Ya no se parecían a un público bien educado de espectadores humanos. Estaban tan ávidos como leones olfateando la presa, tambaleándose hacia adelante en sus sillas, sus ojos amplios y brillantes, sus bocas abiertas. "¿Cuándo puedes convocar a la Enclave?" le dijo Tessa a Will en un susurro urgente. La voz de Will era tirante. "Cuando extraigan sangre. Debemos verlos haciéndolo." “Will…" "Tessa." Susurró su nombre real, sus dedos agarrando los suyos. "Guarda silencio."
A regañadientes, Tessa volvió su atención al escenario, donde De Quincey se acercaba al prisionero encadenado. Hizo una pausa junto a la silla, extendió la mano, y sus dedos pálidos y delgados rozaron el hombro del hombre, tan ligero como el tacto de una araña. El prisionero convulsionó, sacudiéndose desesperadamente aterrado cuando la mano del vampiro se deslizó de su hombro hasta su cuello. De Quincey puso dos dedos de color blanco en el lugar del pulso del hombre, como si fuera un médico que comprobaba el latido de un paciente. De Quincey llevaba un anillo de plata en un dedo, vio Tessa, uno de cuyos lados afilados era una punta de aguja que sobresalió cuando apretó la mano en un puño. Hubo un destello de plata, y el prisionero gritó; el primer sonido que había hecho. Había algo familiar acerca del sonido. Una línea delgada de color rojo apareció en la garganta del prisionero, como un lazo de alambre de color rojo. Sangre brotó y se derramó hacia abajo en el hueco de su clavícula. El prisionero golpeó y luchó contra de Quincey, su rostro ahora era una máscara en un rictus de hambre, extendió dos dedos para tocar el líquido rojo. Levantó las manchadas yemas de los dedos a la boca. La multitud estaba silbando y gimiendo, apenas capaces de mantenerse en sus asientos. Tessa miró hacia la mujer con el sombrero blanco con plumas. Tenía la boca abierta, con la barbilla húmeda de baba. "Will," murmuró Tessa. “Will, por favor." Will miró más allá de ella, a Magnus. "Magnus. Sácala de aquí." Algo en Tessa se rebeló ante la idea de ser sacada de allí. “Will, no, estoy bien aquí…" La voz de Will era baja, pero sus ojos brillaban. "Hemos hablado de esto. Vete o no voy a convocar a la Enclave. Vete, o ese hombre morirá." "Ven." Era Magnus, su mano en el codo, guiándola en pie. De mala gana le permitió al brujo tirarla de pie, y luego hacia las puertas. Tessa miró alrededor con ansiedad para ver si alguien notó su partida, pero nadie los estaba mirando a ellos. Toda la atención estaba fija en de Quincey y el prisionero, y muchos de los vampiros estaban ya de pie, silbando y vitoreando y haciendo sonidos inhumanos de hambre. Entre la agitada multitud, Will estaba sentado inmóvil, inclinado hacia adelante como un perro de caza anhelando ser liberado de la correa. Su mano izquierda se deslizó en el bolsillo del chaleco, y surgió sosteniendo algo de cobre entre los dedos. El Fósforo. Magnus abrió la puerta tras ellos. "Rápido." Tessa vaciló, mirando hacia atrás al escenario. De Quincey estaba de pie detrás del prisionero ahora. Su boca sonriente estaba manchada de sangre. Extendió la mano y se apoderó de la capucha del prisionero.
Will se puso de pie, el Fósforo en alto. Magnus juró y tiró del brazo de Tessa. Ella dio media vuelta como si fuera a ir con él, luego se congeló cuando de Quincey quitó la capucha negra para revelar el prisionero debajo. Su rostro estaba hinchado y amoratado con las palizas. Uno de sus ojos estaba negro y cerrado de lo hinchado. Su cabello rubio estaba pegado a su cráneo con la sangre y el sudor. Pero nada de eso importaba; Tessa lo hubiera reconocido de todas formas, en cualquier lugar. Sabía ahora por qué su grito de dolor había sonado tan familiar para ella. Era Nathaniel.

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