Translate

martes, 25 de febrero de 2014

9. LA ENCLAVE

Puede hacer mi corazón como una pesada carga, poner mi rostro como una piedra, Engañar y ser engañado, y morir: ¿quién sabe? somos ceniza y polvo. —Alfred, Lord Tennyson, “Maud”

“Inténtelo otra vez,” sugirió Will. “Simplemente camine de un lado de la habitación al otro. Le diremos si parece convincente.” Tessa suspiró. Su cabeza palpitaba, igual que el fondo de sus ojos. Era agotador pretender ser una vampira. Habían pasado dos días desde la visita de Lady Belcourt, y Tessa había pasado casi todo el tiempo desde entonces intentando transformarse en una mujer vampiro de forma convincente, sin un gran éxito. Aún se sentía como si estuviera resbalando por la superficie de la mente de Camille, incapaz de agarrarse a sus pensamientos o personalidad. Eso hacía difícil saber cómo andar, cómo hablar, y qué clase de expresiones debía usar cuando viera a los vampiros en la fiesta de De Quincey; quienes, sin duda alguna, conocían muy bien a Camille, y a quienes Tessa esperaba conocer también. Se encontraba en la biblioteca, y había pasado las últimas horas desde la comida practicando, caminando con el extraño deslizamiento con el que Camille andaba, y hablando con su cuidadosa y arrastrada voz. Enganchado a su hombro había un broche con joyas que uno de los subyugados humanos de Camille, una pequeña criatura arrugada llamada Archer, había traído en un baúl. También había un vestido, para que Tessa lo usara en casa de De Quincey, pero era demasiado pesado y exquisito para usarlo durante el día. Tessa llevaba su nuevo vestido azul y blanco, que era molestamente apretado en el pecho y demasiado suelto en la cintura cada vez que cambiaba a Camille. Jem y Will se habían instalado en una de las largas mesas al fondo de la biblioteca, aparentemente para ayudar y dar consejo, pero mayormente, parecía que lo único que hacían era burlarse y divertirse de su consternación. “Apoya mucho los pies cuando anda,” explicó Will. Estaba ocupado pelando una manzana en su pechera, y parecía no darse cuenta de que Tessa lo estaba mirando ferozmente. “Camille anda delicadamente. Como un fauno por los bosques. No como un pato.” “Yo no camino como un pato.”
“A mí me gustan los patos,” observó Jem diplomáticamente. “Especialmente los que hay en Hyde Park.” Miró de lado a Will; ambos estaban sentados al borde de la mesa, sus piernas colgando a los lados. “¿Recuerdas cuando intentaste convencerme para que les diera pastel de carne a los patos reales34 del parque para ver si podías crear una raza de patos caníbales?” “Se lo comieron,” recordó Will. “Pequeñas bestias sanguinarias. Nunca confíes en un pato.” “¿Les importa?” demandó Tessa. “Si no me van a ayudar, ambos pueden irse. No he dejado que se queden para escucharlos parlotear sobre patos.” “Su impaciencia,” dijo Will, “no es típica de una señorita.” Le sonrió por encima de la manzana. “¿O quizás es la naturaleza vampira de Camille imponiéndose?” Su tono era travieso. Era tan raro, pensó Tessa. Hacía unos pocos días le había gruñido por lo de sus padres, y más tarde le había suplicado que le ayudara a esconder la tos sangrienta de Jem, su rostro ardiendo con intensidad mientras lo hacía. Y ahora le estaba tomando el pelo como si fuera la hermana pequeña de un amigo, alguien a quien conocía casualmente, quizás con un poco de afecto, pero por la que no tenía sentimientos complejos para nada. Tessa se mordió el labio… e hizo una mueca de dolor ante el inesperado dolor. Los dientes vampíricos de Camille, sus dientes, funcionaban bajo un instinto que no podía entender. Parecían deslizarse hacia adelante sin una advertencia o provocación, advirtiéndola de su presencia sólo por las repentinas explosiones de dolor cuando perforaban la frágil piel de su labio. Notó el sabor a sangre en su boca, su propia sangre, salada y caliente. Presionó las puntas de sus dedos en la boca; y cuando los alejó, vio que estaban manchados de sangre. “Déjelos solos,” dijo Will, soltando la manzana y levantándose. “Verá que se cura muy rápido.” Tessa pasó su lengua por su incisivo izquierdo. Estaba plano de nuevo, como un diente normal. “¡No entiendo por qué se salen así!” “Por el hambre,” dijo Jem. “¿Estabas pensando en sangre?” “No.”
“¿Estabas pensando en comerme?” inquirió Will. “¡No!” “Nadie te echaría la culpa,” dijo Jem. “Él es muy molesto.” Tessa suspiró. “Camille es muy compleja. No entiendo nada de ella, y mucho menos sé ser como ella.” Jem la miró de cerca. “¿Eres capaz de tocar sus pensamientos? ¿Igual que cuando dijiste que podías tocar los pensamientos de la gente en la que te transformabas?” “Aún no. Lo he estado intentando, pero todo lo que me llega son destellos e imágenes ocasionales. Sus pensamientos parecen estar muy protegidos.” “Bueno, con un poco de suerte podrás romper esa protección antes de mañana por la noche,” dijo Will. “O no diría mucho sobre nuestras posibilidades.” “Will,” le reprendió Jem. “No digas eso.” “Tienes razón,” dijo Will. “No debería subestimar mis habilidades. Incluso si Tessa estropeara todo, estoy seguro de que podría luchar contra la masa de vampiros babosos hacia la libertad.” Jem, como era su hábito, Tessa se había empezado a dar cuenta, simplemente ignoró esto. “¿Tal vez,” dijo “sólo puedes tocar los pensamientos de los muertos, Tessa? A lo mejor la mayoría de los objetos que las Hermanas Oscuras te dieron pertenecían a muertos.” “No. Toqué los pensamientos de Jessamine cuando me Cambié a ella. Así que no puede ser eso, gracias a Dios. Menudo talento morboso sería entonces.” Jem la estaba observando pensativo con sus ojos color plata; algo en la intensidad de su mirada la hizo sentir casi incómoda. “¿Y qué tan claro puedes ver los pensamientos de los muertos? Por ejemplo, si te diera un objeto que una vez perteneció a mi padre, ¿podrías saber en qué estaba pensando cuando murió?” Era el turno de Will para verse alarmado. “James, no creo que…” empezó, pero paró cuando la puerta de la biblioteca se abrió y Charlotte entró a la habitación. No estaba sola. Había por lo menos una docena de hombres siguiéndola, extraños a los que Tessa nunca había visto. “La Enclave,” susurró Will, e hizo un gesto para que Jem y Tessa se agacharan detrás de una de las estanterías. Observaron desde su escondite cómo la sala se llenaba de Cazadores de Sombras; la mayoría de ellos hombres. Pero Tessa vio, mientras se presentaban en la habitación, que entre ellos había dos mujeres.
No pudo evitar mirarlas fijamente, recordando lo que Will dijo sobre Boudica, que las mujeres también podían luchar. La mujer más alta, debía de medir por lo menos un metro ochenta, había atado su pelo blanco en una corona en la parte de atrás de su cabeza. Parecía como si estuviera adentrada en los sesenta, y su presencia era regia. La otra mujer era más joven, de pelo oscuro, ojos gatunos y un comportamiento reservado. Los hombres eran un grupo más variado. El mayor era un hombre alto vestido completamente de gris. Su pelo y su piel también eran grises, su cara huesuda y aguileña, con una nariz fina y marcada, y un mentón afilado. Había líneas firmes en las esquinas de sus ojos y huecos oscuros bajo sus pómulos. Sus ojos estaban bordeados de rojo. Junto a él estaba el más joven del grupo, un chico que tendría como mucho un año más que Jem y Will. Era atractivo de una forma angulosa, con rasgos normales pero afilados, su pelo marrón y despeinado, y una expresión vigilante. Jem hizo un sonido de sorpresa y desagrado. “Gabriel Lightwood,” murmuró a Will en voz baja. “¿Qué está haciendo aquí? Pensaba que estaba estudiando en Idris.” Will no se había movido. Estaba mirando al chico de pelo castaño con sus cejas enarcadas, una débil sonrisa dibujándose en sus labios. “Sólo no te pelees con él, Will,” añadió Jem precipitadamente. “No aquí. Es todo lo que te pido.” “Eso es pedir mucho, ¿no crees?” dijo Will sin mirar a Jem. Will se había asomado por atrás de la estantería, y estaba observando a Charlotte mientras acompañaba a todos hacia la gran mesa al frente de la habitación. Parecía estar urgiéndolos a todos para que se acomodaran en los asientos alrededor. “Frederick Ashdown y George Penhallow, aquí, por favor,” dijo Charlotte. “Lillian Highsmith, si te sientas aquí donde el mapa…” “¿Y dónde está Henry?” preguntó el hombre de pelo gris con un aire de brusca cortesía. “¿Tu marido? Como uno de los directores del Instituto, debe estar aquí.” Charlotte dudó solo por una fracción de segundo antes de plasmar una sonrisa en su rostro. “Está de camino, Señor Lightwood,” dijo, y Tessa se dio cuenta de dos cosas: uno, que el hombre de pelo grisáceo seguramente era el padre de Gabriel Lightwood, y dos, que Charlotte estaba mintiendo. “Más le vale,” murmuró el Sr. Lightwood. “Una reunión de la Enclave sin el director del Instituto presente… es lo más irregular.” Se giró entonces, y aunque Will se volvió a esconder detrás de la estantería, fue demasiado tarde. Los ojos del hombre se estrecharon. “¿Y quién está ahí atrás, entonces? ¡Sal y muéstrate!"
Will miró a Jem, que se encogió de hombros elocuentemente. “No merece la pena esconderse hasta que nos arrastren hasta allí, ¿no?” “Habla por ti,” siseó Tessa. “No necesito que Charlotte se enfade conmigo si no se supone que debemos estar aquí.” “No te pongas así. No hay razón por la que tendrías que saber que había una reunión de la Enclave, y Charlotte lo sabe perfectamente,” dijo Will. “Siempre sabe a quién echarle la culpa.” Sonrió. “Pero vuelve a ti misma, si sabes a lo que me refiero. No hay necesidad de alterar sus gastadas complexiones.” “¡Oh!” Por un momento, Tessa casi había olvidado que estaba disfrazada como Camille. Rápidamente empezó a trabajar despojándose de la transformación, y para cuando los tres salieron de detrás de la estantería, volvía a ser ella misma. “Will.” Suspiró Charlotte al verle, y sacudió la cabeza a Tessa y Jem. “Te dije que la Enclave estaría aquí a las cuatro en punto.” “¿Sí?” dijo Will. “Se me ha debido olvidar. Terrible.” Miró de reojo y sonrió. “Hola, Gabriel.” El chico de pelo castaño le devolvió a Will la mirada furiosamente. Tenía unos ojos verdes brillantes, y su boca, mientras miraba a Will, estaba endurecida con disgusto. “William,” dijo finalmente, y con un poco de esfuerzo. Giró su mirada a Jem. “Y James. ¿No son un poco jóvenes para merodear por las reuniones de la Enclave?” “¿No lo eres tú?” dijo Jem. “Cumplí los dieciocho en Junio,” dijo Gabriel, pegando tanto la espalda al respaldo de la silla que sus pies se levantaron del suelo. “Tengo todo el derecho del mundo para participar en las actividades de la Enclave ahora.” “Qué fascinante,” dijo la mujer de pelo blanco que según Tessa parecía regia. “¿Así que es esa, Lottie? ¿La chica bruja de la que nos estabas hablando?” la pregunta iba dirigida a Charlotte, pero la mirada de la mujer descansaba en Tessa. “No lo parece.” “Tampoco lo parecía Magnus Bane la primera vez que lo vi,” dijo el Sr. Lightwood, mirando curiosamente a Tessa. “Vayamos al grano. Enséñenos lo que puede hacer.” “No soy una bruja,” protestó Tessa, enfadada. “Bueno, pues algo eres, mi chica,” dijo la mujer mayor. “Si no eres un brujo, ¿entonces que?"

“Suficiente.” Charlotte se levantó. “La Srta. Gray ya nos ha demostrado su autenticidad a mí y al Sr. Branwell. Eso debe servirles… al menos hasta que la Enclave haga la decisión sobre si desean usar sus habilidades.” “Por supuesto que quieren,” dijo Will. “No tenemos ninguna esperanza de éxito en este plan sin ella…” Gabriel adelantó su silla con tanta fuerza que las patas chocaron contra el suelo de piedra con un sonido de agrietamiento. “Sra. Branwell,” dijo furiosamente, “¿es o no es William demasiado joven para participar en las reuniones de la Enclave?” La mirada de Charlotte fue desde la cara enrojecida de Gabriel a la de Will, que carecía de expresión. Suspiró. “Sí, lo es. Will, Jem, si esperaran por favor fuera en el pasillo con Tessa.” La expresión de Will se tensó, pero Jem le mandó una mirada de advertencia, y se mantuvo en silencio. Gabriel Lightwood parecía triunfante. “Les mostraré la salida,” anunció, levantándose. Acompañó a los tres fuera de la biblioteca, y salió al pasillo detrás de ellos. “Tú,” escupió a Will, bajando el tono de su voz para que los que estuvieran en la biblioteca no lo escucharan. “Tú deshonras el nombre de los Cazadores de Sombras en cualquier lugar.” Will se apoyó en la pared y miró a Gabriel con sus ojos fríos y azules. “No creí que quedara nada que deshonrar, después de que tu padre…” “Agradecería que no hablaras de mi familia,” gruñó Gabriel, pasando la mano por detrás de su espalda para cerrar la puerta de la biblioteca. “Qué desafortunado que la perspectiva de tu gratitud no me tiente,” dijo Will. Gabriel lo miró fijamente, su pelo desaliñado, sus ojos verdes brillando con rabia. En ese momento se parecía a alguien que Tessa conocía, pero no podría decir quién. “¿Qué?” rugió Gabriel. “Se refiere,” aclaró Jem, “a que no le importan tus agradecimientos.” Las mejillas de Gabriel se oscurecieron de un sombrío escarlata. “Si no fueras menor de edad, Herondale, te retaría a un duelo. Solo tú y yo, y la muerte. Te cortaría en sangrientos harapos…” “Para, Gabriel,” interrumpió Jem antes de que Will pudiera contestar. “Provocar a Will hacia un combate cuerpo a cuerpo, es como castigar a un perro después de haberle atormentado para que te muerda. Ya sabes como es.”
“Muchas gracias, James,” dijo Will, sin apartar sus ojos de los de Gabriel. “Aprecio el testimonio hacia mi persona.” Jem se encogió de hombros. “Es la verdad.” Gabriel lanzó a Jem una mirada oscura. “Quédate fuera de esto, Carstairs. No te concierne.” Jem se movió más cerca de la puerta, y de Will, que estaba completamente recto, igualando la fría mirada de Gabriel con una propia. Los pelos del cuello de Tessa empezaron a levantarse. “Si concierne a Will, también a mí,” dijo Jem. Gabriel sacudió su cabeza. “Eres un Cazador de Sombras decente, James” dijo, “y un caballero. Tienes tu… discapacidad, pero nadie te culpa de ello. Pero esto…” su labio se curvó, y señaló a Will. “Esta porquería solo te hundirá. Encuentra a otra persona que sea tu parabatai. Nadie espera que Will Herondale pase de los diecinueve, y nadie lamentará que se vaya, tampoco…” Eso fue demasiado para Tessa. Sin pensarlo, estalló con indignación. “¡Cómo se atreve a decir eso!” Gabriel, interrumpido en mitad del berrinche, estaba tan consternado como si uno de los tapices hubiera empezado a hablar. “¿Perdón?” “Me ha oído. ¡Decirle a alguien que no le importaría que muriera! ¡Es inexcusable!” tiró de la manga de Will. “Vámonos, Will. Esta… esta persona, obviamente no merece que pierdas el tiempo con él.” Will parecía estar muy entretenido. “Es verdad.” “Tú…tú…” Gabriel, balbuceando levemente, miró a Tessa de forma alarmada. “Usted no tiene ni idea de las cosas que ha hecho…” “Y no me importan. Todos son Nefilims, ¿no? Se supone que todos están del mismo lado.” Tessa frunció el ceño hacia Gabriel. “Creo que le debe a Will una excusa.” “Yo,” dijo Gabriel, “preferiría que me arrancaran las entrañas y me las ataran en un nudo delante de mis ojos antes que disculparme ante tal gusano.” “¡Dios mío!” dijo Jem levemente. “No pretendes decir eso, de verdad. No la parte de Will siendo un gusano, por supuesto. La parte de las entrañas. Eso suena espantoso.”
“Sí que lo pretendo,” dijo Gabriel, volviendo al tema. “Preferiría caer en una tina con veneno de Malphas35 y disolverme lentamente hasta que sólo me quedaran los huesos.” “¿De veras?” dijo Will. “Porque resulta que conozco a un tipo que podría vendernos un tonel de…” La puerta de la biblioteca se abrió. El Sr. Lightwood estaba en el umbral de la puerta. “Gabriel,” dijo en un tono frío. “¿Planeas asistir a la reunión, tu primera reunión de la Enclave, si debo recordarte; o prefieres quedarte jugando en el pasillo con el resto de los niños?” Nadie estaba particularmente complacido por ese comentario, especialmente Gabriel, que tragó fuertemente, asintió, lanzó una última mirada a Will y siguió a su padre de vuelta a la biblioteca, pegando un portazo tras de ellos. “Bueno,” dijo Jem después de que la puerta se cerrara. “Ha sido tan malo como esperaba que fuera. ¿Es la primera vez que le ves desde la fiesta de Navidad del año pasado?” inquirió, dirigiendo la pregunta a Will. “Sí,” dijo Will. “¿Crees que debería haberle dicho lo mucho que le he echado de menos?” “No,” dijo Jem. “¿Siempre es así?” preguntó Tessa. “¿Tan horrible?” “Deberías ver a su hermano mayor,” dijo Jem. “Hace que Gabriel parezca más dulce que el pan de jengibre. Además, odia a Will incluso más que Gabriel, si es posible.” Will sonrió, y entonces se dio la vuelta y empezó a andar por el pasillo, silbando al mismo tiempo. Después de un momento de duda, Jem fue tras él, haciendo un gesto para que Tessa los siguiera. “¿Por qué te odiaría Gabriel Lightwood, Will?” preguntó Tessa mientras andaban. “¿Qué fue lo que le hiciste?” “No le hice nada a él,” dijo Will, caminando con pasos rápidos. “Fue algo que le hice a su hermana.” Tessa miró de lado a Jem, que se encogió de hombros. “Donde está nuestro Will, hay media docena de chicas enfadadas reclamando que él ha comprometido sus virtudes.”
“¿Lo hizo?” preguntó Tessa, dándose prisa para seguir el paso de los chicos. No se podía caminar muy rápido con las faldas pesadas que rodeaban tus tobillos mientras te movías. La entrega de los vestidos de Bond Street había llegado el día anterior, y apenas se estaba acostumbrando a llevar cosas tan caras. Recordaba los vestidos claros que había llevado cuando era una niña pequeña, cuando era capaz de seguir a su hermano, corriendo, darle patadas en los tobillos y huir sin que él la pudiera alcanzar. Se preguntó brevemente qué pasaría si tratara de hacerle eso a Will. Dudaba que funcionara a su ventaja, aunque la idea tenía cierto atractivo. “Me refiero a si comprometió su virtud.” “Haces muchas preguntas,” dijo Will, girando bruscamente a la izquierda y subiendo unas escaleras estrechas. “¿No es así?” “Sí que las hago,” dijo Tessa, el tacón de sus botas sonando fuertemente en los escalones de piedra mientras seguía a Will. “¿Qué es parabatai? ¿Y a qué te referías con que el padre de Gabriel es una deshonra para los Cazadores de Sombras?” “Parabatai en griego es sólo un término para un soldado emparejado con un conductor de carruajes,” dijo Jem, “pero cuando un Nefilim lo dice, nos referimos a un equipo de guerreros; dos hombres que juran protegerse y guardarse las espaldas.” “¿Hombres?” dijo Tessa. “¿No puede haber un equipo de mujeres, o una mujer y un hombre?”
“Creí que dijiste que las mujeres no tenían sed de sangre,” dijo Will sin darse la vuelta. “Y sobre el padre de Gabriel, digamos que tiene cierta reputación porque le gustan los demonios y los Submundos más de lo que debería. Me sorprendería que alguna de las visitas nocturnas de Lightwood a ciertas casas en Shadwell36 no le haya dejado con un asqueroso caso de viruela demoníaca.” “¿Viruela demoníaca?” Tessa estaba aterrorizada y fascinada al mismo tiempo. “Se lo ha inventado,” le aseguró Jem rápidamente. “En serio, Will. ¿Cuántas veces tenemos que decirte que la viruela demoníaca no existe?” Will se había parado enfrente de una puerta estrecha en una curva de la escalera. “Creo que es aquí,” dijo un poco para sí mismo y agitó el pomo. Cuando nada ocurrió, sacó de su chaqueta la estela y arañó una Marca negra en la puerta. Se abrió de golpe, con un soplo de polvo. “Esto tiene que ser un almacén.” Jem le siguió dentro, y después de un momento también lo hizo Tessa. Se encontró en una pequeña habitación cuya única iluminación venía de una ventana arqueada ubicada en lo alto de la pared. Un poco de luz entraba, mostrando un espacio cuadrado lleno de baúles y cajas. Podría ser un almacén de cualquier parte, si no fuera por lo que parecían ser armas viejas, apiladas en las esquinas; cosas pesadas y oxidadas con hojas amplias y cadenas conectadas a pedazos de metal con clavos.
Will agarró uno de los baúles y lo movió hacia un lado para crear un cuadrado perfecto de espacio en el suelo. Salió más polvo. Jem tosió y le lanzó una mirada de reproche. “Cualquiera pensaría que nos has traído aquí para asesinarnos,” dijo, “si no fuera porque tus motivaciones para hacerlo parecen muy turbias.” “No un asesinato,” djo Will. “Espera. Necesito mover un baúl más.” Mientras empujaba el pesado objeto hacia la pared, Tessa observó de lado a Jem. “¿A qué se refería Gabriel,” preguntó, bajando su tono de voz para que Will no la oyera, “con „tu discapacidad‟?” Los ojos plateados de Jem se ensancharon por un segundo, antes de decir. “Mi mala salud. Eso es todo.” Estaba mintiendo, Tessa lo sabía. Tenía la misma mirada que Nate tenía cuando mentía; una mirada demasiado clara como para estar diciendo la verdad. Pero antes de que pudiera decir algo más, Will se puso recto y anunció. “Ya está. Vengan y siéntense.” Entonces procedió a sentarse en el suelo machado por el polvo; Jem fue a sentarse al lado suyo, pero Tessa se quedó quieta por un momento, dudosa. Will, que tenía fuera su estela, la miró con una sonrisa torcida. “¿No te vas a unir a nosotros, Tessa? Supongo que no quieres arruinar el bonito vestido que Jessamine te compró.” En realidad, era la verdad. Tessa no tenía ningún deseo de destruir el artículo de ropa más bonito que había tenido nunca. Pero el tono de burla de Will era más molesto que la idea de destrozar el vestido. Apretando la mandíbula, Tessa fue y se sentó enfrente de los chicos, de manera que formaban un triángulo entre ellos. Will puso la punta de la estela contra el suelo sucio, y empezó a moverla. Líneas anchas y oscuras fluyeron de la punta, y Tessa lo observó fascinada. Había algo particular y hermoso en la manera que la estela garateaba, no como la tinta fluyendo de un bolígrafo, sino como si las líneas hubieran estado allí siempre, y Will las estuviera descubriendo. Iba por la mitad cuando Jem hizo un ruido de reconocimiento, claramente identificando la Marca que su amigo estaba dibujando. “¿Qué estás…” empezó, pero Will levantó la mano con la que no estaba dibujando, sacudiendo su cabeza. “No,” dijo Will. “Si me equivoco con esto, podríamos caernos atravesando el suelo.” Jem rodó los ojos, pero no pareció importarle: Will ya había acabado, ya que estaba alejando la estela del diseño que había dibujado. Tessa pegó un pequeño chillido cuando las tablas del suelo parecieron brillar entre ellos, y entonces se volvieron tan trasparentes como una ventana. Asomándose, olvidándose completamente de su vestido, se encontró mirando a través de ellas como a través de un cristal.
Estaba mirando hacia lo que comprendió que era la biblioteca. Podía ver la gran mesa redonda y la Enclave sentada en ella, Charlotte entre Benedict Lightwood y la elegante mujer de pelo blanco. Charlotte era fácilmente reconocible, incluso desde arriba, por el cuidadoso anudamiento de su pelo y los rápidos movimientos que hacía con sus pequeñas manos mientras hablaba. “¿Por qué aquí arriba?” le preguntó Jem a Will en voz baja. “¿Por qué no en la sala de armas? Está al lado de la biblioteca.” “El sonido se difunde,” dijo Will. “Es igual de fácil escuchar desde aquí. Además, imagínate que uno de ellos decidiera dar una visita a la sala de armas en la mitad de la reunión para ver lo que tenemos. Ha ocurrido en otras ocasiones.” Tessa, mirando hacia abajo con fascinación, se dio cuenta de que podía oír el murmurar de las voces de verdad. “¿Nos pueden oír ellos?” Will sacudió su cabeza. “El encantamiento es de sentido único.” Frunció el ceño, inclinándose hacia delante. “¿De qué están hablando?” Los tres se callaron, y en el silencio se escuchó el sonido de la voz de Benedict Lightwood llegando a sus oídos. “No estoy seguro de esto, Charlotte,” dijo. “Todo este plan parece muy arriesgado.” “Pero no podemos dejar que De Quincey siga con lo que está haciendo,” discutió Charlotte. “Es el vampiro jefe de los clanes de Londres. El resto de los Hijos de la Noche van a él para que los guíe. Si permitimos que rompa la Ley deliberadamente, ¿qué clase de mensaje llega al Submundo? ¿Que los Nefilim han aflojado en su protección? “Solo para poder entenderlo,” dijo Lightwood, “¿estás dispuesta a aceptar la palabra de Lady Belcourt, que dice que De Quincey, un aliado de la Clave durante mucho tiempo, está asesinando mundanos en su propia casa?” “No entiendo por qué estás sorprendido, Benedict.” La voz de Charlotte era cortante. “¿Sugieres que ignoremos su informe, a pesar de que siempre nos ha dado información exacta en el pasado? Y a pesar del hecho de que si está contando la verdad una vez más, ¿a partir de ahora la sangre de toda la gente a la que De Quincey mate estaría en nuestras manos? “Y además estamos obligados por Ley a investigar cualquier información de que la Alianza haya sido rota,” dijo un hombre esbelto de pelo oscuro, sentado al final de la mesa. “Lo sabes tan bien como el resto de nosotros, Benedict; estás simplemente siendo obstinado.” Charlotte exhaló mientras la cara de Lightwood se oscurecía. “Gracias, George. Lo aprecio,” dijo.
La mujer alta que antes había llamado a Charlotte Lottie rió por lo bajo. “No seas tan dramática, Charlotte,” dijo. “Debes admitir, que todo este asunto es muy raro. Una chica cambia-forma que puede que sea o no sea una bruja, burdeles llenos de cadáveres, y un informante que juró haber vendido a De Quincey herramientas de maquinaria; un hecho que según tú es la prueba de la evidencia, a pesar de que te niegas a decir el nombre de tu informante.” “Juré no mezclarle en esto,” protestó Charlotte. “Tiene miedo de De Quincey.” “¿Es un Cazador de Sombras?” demandó Lightwood. “Porque si no lo es, no es de fiar.” “En serio, Benedict, ves todo muy anticuado,” dijo la mujer con los ojos de gato. “Cualquiera creería, hablando contigo, que los Acuerdos nunca ocurrieron.” “Lilian tiene razón; estás siendo ridículo, Benedict,” dijo George Penhallow. “Encontrar un informante de absoluta confianza es como encontrar una amante casta. Si fueran virtuosas, no servirían para mucho en primer lugar. Un informante simplemente da información; es nuestro trabajo verificarla, lo que Charlotte está sugiriendo que hagamos.” “Es sólo que odiaría ver los poderes de la Enclave desperdiciados en este caso,” dijo Lightwood en un tono suave. Era muy raro, pensó Tessa, escuchar a este grupo de adultos elegantes nombrándose los unos a los otros sin títulos honoríficos, simplemente por sus nombres de pila. Pero parecía ser una costumbre de los Cazadores de Sombras. “Si, por ejemplo, hubiera una vampira que tuviera algo en contra del jefe de su clan, y quizás le quisiera fuera del poder, ¿qué mejor manera de hacerlo que involucrando a la Clave para hacer el trabajo sucio?” “Demonios,” murmiró Will, intercambiando una mirada con Jem. “¿Cómo sabe eso?” Jem sacudió su cabeza, como si dijera que no lo sabía. “¿Saber qué?” susurró Tessa, pero su voz fue ahogada por Charlotte y la mujer de pelo blanco hablando a la vez. “¡Camille nunca haría eso!” protestó Charlotte. “No es una idiota, para empezar. ¡Sabe cuál es el castigo por mentirnos! “Benedict tiene parte de razón,” dijo la mujer mayor. “Sería mejor si un Cazador de Sombras hubiera visto a de Quincey romper la Ley…” “Pero ese es el objetivo de todo este asunto,” dijo Charlotte. Había un tinte en su voz…de nerviosismo, un gran deseo de demostrarse a sí misma. Tessa sintió un poco de comprensión hacia ella. “Observar a De Quincey rompiendo la Ley, Tía Callida.” Tessa hizo un ruido de sorpresa.
Jem levantó la mirada. “Sí, es la tía de Charlotte,” dijo. “Era su hermano, el padre de Charlotte, quien solía dirigir el Instituto. Le gusta decirle a la gente lo que hay que hacer. Aunque, por supuesto, siempre hace lo que quiere.” “Pues sí,” afirmó Will. “¿Sabías que una vez me hizo una proposición?” Jem parecía no creerle en absoluto. “No lo hizo.” “Que sí lo hizo,” insistió Will. “Fue muy escandaloso. Habría accedido a sus deseos, si no me hubiera asustado tanto.” Jem simplemente sacudió la cabeza y devolvió su atención a la escena que se estaba desarrollando en la biblioteca. “También está el asunto del sello de De Quincey,” estaba diciendo Charlotte, “que encontramos dentro del cuerpo de esa chica mecánica. Hay simplemente demasiadas evidencias dirigidas hacia él, demasiadas evidencias como para no investigar.” “Estoy de acuerdo,” dijo Lilian. “Estoy muy preocupada con este asunto de las criaturas mecánicas. Hacer chicas mecánicas es una cosa, pero ¿y si está haciendo un ejército mecánico?” “Eso es pura especulación, Lilian,” dijo Frederick Ashdown. Lilian lo ignoró con un movimiento de su mano. “Un autómata no es ni serafín ni un aliado de demonio; tampoco es un hijo de Dios o del Diablo. ¿Serían vulnerables a nuestras armas?” “Creo que te estás imaginando un problema que no existe,” dijo Benedict Lightwood. “Desde hace años han existido autómatas; los mundanos están fascinados con esas criaturas. Ninguno de ellos ha sido una amenaza para nosotros.” “Porque antes no los habían hecho con magia,” dijo Charlotte. “Eso es lo que tú piensas.” Lightwood parecía estar impaciente. Charlotte se puso derecha; sólo Tessa y los demás, que la estaban viendo desde arriba, podían ver que sus manos estaban anudadas fuertemente en su regazo. “Tu preocupación, Benedict, parece ser que castiguemos injustamente a De Quincey por un crimen que no ha cometido, y por ello poner en peligro la relación entre los Hijos de la Noche y los Nefilim, ¿no es cierto?” Benedict Lightwood asintió.
“Pero todo este plan de Will consiste en observar a De Quincey. Si no le vemos romper la Ley, no actuaremos en contra de él, y nuestra relación no correrá peligro. Si le vemos rompiendo la Ley, entonces, la relación es una mentira. No podemos permitir que abuse de la Ley de la Alianza, sin embargo… lo conveniente sería ignorarlo.” “Estoy de acuerdo con Charlotte,” dijo Gabriel Lightwood, hablando por primera vez, para gran sorpresa de Tessa. “Creo que su plan es razonable. Excepto por una cosa…enviar a la chica cambia-forma con Will Herondale. Ni siquiera tiene la edad suficiente para acudir a esta reunión. ¿Cómo se le puede confiar una misión de tal importancia?” “Pequeño pedante adulador,” rugió Will, inclinándose hacia delante, como si quisiera atravesar el portal mágico y estrangular a Gabriel. “Cuando lo atrape y esté solo…” “Debería ir yo con ella en su lugar,” siguió Gabriel. “Ya que puedo cuidar de ella mejor. En vez de simplemente preocuparme por mí mismo.” “El ahorcamiento sería demasiado bueno para él,” coincidió Jem, que parecía estar intentando no reírse. “Tessa conoce a Will,” protestó Charlotte. “Confía en Will.” “Yo no diría tanto,” murmuró Tessa. “Además,” dijo Charlotte, “es Will quién diseñó el plan, De Quincey reconocerá a Will del Club Pandemónium. Es Will el que sabe lo que hay que buscar dentro de la casa de De Quincey para relacionarle con las criaturas mecánicas y los asesinatos de mundanos. Will es un excelente investigador, Gabriel, y un buen Cazador de Sombras. Por lo menos tienes que admitir eso.” Gabriel se recostó en su silla, cruzando sus brazos sobre su pecho. “No tengo que admitir nada.” “Así que Will y tu chica bruja entran a la casa, resistirán la fiesta hasta que observen algo en contra de la Ley, y entonces nos hacen una señal al resto de nosotros, ¿pero cómo?” inquirió Lilian. “Con uno de los inventos de Henry,” dijo Charlotte. Había un ligero, muy ligero, temblor en su voz mientras lo decía. “El Fósforo. Lanzará una llamarada de luz mágica extremadamente brillante, iluminando todas las ventanas de la casa de de Quincey, sólo por un momento. Esa será la señal.” “Oh, que Dios nos salve, otra de las invenciones de Henry,” dijo George. “Hubo unas pocas complicaciones con el Fósforo al principio, pero Henry me lo mostró ayer por la noche,” protestó Charlotte. “Funciona perfectamente"
Frederick bufó. “¿Recuerdas la última vez que Henry nos ofreció usar uno de sus inventos? Estuvimos limpiando intestinos de pez de nuestros uniformes durante días.” “Pero es que no se podía usar cerca del agua…” empezó Charlotte, con la misma voz temblorosa, pero los demás ya habían empezado a hablar por encima de ella, charlando alegremente sobre los inventos defectuosos de Henry y las terribles consecuencias, mientras Charlotte se sumía en el silencio. Pobre Charlotte, pensó Tessa. Charlotte, cuyo sentido de su propia autoridad era tan importante, y tan caro de comprar. “Bastardos, hablando así por encima de ella,” murmuró Will. Tessa lo miró, asombrada. Él estaba mirando fijamente la escena delante suyo, sus puños apretados a sus lados. Así que apreciaba a Charlotte, pensó, y se sorprendió por lo complacida que se sentía por haberse dado cuenta de ello. Quizás eso significaba que Will tenía sentimientos, después de todo. Los tuviera o no los tuviera, no tenía nada que ver con ella, por supuesto. Apartó la vista rápidamente de Will, hacia Jem, que también parecía estar fuera de control. Estaba mordiéndose el labio. “¿Dónde está Henry? ¿No debería haber llegado ya?” Como si fuera una respuesta, la puerta del almacén se abrió de golpe con un estruendo, y los tres se dieron la vuelta para ver a Henry de pie con ojos y pelo de loco en el umbral de la puerta. Estaba agarrando algo en su mano; el tubo de cobre con el botón en un lado que casi hizo que Will se rompiera un brazo. Will lo miró con cautela. “Aleja ese maldito objeto de mí.” Henry, que tenía la cara enrojecida y estaba sudando, los miró con horror. “Diablos,” dijo. “Estaba buscando la biblioteca. La Enclave…” “Se está reuniendo,” dijo Jem. “Ya lo sabemos. Es un piso más abajo, Henry. La tercera puerta a la derecha. Y más te vale ir. Charlotte te está esperando.” “Lo sé,” se lamentó Henry. “¡Maldita sea, maldita sea y maldita sea! Sólo estaba intentando que el Fósforo funcionara bien, eso es todo.” “Henry,” dijo Jem, “Charlotte te necesita.” “Bien.” Henry se dio la vuelta como si fuera a salir de la habitación, pero se giró y los miró fijamente, la confusión pasando por su cara pecosa, como si justo se estuviera preguntando que hacían Will, Tessa y Jem acurrucados juntos en una sala de almacenaje en desuso. “¿Qué están haciendo los tres aquí, de todas formas?”
Will movió su cabeza a un lado y sonrió a Henry. “Charadas” dijo. “A gran escala.”
“Ah. Bien, entonces,” dijo Henry, y salió cerrando la puerta. “Charadas.” Jem resopló en disgusto, y se volvió a inclinar hacia delante, sus codos en sus rodillas, mientras la voz de Callida subía desde abajo. “Honestamente, Charlotte,” estaba diciendo, “¿Cuándo admitirás que Henry no tiene nada que ver con la dirección de este lugar, y que lo estás haciendo todo tú sola? Quizás con la ayuda de James Carstairs y Will Herondale, pero ninguno de ellos es mayor de diecisiete años. ¿Cuánto pueden ayudar?” Charlotte murmuró un sonido de súplica. “Es demasiado para una sola persona, especialmente de tu edad,” dijo Benedict. “Sólo tienes veintitrés años, si quisieras ceder el puesto…” ¡Sólo veintitrés! Tessa estaba asombrada. Pensaba que Charlotte era más mayor, probablemente porque rezumaba un aire de competencia. “El cónsul Wayland nos asignó la dirección de este instituto a mí y a mi marido hace cinco años,” respondió Charlotte ásperamente, parecía que había encontrado su voz de nuevo. “Si tienes algún problema con su decisión, háblalo con él. Mientras tanto, dirigiré el Instituto como a mí me plazca.” “Espero que eso signifique que los planes tal y como el que estás sugiriendo estén sometidos a votación,” dijo Benedict Lightwood. “¿O estás gobernando por decreto?” “No seas ridículo, Lightwood, por supuesto que hay votación,” dijo Lilian de mal humor, sin darle a Charlotte una oportunidad para contestar. “Todos lo que estén a favor de seguir adelante con lo de De Quincey, digan sí.” Para sorpresa de Tessa, hubo un coro de síes, y ni un sólo voto en contra. La discusión había sido lo suficientemente contenciosa, que estaba segura de que al menos uno de los Cazadores de Sombras intentaría renunciar. Jem vio su cara de asombro y sonrío. “Siempre son así,” murmuró. “Les gusta el poder, pero ninguno de ellos votaría que no en un asunto como éste. Se les llamaría cobardes si lo hicieran.” “Muy bien,” dijo Benedict. “Mañana por la noche, entonces. ¿Está todo el mundo bien preparado? Hay…” La puerta de la biblioteca se abrió de golpe, y Henry entró, viéndose, si es que era posible, con los ojos más desorbitados y el pelo más revuelto que antes. “¡Estoy aquí!” Anunció. “No es demasiado tarde, ¿verdad?”
Charlotte cubrió su rostro con sus manos. “Henry,” dijo Benedict Lightwood secamente, “qué bueno es verte. Tu mujer nos estaba poniendo al corriente de tu nuevo invento. El Fósforo, ¿no?” “¡Sí!” Henry levantó el Fósforo de forma orgullosa. “Es esto. Y puedo prometer que funciona perfectamente. ¿Ven?” “Ahora no hay necesidad de que nos lo demuestres,” empezó a decir Benedict rápidamente, pero era demasiado tarde. Henry ya había pulsado el botón. Hubo un destello brillante, y las luces de la biblioteca se apagaron repentinamente, dejando a Tessa mirando fijamente un cuadrado negro sin luz en el suelo. Jadeos subieron desde el piso de abajo. Hubo un chillido, y algo se quebró contra el suelo. Por encima de todo estaba el sonido de Benedict Lightwood, maldiciendo constantemente. Will levantó la vista y sonrío. “Un poco incómodo para Henry, por supuesto,” remarcó felizmente, “y aún así, de alguna manera muy satisfactorio, ¿no creen?” Tessa no pudo evitar estar de acuerdo, con ambas cosas.



No hay comentarios.:

Publicar un comentario